
El final de una obsesión razonada
Después de cinco entregas dedicadas a rastrear qué es el adrenocromo, de dónde viene su fama y por qué tanta gente se ha empeñado en convertirlo en una droga legendaria, Eduardo Hidalgo llega al único capítulo que faltaba: el de probarlo. La serie se cierra, pues, donde tenía que cerrarse, con las catas. Y conviene avisar de entrada de que el desenlace es más cómico que psicodélico.
Recordemos el contexto. El adrenocromo es un producto de oxidación de la adrenalina. A mediados del siglo XX, los psiquiatras Abram Hoffer y Humphry Osmond lo colocaron en el centro de una hipótesis sobre la esquizofrenia, sugiriendo que podía tener efectos psicotomiméticos. De ahí saltó al imaginario contracultural y, mucho después, a la mitología conspirativa. Entre una cosa y otra, casi nadie se había molestado en contar de primera mano qué se siente. Hidalgo, fiel a la vieja escuela de quienes se administraban a sí mismos lo que estudiaban, decidió hacerlo.
Tres variantes, tres decepciones simpáticas
La primera muestra llegó en un botecito farmacéutico antiguo, fabricado en España, con su etiqueta de Porriño (Pontevedra) y un puñado de comprimidos caducados. Administrados por vía sublingual, el efecto fue, literalmente, ninguno: como mucho, una vaga sensación de orden doméstico que llevó al autor a recoger un trocito de plástico del suelo. Nada que un buen día cualquiera no explique mejor que la farmacología.
La segunda variante era adrenocromo semicarbazona, la forma que reseñaba el manualista Adam Gottlieb (la semicarbazona, conocida en farmacia como carbazocromo, se ha empleado como hemostático). El relato describe dientes teñidos de rojo, un enjuague de emergencia y, al rato, una estimulación física muy leve acompañada de cierto embotamiento mental. El gran efecto reportado, otra vez, fue una inexplicable urgencia por poner lavadoras. La conclusión irónica del autor —que parece una sustancia ideal para las tareas de casa, compatible además con la siesta— resume bien el tono de toda la entrega.
La tercera era el adrenocromo «de verdad», el que en la mitología asociada a Osmond supuestamente «te vuela la cabeza». Se guardó casi dos semanas en congelador a unos -20 °C para preservarlo, y se reservó para un ensayo por vía intravenosa.
El ensayo intravenoso (y cómo se torció el plan)
El plan era sensato sobre el papel: hacer la toma de día, en casa de su editor, con un observador externo que ejerciera de acompañante por si la experiencia se complicaba, y con vitamina B3 (niacina) a mano —el supuesto antídoto que Hoffer y Osmond asociaban a las malas experiencias adrenocrómicas— e incluso un antipsicótico de reserva. Sobre el papel, todo atado.
En la práctica no quedó nada atado. La tarde anterior derivó en cervezas, un par de copas de vino y algo más de un miligramo de alprazolam, y con ese «colocón» encima el autor no esperó a la mañana: pasada la medianoche se inyectó él solo, sin acompañante, unos 25 mg por vía endovenosa. El propio relato lo cuenta con sorna, comparándose con John C. Lilly. Es exactamente el tipo de decisión que cualquier guía de reducción de riesgos pondría como ejemplo de lo que no se debe hacer.
El relato, leído con distancia
Lo que sigue en el original es un trip report condensado: euforia inicial («esto sí que coloca»), sensación de aceleración y buen humor, y —esto es lo importante— ninguna alteración perceptiva. Nada de visiones, nada de objetos que cobren vida. Todo «normal» salvo el propio estado de ánimo. El autor mismo sospecha enseguida de la causa: probablemente eran las birras, la satisfacción de haber culminado una búsqueda larga y la mezcla con el ansiolítico, más que la molécula inyectada.
El resto es resaca, descojone, manchas rojizas en los dedos que no se van con el agua y un recurrente sueño macabro sobre un cadáver escondido que el autor convierte en material humorístico. Como documento literario funciona; como dato sobre la farmacología del adrenocromo, apenas dice nada concluyente. Y esa, en realidad, es la moraleja de toda la serie.
Por qué este experimento no demuestra casi nada
El propio Hidalgo lo reconoce al hablar de «variables contaminantes». Conviene subrayarlo, porque es donde está el verdadero interés divulgativo del texto:
Mezcla de sustancias. Una noche de cervezas abundantes, vino y benzodiazepinas basta para explicar la euforia, la desinhibición y la resaca. El alcohol y el alprazolam son depresores del sistema nervioso central; combinarlos ya es de por sí una práctica de riesgo, y además enturbia por completo cualquier intento de atribuir efectos a una tercera sustancia.
Expectativa y sugestión. Quien ha invertido meses y dinero en conseguir algo «legendario» está predispuesto a notar algo. El set (estado mental y expectativas) puede generar sensaciones reales sin que la molécula haga gran cosa.
Sin grupo de control ni ciego. Un único sujeto, sin placebo, sin observador y bajo el efecto de otras sustancias no produce evidencia, sino una anécdota. Que es justo como el autor la presenta.
De hecho, las tres catas apuntan en la misma dirección: efectos sutiles, inespecíficos y fácilmente explicables por otras causas. Coherente con lo que la literatura científica acabó concluyendo sobre la hipótesis adrenocrómica de la esquizofrenia, que nunca se sostuvo con pruebas sólidas y hoy se considera abandonada.
La leyenda negra del adrenocromo
No se puede hablar hoy de esta molécula sin mencionar el bulo que la ha hecho tristemente famosa: la teoría conspirativa que afirma que ciertas élites «cosechan» adrenocromo de menores para drogarse o rejuvenecer. El texto original ya jugaba con esa imaginería de forma paródica. Conviene dejarlo claro y sin ironías: es una invención sin base real, una actualización moderna de viejos libelos. El adrenocromo se obtiene oxidando adrenalina en un laboratorio o se compra a proveedores de reactivos; no hay nada en su química que sostenga el relato del terror. Que una sustancia con efectos psicoactivos tan discutibles haya terminado en el centro de una conspiración global dice mucho más sobre la fabricación de mitos que sobre la propia molécula.
Lectura crítica y reducción de riesgos
Más allá del valor literario, esta entrega deja varias lecturas útiles:
La autoexperimentación a solas, de madrugada y por vía intravenosa concentra varios de los peores factores de riesgo posibles: inyectarse sin material ni técnica adecuados expone a infecciones, daño venoso y embolias, y hacerlo sin nadie cerca elimina cualquier posibilidad de auxilio si algo sale mal. Combinar alcohol con benzodiazepinas añade riesgo de depresión respiratoria. Ninguna de estas decisiones, por mucha épica de «vieja escuela» que las envuelva, es recomendable.
En el plano del conocimiento, el episodio recuerda que un relato en primera persona, por honesto y entretenido que sea, no equivale a evidencia. La gracia del texto de Hidalgo es precisamente que no se engaña a sí mismo: cuenta lo que sintió y, acto seguido, enumera todas las razones por las que probablemente no fue el adrenocromo quien lo provocó. Esa honestidad metodológica es lo más valioso de la pieza, y un buen antídoto contra la mitología que rodea a tantas sustancias.