Psicoterapia con MDMA: de la patente de Merck al TEPT

Artículos relacionados

En breve: La MDMA quedó registrada por Merck en 1912 como un compuesto intermedio sin uso previsto. Un siglo después, su trayectoria como facilitadora de la psicoterapia —sobre todo en el trastorno de estrés postraumático— se había convertido en uno de los capítulos más vigilados de la medicina psiquedélica. Repasamos esa historia y, sobre todo, lo que la evidencia permite y no permite afirmar.

Una molécula que tardó un siglo en encontrar su sitio

Conviene empezar deshaciendo un equívoco extendido: la MDMA (3,4-metilendioximetanfetamina) no nació como droga recreativa ni como medicamento. Aparece registrada en una patente de la farmacéutica Merck fechada el 24 de diciembre de 1912, atribuida al trabajo del químico Anton Köllisch, y figura allí simplemente como un compuesto intermedio en la ruta hacia otras sustancias. No tenía nombre comercial, ni indicación, ni uso humano previsto. Era, literalmente, un paso en una síntesis ajena.

Durante décadas la molécula quedó dormida. Hubo estudios de toxicidad en animales por parte del ejército estadounidense hacia los años cincuenta, pero el interés por sus efectos psicológicos no llegó hasta mucho después, ya en el circuito de la química experimental y la psicoterapia alternativa de los años setenta.

Del laboratorio underground a la consulta

El nombre que articula esta segunda vida es el de Alexander Shulgin, químico que reexploró la sustancia y quedó impresionado por sus efectos. A través de él la MDMA llegó a manos de terapeutas que ya trabajaban —con discreción— con estados modificados de consciencia. El más citado es el psiquiatra Leo Zeff, apodado «the secret chief», que dedicó sus últimos años activos a formar a otros profesionales en su uso.

De aquel periodo proceden las cifras que tantas veces se repiten sin matiz: se estima que, antes de la prohibición, se administraron del orden de cientos de miles de dosis en círculos terapéuticos y de crecimiento personal. Es un dato sugerente, pero conviene leerlo con cautela: hablamos de práctica clínica informal, sin grupos de control, sin asignación aleatoria y sin seguimiento sistemático. Sirve para describir un fenómeno cultural, no para demostrar eficacia.

Leer más  Escohotado: fama televisiva, juicios y razón farmacológica

En esa misma línea están los primeros informes publicados, como los del psiquiatra George Greer y la enfermera Requa Tolbert sobre varias decenas de pacientes tratados en los años ochenta, o las conclusiones de una reunión de terapeutas en el Esalen Institute que destacaba la capacidad de la sustancia para «mejorar la comunicación». Son testimonios valiosos como hipótesis de partida —especialmente lo referido a víctimas de abuso—, pero metodológicamente quedan lejos del estándar que se exige a un fármaco.

La prohibición y los huecos legales

La fiscalización internacional llegó en 1986, con la MDMA incluida finalmente en la lista más restrictiva de los convenios internacionales. Hubo episodios curiosos —unos meses de vacío legal a finales de los ochenta por defectos de procedimiento— y excepciones nacionales: Suiza autorizó a un grupo de psiquiatras a emplear MDMA, LSD, mescalina e ibogaína entre 1988 y 1993. Un seguimiento de aquellos pacientes describió mejorías en una mayoría, pero el permiso se interrumpió tras la muerte de una persona durante un tratamiento con ibogaína realizado sin las precauciones que esa sustancia exige.

El resultado es importante para entender el resto de la historia: hacia 1993 existía una prohibición prácticamente global del uso médico de la MDMA y, al mismo tiempo, ningún ensayo clínico controlado que hubiera puesto a prueba en serio su eficacia. La conversación pública se había adelantado a los datos.

En España, el primer intento de investigar formalmente esa hipótesis lo lideró el psicólogo José Carlos Bouso a partir de 1999, con un estudio aprobado para tratar el TEPT crónico en mujeres víctimas de agresión sexual, financiado por la asociación estadounidense MAPS. La repercusión mediática desató una reacción política que paralizó el ensayo cuando apenas se había tratado a las primeras pacientes. No permitió extraer conclusiones de eficacia; su valor fue histórico y, modestamente, de seguridad preliminar.

Qué es el TEPT y por qué es tan difícil de tratar

El trastorno de estrés postraumático tiene una particularidad conceptual: más que una anomalía del cerebro o de la personalidad, suele describirse como una reacción «normal» ante un suceso anormal. Aparece tras vivir —o presenciar— un acontecimiento que ha puesto en peligro la integridad física o psicológica: agresiones, atentados, violencia, conflictos armados. Es más probable, además, cuando el daño lo provoca deliberadamente otra persona, porque quiebra la confianza básica en los demás.

Leer más  La volatilidad del mercado: pureza y adulteración de la MDMA en España

Sus síntomas característicos son la reexperimentación involuntaria del trauma, la evitación de todo lo que lo recuerda y un estado de hipervigilancia que mantiene a la persona en alerta permanente, a menudo acompañado de depresión y baja autoestima. Esa misma desconfianza hace que muchas personas no pidan ayuda, lo que favorece que el cuadro se cronifique.

La psicoterapia se ha mostrado, en conjunto, más eficaz que la farmacología —no existe un medicamento específico, y los antidepresivos alivian algunos síntomas pero rara vez la reexperimentación—. El problema es que casi todos los abordajes psicoterapéuticos pasan por revisitar el trauma de forma controlada, y ahí están sus dos límites: el riesgo de retraumatizar y unas tasas de abandono muy altas, porque para no pocos pacientes el propio proceso resulta insoportable.

La hipótesis: por qué se pensó en la MDMA

El argumento clínico para combinar MDMA y psicoterapia es coherente con ese cuello de botella. La sustancia tiende a inducir sensación de confianza y cercanía emocional, lo que en teoría fortalece la alianza terapéutica y permite acercarse al material traumático sin la avalancha de angustia habitual. A nivel neurobiológico se ha descrito una reducción de la actividad de la amígdala —implicada en el procesamiento del miedo— junto a un mayor protagonismo de regiones prefrontales asociadas a la regulación emocional.

En los protocolos de investigación, la idea no es «medicarse» de forma aislada, sino intercalar un número reducido de sesiones con la sustancia, siempre acompañadas de un equipo, con largas sesiones de preparación e integración verbal antes y después. El fármaco, en este modelo, no cura por sí mismo: abre una ventana en la que el trabajo psicoterapéutico puede avanzar. Es una distinción crucial que el entusiasmo mediático suele borrar.

Qué dice realmente la evidencia

El estudio que dio visibilidad mundial al enfoque fue el del equipo de Michael Mithoefer, financiado por MAPS y publicado en 2010: una veintena de pacientes con TEPT crónico resistente a tratamientos previos, asignados al azar a MDMA o placebo dentro de un marco psicoterapéutico, con un evaluador independiente y ciego. Los resultados fueron llamativos —reducciones clínica y estadísticamente significativas de los síntomas, sin reacciones adversas graves— y el grupo placebo pudo acceder después a la sustancia con mejorías similares.

Leer más  LSD: efectos agudos, perfil farmacológico y reducción de riesgos

Es un resultado importante, pero pequeño, y conviene enmarcarlo: muestras reducidas, dificultad casi insalvable para mantener el «ciego» (los participantes suelen saber si han recibido MDMA), y un acompañamiento terapéutico intensivo que también explica parte del efecto. Otros ensayos posteriores, como uno realizado en Suiza, ofrecieron resultados más discretos. La señal era prometedora; la prueba definitiva, todavía no.

Lectura crítica

El texto que inspira este artículo se escribió en clave celebratoria, por el centenario de la molécula. Una década larga después, la historia se ha complicado de forma instructiva. Se llevaron a cabo ensayos de fase avanzada con resultados positivos, pero también una revisión regulatoria que en Estados Unidos terminó, en 2024, con el rechazo de la solicitud de aprobación de la terapia asistida con MDMA: se señalaron problemas de diseño, dudas sobre el enmascaramiento, sesgos potenciales e incidentes de conducta en algunos ensayos. La lección no es que «no funcione», sino que el listón de la evidencia clínica es alto y que el relato entusiasta corre por delante de los datos.

Tres cautelas conviene retener. Primera: lo que se investiga es una intervención —fármaco más psicoterapia con equipo formado—, no la sustancia por su cuenta; extrapolar de un ensayo a la calle es un salto enorme. Segunda: la MDMA del mercado ilícito no es un medicamento de pureza y dosis controladas, y el contexto recreativo nada tiene que ver con el clínico (calor, deshidratación, mezclas e hiponatremia están entre sus riesgos reales). Tercera: en personas con trauma, abrir material doloroso sin un encuadre adecuado puede hacer daño, no bien. Divulgar estas líneas de investigación con honestidad exige sostener a la vez la esperanza y el escepticismo.

Sigue leyendo en Psiconáutica

Más sobre este tema

Comentarios

Publicidadspot_img

Populares