
De la cura comunitaria al diván
El uso de plantas y sustancias visionarias con fines de sanación es probablemente tan antiguo como nuestra propia especie. Durante la mayor parte de esa historia el conocimiento no estuvo compartimentado como hoy: era difícil trazar una línea entre lo recreativo y lo curativo. Buena parte de la medicina —y casi toda la medicina psicoactiva— funcionaba a la vez como celebración, y casi toda celebración tenía algo de medicina. La clave estaba en el marco: el grupo. Era la comunidad la que validaba la integración del individuo, y esa integración es, a fin de cuentas, uno de los mejores indicadores de salud. Para los malestares que no responden solo a una causa física, sentirse acompañado por el grupo ya es de por sí un reductor de angustia.
Los tiempos han cambiado. Salvo en rituales contemporáneos —las raves donde circula la MDMA, las ceremonias con ayahuasca o peyote—, hoy la curación se ha replegado al ámbito privado: la relación entre el médico o el psicoterapeuta y su paciente. Es en ese marco clínico donde, a mediados del siglo XX, nació lo que se llamó psicoterapia psiquedélica.
Osmond, el alcoholismo y un hallazgo inesperado
Por entonces ya se había descubierto la LSD, y muchos psiquiatras la empleaban como fármaco «psicotomimético», convencidos de que imitaba la fenomenología de la esquizofrenia y ayudaría a comprenderla. Humphry Osmond, psiquiatra británico afincado en Canadá y experto en alcoholismo, había observado que algunos bebedores abandonaban el alcohol tras pasar por los terrores del delirium tremens, el síndrome de abstinencia. Su hipótesis fue audaz: si se les inducía un «delirium tremens artificial» con dosis altas de LSD, quizá sintieran el mismo pavor sin los daños fisiológicos del síndrome real, y eso bastara para que dejaran de beber.
La sorpresa fue mayúscula. Lejos de aterrorizarse, la mayoría de aquellos pacientes atravesaba experiencias de carácter místico-espiritual, fruto de la disolución de los límites del yo que provocan las dosis altas en un contexto controlado. A partir de ahí, la terapia con LSD y otros psicodélicos se extendió a un abanico cada vez más amplio de cuadros: trastornos obsesivos, adicciones, y la angustia de quienes afrontan una enfermedad terminal. El psiquiatra holandés Jan Bastiaans llegó a emplearla para tratar el llamado «síndrome del campo de concentración», una de las formas que hoy englobaríamos dentro del trastorno de estrés postraumático.
Un solo estudio publicado y unos resultados discretos
Tras la interrupción brusca de esta línea de investigación en los años setenta, pasaron décadas sin que se realizara ningún ensayo formal sobre la eficacia de un psiquedélico para un trastorno mental. Cuando José Carlos Bouso escribió este repaso, existía en realidad un único estudio publicado al respecto —firmado por el equipo de Charles Grob—, con algún otro en marcha, casi todos centrados en la ansiedad y la depresión de enfermos de cáncer terminal.
El diseño era cuidadoso. A cada paciente se le administró, de forma aleatorizada y a doble ciego, psilocibina y un placebo activo (niacina, que reproduce algunas sensaciones físicas sin efecto psicológico), separados por dos semanas. Así cada persona hacía de su propio control y se podían comparar seguridad fisiológica y eficacia mediante cuestionarios psicométricos habituales en clínica. Publicado en septiembre de 2010 en una revista psiquiátrica de prestigio, el trabajo desató titulares del tipo «Los hongos alucinógenos son eficaces contra el cáncer». Uno de sus autores llegó a escribir en Scientific American que, aunque la muestra era pequeña para sacar conclusiones definitivas, los pacientes mostraban menos ansiedad, mejor ánimo y menos miedo a la muerte incluso meses después.
Lo que decían los titulares y lo que decían las tablas
Conviene leer el artículo original con calma, porque la distancia entre el eco mediático y los datos publicados es notable. Lo primero que cabe afirmar sin matices: la psilocibina se mostró segura. Hubo ligeros aumentos de tensión arterial y frecuencia cardiaca frente al placebo, modestos y transitorios, sin signos de cardiotoxicidad en la monitorización continua. En una población fisiológicamente muy frágil, demostrar esa seguridad ya es un resultado valioso por sí mismo.
La eficacia es otra historia. El estado de ánimo, medido con la escala POMS, mostró una tendencia a la mejoría a lo largo del seguimiento, pero sin diferencias estadísticamente significativas: una tendencia es solo una tendencia. En ansiedad, solo hubo descensos en los meses 1 y 3, y únicamente en la «ansiedad rasgo» (la más estable en el tiempo), no en la «ansiedad estado». Ni al día siguiente ni en los meses 2, 4, 5 y 6 se redujo la ansiedad rasgo, y la estado no se modificó en ningún momento. En depresión, la única bajada significativa apareció al sexto mes. Un dato que obliga a la prudencia: de los 12 pacientes iniciales, solo 8 completaron el seguimiento; cuando se midió esa mejoría depresiva, cuatro habían fallecido.
En resumen: ni una reducción permanente del malestar emocional, ni mejoras estables de la ansiedad, y una señal en depresión condicionada por una muestra que se había reducido a la mitad. No se trata de ensañarse con un estudio piloto pionero y valiente, sino de pedir mesura. Los propios autores apuntaban explicaciones razonables —muestra pequeña, dosis bajas— que bien podrían ser ciertas, pero que no dejan de ser hipótesis. Lo que el ensayo estaba diseñado para probar (la seguridad) quedó demostrado; la eficacia, no tanto. Resulta llamativo que se publicitara con tanto énfasis precisamente lo que el estudio no mostraba con solidez.
La MDMA y el estrés postraumático
El otro gran ensayo de aquella oleada fue el que evaluó la seguridad y la eficacia de la MDMA en el trastorno de estrés postraumático resistente a tratamientos convencionales. Esa es otra historia, con un recorrido posterior bien distinto, que merece un análisis propio.
Lectura crítica
El renacimiento de la investigación psiquedélica es una buena noticia, pero arrastra un riesgo viejo: convertir resultados preliminares en certezas terapéuticas. Eso ya pasó factura en los años sesenta, cuando el entusiasmo desbordó a la evidencia y contribuyó al cierre de toda una línea de trabajo. Hoy, con varios ensayos de mayor tamaño y dosis más altas en curva ascendente, el desafío sigue siendo el mismo: no confundir una experiencia subjetivamente intensa con una mejoría clínica medible, ni un titular con un dato.
Conviene recordar, además, que estos resultados —incluso los más prometedores— proceden de contextos altamente controlados: cribado psicológico previo, acompañamiento profesional, monitorización médica y un encuadre terapéutico que no tiene nada que ver con el consumo por cuenta propia. Trasladar las conclusiones de un ensayo a la vida cotidiana es un salto que la evidencia no autoriza. Leer estos estudios con curiosidad y con espíritu crítico no es escepticismo: es precisamente lo que la investigación seria necesita para seguir avanzando con credibilidad.
Este texto reelabora un artículo de divulgación de José Carlos Bouso. El ensayo clínico citado corresponde al equipo de Charles Grob y colaboradores (2010); la entrevista de divulgación apareció en Scientific American.