
Un texto que conviene situar
La Carta a la madre de un toxicómano apareció en el diario El País el 23 de mayo de 1988. Conviene recordar el contexto: España vivía el momento más duro de la llamada «epidemia de la heroína», con miles de muertes jóvenes, barrios marcados por el menudeo y una alarma social que llenaba calles de asociaciones de familiares pidiendo medidas contra «la droga». Escohotado, filósofo e historiador de las sustancias psicoactivas, se dirige precisamente a una de esas madres.
El gesto retórico es deliberado: en lugar de sumarse al pánico, propone detenerse a pensar de dónde nace el problema. La pieza no es un manual ni un consejo médico; es un alegato polémico, escrito con la voluntad de incomodar al consenso de su época. Por eso sigue circulando, y por eso merece releerse con cuidado.
La idea central: usos, no sustancias
El eje de toda la carta cabe en una frase: no hay drogas buenas y malas, sino usos sensatos o insensatos de las mismas. Escohotado compara las sustancias con las armas de fuego o la energía nuclear: objetos neutros cuyo resultado depende de las condiciones y de quien los maneja, no de una supuesta maldad intrínseca.
De ahí deriva su crítica a la categoría misma de «La Droga», con mayúsculas, como entidad demoníaca opuesta a las medicinas de farmacia y a los productos del estanco o la tienda de alimentación. Esa frontera, sostiene, es más cultural que farmacológica: depende en gran medida de qué decidimos creer y de a qué decidimos dar el papel de «Satanás» de turno.
La heroína no nació maldita
Para desactivar el carácter «diabólico» del opiáceo, Escohotado recurre a la historia. El opio se usó como remedio durante milenios y la heroína fue lanzada al mercado por la casa Bayer a finales del siglo XIX, casi a la vez que la aspirina, e incluso recomendada para calmar la tos. Mientras estos derivados fueron legales, baratos y de pureza controlada —argumenta— sus consumidores eran sobre todo personas adultas y no se registraban sobredosis accidentales.
Su conclusión es que la sustancia no cambió: cambió su estatuto legal. Al empujarla al mercado negro, se volvió impura, carísima y letal. El daño, en su lectura, lo produce el marco, no la molécula.
Prohibición, adulteración y precio
El tramo más concreto de la carta es económico. Escohotado recuerda que el «gramo» que compraba un consumidor de la época costaba una fortuna y contenía, según cifras oficiales que él cita, apenas un 5–10 % de principio activo; el resto, sustancias de corte. Plantea entonces una analogía que ha quedado como marca de la casa: ¿culparíamos al coñac si alguien, por precio y adulteración, solo pudiera beber un dedal envenenado al día y muriera por ello?
De ese mecanismo extrae su denuncia: la prohibición encarece el producto, lo adultera, alimenta a redes criminales y crea toda una industria —policial, terapéutica, mediática— que vive de gestionar un mal en buena parte fabricado por la propia ilegalización. Aumentar las penas, añade, solo eleva el precio, multiplica el negocio y desplaza la venta hacia los menores, los únicos no imputables.
La «coartada» del endemoniado
Hay una parte más psicológica y polémica. Escohotado sugiere que la mitología del «enganche irresistible» ofrece al adicto, sobre todo al joven, una coartada y un papel: declararse víctima poseída por una sustancia exime de asumir responsabilidades, de madurar, de rendir cuentas por los propios actos. Al creer nosotros mismos en un poder demoníaco capaz de anular la voluntad, dice, ofrecemos esa misma narrativa a nuestros hijos.
De ahí su escepticismo ante medidas que, en su opinión, premiarían el rol de «víctima» —subvenciones o empleos por el mero hecho de declararse heroinómano— y su crítica a tratamientos como la metadona, que compara, con su habitual sarcasmo, con curar a un alcohólico de whisky a base de ginebra.
Lectura crítica
La carta es un texto de combate, no un artículo científico, y conviene leerla como tal. Varias de sus afirmaciones farmacológicas —los plazos exactos para desarrollar dependencia, la idea de que el síndrome de abstinencia equivale a «una gripe suave»— están planteadas con intención retórica y resultan discutibles a la luz del conocimiento actual sobre opioides: la dependencia, la tolerancia y la gravedad del síndrome de abstinencia varían mucho según la persona, la vía, la dosis y el historial de consumo.
Su tesis económica, en cambio, ha envejecido mejor: el vínculo entre prohibición, adulteración, precio y daño es hoy un argumento central de las políticas de reducción de riesgos. Pero el panorama también ha cambiado. La aparición de adulterantes extremadamente potentes —fentanilo y derivados— ha vuelto la sobredosis aún más impredecible que en 1988, lo que refuerza, no debilita, la necesidad de información veraz y de servicios sanitarios.
En esa línea, la lectura contemporánea de Escohotado encaja con herramientas que él no llegó a ver consolidadas: análisis de sustancias (drug checking), disponibilidad de naloxona, salas de consumo supervisado y un enfoque que trata el consumo problemático como cuestión de salud antes que de castigo. Nada de esto es una recomendación de uso: ante un consumo propio o de un familiar, lo razonable es buscar recursos sanitarios y servicios especializados, no autogestionar el riesgo a partir de un texto de opinión de hace décadas. La carta sirve, sobre todo, como invitación a pensar contra el pánico; las decisiones concretas pertenecen al terreno clínico.