El Museo del Cáñamo de Ámsterdam y la historia que la prohibición borró

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En breve: El Museo del Hachís, la Marihuana y el Cáñamo de Ámsterdam reúne siglos de cultura material en torno a una sola planta. Su fundador, Ben Dronkers, usa esa colección para defender una tesis incómoda: el cáñamo fue durante siglos una materia prima estratégica y hoy apenas se cultiva. Repasamos qué cuenta el museo, qué hay de cierto y dónde conviene mirar con espíritu crítico.

Un museo que reescribe lo que creemos saber sobre el cáñamo

Hay ciudades que esconden sus rarezas a plena vista. En Ámsterdam, entre canales y escaparates, lleva más de dos décadas abierto un museo que muchos visitantes pasan de largo: el Museo del Hachís, la Marihuana y el Cáñamo. No es un reclamo turístico al uso, sino un intento serio de contar la historia de una planta a través de los objetos que ha dejado tras de sí.

Tuvimos ocasión de recorrerlo acompañados por su fundador, Ben Dronkers, también conocido por crear el banco de semillas Sensi Seeds. Dronkers lleva más de treinta y cinco años reuniendo las piezas que hoy llenan las salas, y se le nota: habla del cáñamo con la insistencia de quien ha hecho de una planta el eje de su vida. La colección, lejos de agotarse, sigue creciendo.

Cuando el cáñamo era infraestructura

El relato que propone el museo arranca mucho antes de la cultura cannábica contemporánea. Durante siglos, el cáñamo fue una materia prima estratégica. Con su fibra se fabricaban cuerdas, velas, redes y lonas; con ella se vestía a la gente y se aparejaban los barcos que sostenían el comercio y las guerras. La frase con la que Dronkers resume aquella época —que el poder naval dependía en buena medida del acceso al cáñamo— es una simplificación, pero apunta a un hecho real: las flotas europeas consumían cantidades enormes de fibra vegetal, y el cáñamo era una de las más valoradas por su resistencia.

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El museo elige contar esa historia desde abajo, desde el oficio cotidiano más que desde los reyes. Hay herramientas del siglo XVII para machacar y deshilar los tallos, redes de pesca que aprovechaban la ligereza y la durabilidad de la fibra, y referencias al uso del cáñamo para calafatear embarcaciones: rellenar con estopa las juntas entre las tablas de madera, una técnica que combinaba resistencia y aislamiento.

Botica, pintura y vida cotidiana

Una de las vitrinas más sugerentes reúne botes de farmacia de los siglos XVI y XVII, entre ellos varios de preparados con cannabis. Conviene leerlos con perspectiva histórica: durante mucho tiempo el cáñamo formó parte del repertorio de la materia médica occidental, antes de que la prohibición del siglo XX lo expulsara del catálogo. Eso no convierte aquellos remedios en medicina moderna —la farmacología de entonces poco tiene que ver con los estándares actuales—, pero sí desmiente la idea de que el uso medicinal de la planta sea una ocurrencia reciente.

La parte artística merece detenerse. Hay lienzos pintados sobre tela de cáñamo y obras que toman la planta como motivo: escenas de recolección, transporte y trabajo artesanal, y también retratos de consumidores con gesto de embriaguez. Dronkers señala a Adriaen Brouwer, pintor flamenco del siglo XVII conocido por sus escenas de taberna y de gente bebida o «colocada», como una de las referencias de la colección. El museo conserva piezas y volúmenes asociados a ese imaginario.

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Completan el recorrido pipas antiguas, muestras de la planta en sus distintas fases —madera, fibra, hilo— y una sección que resulta casi un catálogo industrial: juguetes con menos plástico, piezas de automóvil, materiales de construcción, ladrillos, aislantes, camas para ganado, aceites y libros. El mensaje es claro: el cáñamo no es solo lo que se fuma.

La pregunta que Dronkers no sabe responder

En mitad de la visita, Dronkers se detiene y lanza la frase que vertebra todo su discurso: dice saberlo casi todo sobre el cáñamo, salvo una cosa —por qué no se cultiva más. Es, evidentemente, una pregunta retórica. La respuesta tiene que ver con un siglo de prohibición que metió en el mismo saco a las variedades psicoactivas y a las industriales, pese a que el cáñamo cultivado para fibra contiene cantidades mínimas de THC.

Frente a una pantalla que proyecta imágenes de su empresa de cáñamo industrial, Dronkers reivindica que el dinero que gana con la venta de semillas lo reinvierte en ese proyecto. La compañía, dedicada a producir fibra a escala, ha adaptado maquinaria agrícola al procesado del cáñamo y cita entre sus clientes a fabricantes de automóviles. Una parte de su producción, según el propio Dronkers, se destina a cigarrillos sin tabaco como sustituto de los convencionales.

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Lectura crítica

El museo es, ante todo, el relato de una persona con una causa. Eso lo hace apasionante y, a la vez, exige pinzas. Conviene distinguir varias capas. La histórica —el peso industrial del cáñamo durante siglos— está bien documentada y no depende del entusiasmo de nadie. La comercial es otra cosa: cuando el fundador de un banco de semillas y de una empresa de fibra defiende el potencial del cáñamo, lo hace también como parte interesada, y las cifras de producción o de clientes que se mencionan en una visita guiada no son un dato verificado, sino el argumento de quien las ofrece.

La capa medicinal pide la misma cautela. Que la planta tuviera usos terapéuticos en la botica antigua no equivale a respaldo clínico contemporáneo. La investigación actual sobre cannabinoides es real, pero está lejos de la imagen de remedio universal que a veces circula en el entorno cannábico. Y conviene recordar lo evidente: el cannabis psicoactivo no es inocuo. Su consumo se asocia a riesgos —especialmente en adolescentes, en personas con predisposición a trastornos psicóticos y al conducir— que ningún relato celebratorio debería tapar.

Visto con esa distancia, el museo cumple una función valiosa: recordar que la frontera entre planta industrial, sustancia médica y droga estigmatizada no la dibujó la naturaleza, sino decisiones políticas y económicas concretas. Pensarlo así, sin comprar el folleto entero, es probablemente la mejor manera de recorrer sus salas.

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