Gecko Turner: soul afromeño, remezclas y creatividad

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En breve: Recuperamos de nuestro archivo una conversación con el músico pacense Gecko Turner, artífice del llamado «soul afromeño», a propósito de Manipulando, el recopilatorio de remezclas editado por Lovemonk Records. Más allá de la música, aprovechamos para mirar con ojo crítico el viejo tópico que une cannabis y creatividad.

Quién es Gecko Turner

Detrás del seudónimo de Gecko Turner está Fernando Gabriel Echave Peláez, nacido en Badajoz en 1966. Autor, productor e intérprete, ha construido una carrera más reconocida fuera de España que dentro, y un sonido tan personal que cuesta encasillar: él y la crítica lo han bautizado como «afromeño» o «soul afromeño», una fusión de jazz, blues, soul, funk, samba y reggae con electrónica y ritmos alternativos. World music en su sentido más literal.

Su trayectoria viene de lejos. Durante los noventa militó en grupos como Animal Crackers, The Reverendos o Perroflauta, con los que llegó a editar más de una docena de discos, siempre con temas propios, además de firmar producciones para Luis Pastor o Inlavables. En 2003 publicó su primer álbum en solitario, Guapapasea!, y en 2006 Chandalismo ilustrado, que la revista británica Swell situó entre los veinte mejores discos del año. Varios de sus temas han acabado en decenas de recopilaciones, anuncios y bandas sonoras.

Manipulando: dejarse remezclar

El punto de partida de esta entrevista era Manipulando, un recopilatorio editado por el sello madrileño Lovemonk Records que reúne once remezclas de temas de sus dos primeros discos, muchas de ellas publicadas hasta entonces solo en vinilo. La nómina de productores impone: Quantic, Seiji, Dublex Inc., Instituto Mexicano del Sonido, Afrodisiac Soundsystem o Phillip Owusu, de Owusu and Hannibal.

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Gecko lo vivía como un reconocimiento más que como una cesión. Le hacía especial ilusión ser remezclado por Afrodisiac Soundsystem —un colectivo angelino que hasta entonces solo había trabajado material de Fela y Femi Kuti— y por el propio Owusu. El título, contaba, no fue suyo sino de la discográfica, y le pareció acertado precisamente porque describe lo que ocurre: una «manipulación» de sus canciones en manos ajenas. Lejos de incomodarle, la idea de soltar las riendas y ver qué hacían otros con su obra encajaba con su forma de entender el oficio.

Profeta fuera de su tierra

Pese a los elogios internacionales, en España apenas sonó en la radio. Preguntado por esa paradoja, Gecko apuntaba a dos causas: la educación musical del público y el peso de la radiofórmula, un sistema donde, en su opinión, las discográficas con dinero pagan para que sus temas suenen una y otra vez. «Es un negocio en el que prima eso, el negocio por encima de cualquier consideración musical», resumía. Sobre el proceso creativo era mucho menos solemne: Un limón en la cabeza, uno de sus temas más escuchados, nació de unas rimas que le fueron gustando y que siguió escribiendo, «más o menos como ocurre con todas las canciones».

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Cannabis y creatividad: lo que decía y lo que conviene matizar

En la conversación original, Gecko se declaraba consumidor habitual de cannabis y daba por hecho que su influencia en sus procesos creativos «debe ser indudable». Es una respuesta honesta y muy común entre músicos, y aquí nos interesa precisamente por eso: porque condensa un tópico que merece lectura crítica.

El relato del artista que crea «gracias» a la sustancia es una narración cultural poderosa, pero la experiencia subjetiva de fluidez no equivale a una mejora demostrable del resultado. La evidencia disponible sobre cannabis y creatividad es ambigua: parte de lo que se percibe como inspiración tiene que ver con un estado de ánimo más relajado y desinhibido, no necesariamente con producir mejores ideas. A ello se suma que el consumo regular puede afectar a la memoria de trabajo, la motivación sostenida y la constancia, justo las herramientas que cualquier proyecto musical exige a medio plazo. Dicho de otro modo: la chispa puntual y el trabajo de fondo no siempre van de la mano.

Lectura crítica

Conviene desconfiar de las causalidades fáciles. Que un buen disco coincida con el consumo no demuestra que lo uno produzca lo otro; la mayoría de músicos que admiramos firman su mejor obra combinando talento, horas y oficio, con o sin sustancias de por medio. Romantizar la relación entre droga y arte tiende a invisibilizar el coste —dependencia, problemas de salud, vidas truncadas— de quienes no salieron bien parados de esa misma ecuación.

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Desde una perspectiva de reducción de riesgos, lo razonable es separar la admiración por la música del juicio sobre el consumo: ni demonizarlo ni convertirlo en requisito de la genialidad. Cada persona toma sus decisiones, y la información honesta sobre frecuencia, contexto y posibles efectos a largo plazo importa más que cualquier mitología creativa. Esta es una entrevista de archivo y refleja el momento en que se hizo; las afirmaciones del entrevistado son suyas, no una recomendación.

El cuestionario rápido

Para cerrar, las respuestas más personales de aquel cuestionario relámpago. Cinco adjetivos para su música: soulful, bluesy, funky, jazzy y natural —aunque confesaba que el calificativo que más le gustaba leer sobre sí mismo era effortless, «sin esfuerzo»—. El disco que marcó su vida, Mama’s Gun de Erykah Badu. Su último disco comprado por entonces, un recopilatorio de Louis Jordan; el último libro, Ventanas de Manhattan, de Antonio Muñoz Molina. ¿Un vicio? El fútbol por televisión. ¿Una manía? Los gatos completamente blancos, que esquivaba para que no se le cruzaran. Y su momento favorito del día, desarmante en su sencillez: «cuando tienes mucha hambre y comes».

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