
Una cultura de tribus, druidas y bosques
Los celtas no formaron un imperio. Eran un mosaico de pueblos de lengua indoeuropea, organizados en confederaciones de tribus, que desde hace unos tres milenios se expandieron por buena parte de Europa occidental. Hacia el siglo VI a. C. ya estaban presentes en la fachada atlántica de la Península —Galicia, Portugal— y más tarde en Navarra y Aragón, con un periodo de esplendor entre los siglos IV y III a. C. Su sociedad se ordenaba en una estructura tripartita en cuya cúspide simbólica se situaba la casta de los druidas, a la vez sacerdotes, jueces, sanadores y depositarios de un saber transmitido oralmente.
Ese carácter ágrafo es clave para entender el problema de fondo: casi todo lo que «sabemos» de su relación con las plantas psicoactivas nos llega filtrado por autores grecorromanos —Diodoro, Posidonio, Plinio, Estrabón— que escribían sobre un pueblo ajeno, a menudo con intención moralizante o propagandística. Conviene leerlos como testimonios interesados, no como etnografía neutral.
La amanita y el bosque como templo
Las fuentes clásicas describen ritos druídicos celebrados en claros del bosque, con cantos, contacto con los elementos y la ingestión de ciertas plantas y hongos para «entrar en contacto» con otras realidades. Entre esos hongos se menciona la Amanita muscaria, que crece de forma espontánea en los bosques de coníferas que cubrían gran parte del territorio céltico. La pervivencia del consumo de setas en zonas de tradición céltica, como Gales, suele citarse como eco lejano de aquella relación, aunque se trate de un argumento más sugerente que probatorio.
Aquí toca una advertencia que no es retórica: la Amanita muscaria es un hongo tóxico, no un «psicodélico recreativo». Su química (ácido iboténico, muscimol) provoca cuadros de delirio, vómitos y descoordinación, y la dosis que separa el efecto de la intoxicación grave es estrecha e imprevisible. La fascinación etnobotánica no debe leerse como invitación a experimentar.
Las solanáceas y el dios Belenus
La conexión de los celtas con las solanáceas psicoactivas —beleño, belladona, mandrágora, hierba mora, datura— es de las mejor asentadas, porque estas plantas aparecen una y otra vez asociadas a la figura del brujo en toda Europa. Suele señalarse que el nombre «beleño» podría derivar del dios galo Belenus, divinidad solar equiparada a Apolo, al que la planta estaba consagrada; Plinio llega a llamarlo Apollonaris. En Asturias todavía existe un pueblo llamado Beleño. La etimología es plausible pero discutida, y conviene no convertir una hipótesis lingüística en certeza.
Lo que sí encaja con el conjunto de la evidencia es que la Europa occidental céltica fue un escenario fértil para la recolección y el uso de estas plantas, cuyos alcaloides tropánicos producen delirio, alucinaciones y los fenómenos —levitación, vuelo, visiones— que el imaginario popular asoció después a la brujería. Son también plantas de elevada toxicidad, capaces de matar con facilidad, lo que ayuda a entender por qué su manejo quedaba reservado a especialistas.
El cáñamo entró en Europa por el norte
Uno de los datos más llamativos es el papel celta en la difusión del cáñamo. Ni griegos ni romanos lo cultivaron de forma sistemática, en buena medida porque podían abastecerse de los celtas, que ya en el siglo VII a. C. operaban desde Massilia (la actual Marsella) y surtían al Mediterráneo de cuerdas, velas y estopa. Usaban la planta tanto por su fibra como por sus inflorescencias. La existencia de colecciones de pipas galorromanas en museos arqueológicos —Sevilla, Tarragona, Coulmier-le-Sec— ha alimentado la hipótesis de que pudieran emplearse para fumar cannabis, dado que el tabaco no llegó a Europa hasta el siglo XV. Es una conjetura razonable, no una certeza: una pipa puede contener muchas cosas, y el registro material rara vez conserva lo que se quemaba en ella.
Adormidera, tejo y el alcohol que faltaba
Los celtas conocieron también el opio, y figuran entre las primeras culturas europeas que cultivaron adormidera: en los yacimientos centroeuropeos de Hallstatt (Austria) y La Tène (Suiza) se han hallado semillas. Más sombrío es el uso documentado de pócimas de tejo (Taxus baccata), planta intensamente venenosa, en episodios de suicidio colectivo de algunas tribus antes que rendirse al enemigo.
Con el alcohol la relación es más ambigua. Platón incluía a los celtas entre los pueblos que «beben vino sin aguar», pero seis siglos después Amiano Marcelino, con datos de primera mano, señala que no cultivaban la vid y elaboraban en cambio «otros brebajes de virtudes semejantes». En Hispania la cerveza se llamaba caelia o cerea; los celtíberos producían hidromiel con su abundante miel, y el vino, importado y caro, se reservaba para los festines.
Cántabros: trance, matanza y resistencia
El nombre de los cántabros Orgenomescos se ha interpretado como un compuesto céltico que une las raíces de «borrachera» (mesc-) y «matar» (orgeno-): algo así como «los ebrios de matanza». Probablemente designaba a una banda guerrera iniciática, y su función era infundir terror. El relato irlandés «La embriaguez de los Ulates» evoca esas borracheras rituales y las cabalgadas nocturnas de la fiesta de Samaín. En la Cantabria montañosa de época romana se sitúa además a las llamadas «guardianas del tabú», mujeres asociadas a pócimas, ungüentos y venenos. La represión de su rebelión por Roma, con el general Agripa al frente hacia el 19 a. C., quedó en testimonios estremecedores —madres matando a sus hijos, prisioneros entonando himnos en la cruz— que cerraron la influencia céltica en la Península.
El druida como chamán letrado
La figura que articula todo este repertorio es el druida: una suerte de chamán convertido en casta hereditaria de una sociedad oral pero sofisticada. Las fuentes le atribuyen curaciones con plantas, imposición de manos y cantos de distinto tono, desde nanas hasta gritos para «expulsar» los espíritus de la enfermedad. Es verosímil que dominara las solanáceas y otras sustancias, reservándolas para sí o empleándolas en filtros administrados en secreto. Los galos añadían incluso un gusto por las hojas secas de lechuga silvestre, que Dioscórides ya describía como «áspero fármaco». Conviene leer estos poderes —telepatía, adivinación, prodigios físicos— como interpretación cultural de estados alterados, no como hechos.
Lectura crítica
Buena parte de lo anterior procede de obras de divulgación histórica en español (entre otros, los trabajos de Manuel Velasco sobre los celtas o de Eduardo Peralta sobre los cántabros) y de cronistas antiguos releídos siglos después. Es material valioso pero secundario, y arrastra dos sesgos que conviene tener presentes: el de las fuentes grecorromanas, que describían a un enemigo, y el del entusiasmo etnobotánico moderno, propenso a leer cada hongo o cada pipa como prueba de un «chamanismo» generalizado. Donde la arqueología aporta datos firmes —las semillas de adormidera, las pipas, el comercio del cáñamo— el cuadro es sólido; donde solo hay etimologías o analogías folclóricas, lo honesto es hablar de hipótesis. Nada de esto, además, es una guía de uso: muchas de estas plantas y hongos son potentes venenos, y su interés es histórico, no práctico.