Adrenocromo: el mito psicodélico frente a los testimonios

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En breve: Quinta entrega de la serie de Eduardo Hidalgo sobre el adrenocromo. Frente a la imagen delirante que popularizó Miedo y asco en Las Vegas, los pocos testimonios reales —recogidos en foros anglosajones y en Erowid— describen efectos muy leves, breves y nada psicodélicos. Repasamos esas fuentes con mirada crítica y reconstruimos, con su punto de humor, la peripecia del autor para conseguir muestras de una sustancia que casi nadie sabe si existe de verdad.

Texto basado en la serie de Eduardo Hidalgo.

Llevamos cinco entregas dándole vueltas al adrenocromo y la pregunta de fondo sigue intacta: ¿existe, no existe; coloca, no coloca? La sustancia ha acumulado tantas capas de leyenda —psiquiatría de los años cincuenta, esquizofrenia, ficción literaria, conspiranoia contemporánea— que cuesta separar el dato del rumor. En esta entrega abandonamos por un momento la teoría y vamos a por lo concreto: qué cuentan quienes dicen haberlo probado, y qué ocurre cuando uno trata de conseguir el producto.

Lo que dicen los foros: el peso de la sugestión

Tras repasar los foros hispanos en entregas anteriores, el rastreo se traslada al ámbito anglosajón. En drugs-forum.com aparece, fechado en agosto de 2006, el relato de un usuario que afirma haber bebido varios viales y haberse sentido «exactamente como Hunter S. Thompson en Miedo y asco en Las Vegas»: delirio, destellos de luz indistinguibles de la realidad, temblores, sensación de ardor y dieciocho horas de sueño.

El problema es evidente en cuanto se compara con la fuente que el propio testimonio invoca. La escena del adrenocromo de la película es notoriamente más exagerada que la del libro, y el director, Terry Gilliam, reconoció en los comentarios de la edición en DVD que se trataba de algo deliberadamente ficticio; llegó incluso a dar a entender que ignoraba que existiera una sustancia real con ese nombre. Cuando alguien describe sus efectos calcando una escena que su propio autor califica de invención, la sospecha de sugestión es difícil de esquivar. No es que mienta necesariamente: es que el guion ya estaba escrito antes de la experiencia.

La propia Wikipedia, consultada en su versión inglesa, no zanja nada: se limita a señalar que «ha habido controversia» sobre si el adrenocromo puede clasificarse como sustancia psicotrópica. Esa palabra —controversia— acabará siendo el estribillo de toda esta historia.

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Erowid: «matando el mito»

Si hay un sitio donde uno espera encontrar datos contrastados sobre cualquier psicoactivo es Erowid, el archivo de referencia sobre sustancias. Y, sin embargo, su sección de relatos sobre el adrenocromo es llamativamente magra: apenas un par de informes y una petición pública para que se envíen más.

El primero, titulado algo así como El peor dolor de cabeza imaginable, lo firma alguien que se inyectó epinefrina oxidada y deteriorada. El resultado no fue ninguna epifanía visionaria, sino una cefalea intermitente e insoportable que se prolongó siete días. El segundo, Matando el mito, es el más revelador. Su autor probó la sustancia por varias vías a lo largo de distintos días y resumió así su veredicto: efectos «extremadamente suaves», una vaga sensación de calidez corporal, algo de entumecimiento, una sedación ligera y un breve apunte de euforia que se desvanecía en pocos minutos. ¿Lo visual? Apenas la habitación percibida de un modo levemente distinto, comparable —según él mismo— a lo que produciría un porro de hachís. Su conclusión es tajante: «de ninguna manera lo llamaría alucinógeno».

El resto de la ficha de Erowid no aporta gran cosa: estatus legal en Estados Unidos (no prohibido), un puñado de referencias y la clasificación de sus efectos despachada, de nuevo, con una sola palabra: «controvertida». Entre esas referencias asoma Legal Highs, de Adam Gottlieb (1973), donde se atribuye a un derivado del adrenocromo, por vía oral, una vaga «estimulación», sensación de bienestar y una ligera alteración mental. Nada que se parezca al colocón legendario.

El contraste es lo interesante. La psiquiatría de los cincuenta —Osmond, Hoffer y compañía— manejó dosis y planteamientos muy distintos al buscar en el adrenocromo un modelo bioquímico de la psicosis; lo que aquí tenemos son autoexperimentos modernos, aislados y sin control alguno, que apuntan a un efecto casi nulo. Ni unos ni otros bastan para cerrar el caso, pero la balanza de los testimonios contemporáneos se inclina claramente hacia el anticlímax.

«Buy adrenochrome»: la caza de un fantasma

Llegados a este punto, la única salida parece pasar de las citas a la práctica de conseguir el material. Escribir «buy adrenochrome» en un buscador depara, antes que nada, una escena casi cómica: una respuesta en un foro de preguntas que asegura, con toda seriedad, que la sustancia «no es real, es una droga ficticia». La paradoja resume bien el embrollo: tanta información contradictoria que, de tanto leer, uno ya se siente al borde de la neurosis sin haber probado nada.

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Y, sin embargo, el adrenocromo reaparece una y otra vez en contextos perfectamente mundanos. Webs de venta de fármacos lo ofrecen en forma de un derivado —la monosemicarbazona— por precios irrisorios, con un uso médico declarado que nada tiene que ver con los viajes psicodélicos: reducir el sangrado durante y después de intervenciones quirúrgicas. En ninguna de esas fichas se menciona efecto psicoactivo alguno. Hasta un viejo bote farmacéutico, comprado como simple fetiche en una web de segunda mano española, llega con ocho comprimidos tan añejos como el propio envase.

La conclusión, antes de seguir, es importante: el adrenocromo y sus derivados existen como compuestos químicos reales, con usos farmacéuticos concretos y documentados. Lo que no existe, o al menos nadie ha logrado documentar de forma convincente, es el efecto psicodélico que la cultura popular le atribuye.

El camión del adrenocromo

La parte más sabrosa del relato es la logística. Tras descartar unas fuentes y mover contactos para dar con otras, el autor termina recibiendo en casa, por un lado, un gramo de semicarbazona y, por otro, unas decenas de miligramos de adrenocromo, repartidos en pequeños viales. Lo memorable no es la cantidad, sino el envoltorio.

Empieza con una llamada de teléfono surrealista —«¿cabe el camión en su calle?»— que hace temer un error monumental en el pedido. Lo que llega no es un camión cargado, sino una caja de corcho del tamaño de varias cajas de zapatos, rellena de bloques de refrigerante para mantener la sustancia congelada, tal como recomienda el proveedor. El siguiente envío repite la jugada. Resultado doméstico: medio congelador ocupado por unos miligramos de polvo, y la carne, el pescado y las pizzas peleándose por el hueco restante. La escena, contada con el humor marca de la casa, ilustra mejor que cualquier análisis el desfase entre la épica del mito y la prosaica realidad de manipular el «producto de la oxidación de la adrenalina».

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Lectura crítica y reducción de riesgos

Conviene leer todo lo anterior con varias cautelas:

Testimonios no son evidencia. Los relatos de foros y de Erowid son anecdóticos, sin control de pureza, dosis real ni condiciones. Sirven para detectar un patrón —efectos leves o nulos— pero no para afirmar nada con solidez. Y la sugestión, como muestra el caso del usuario que «revivió» una escena de cine, pesa enormemente en cualquier experiencia subjetiva.

El mito viene de la ficción, no de la farmacología. La imagen del adrenocromo como potente alucinógeno procede en buena medida de una escena que su propio director reconoció como inventada. Conviene desconfiar de cualquier relato que reproduzca ese guion al pie de la letra.

El rumor histórico tampoco prueba nada. La leyenda de los soldados que habrían sufrido alucinaciones con adrenalina caducada y oxidada en el Canadá de la Segunda Guerra Mundial circula sin documentación firme. Improvisar con adrenalina deteriorada no es un experimento psiconáutico: es una vía directa a productos de degradación impredecibles. El propio informe del «peor dolor de cabeza imaginable» —siete días de cefalea— es buen recordatorio de que inyectarse epinefrina alterada puede hacer daño real, sin contrapartida alguna de interés.

Cuidado con la deriva conspiranoica. En los últimos años el término «adrenochrome» ha sido secuestrado por teorías de la conspiración delirantes y sin ninguna base. Distinguir el compuesto químico real —modesto, sin glamour— de esa mitología es parte del trabajo de cualquier lectura honesta del tema.

Lo que queda, en suma, es una sustancia fascinante por lo que simboliza más que por lo que hace: un caso de manual sobre cómo la cultura construye una droga legendaria a partir de retazos de psiquiatría antigua, una escena de cine y mucha sugestión. En la próxima entrega, las catas.

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