Ernst Jünger y la invención de la palabra «psiconauta»

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En breve: El escritor alemán Ernst Jünger (1895-1998) acuñó en 1970 el término «psiconauta» para nombrar a quienes exploran el espacio interior con ayuda de sustancias. Más que un apologeta, fue un observador exigente: insistía en el riesgo, en el regreso y en la prudencia. Repasamos su biografía y sus textos sobre la ebriedad sin perder de vista la lectura crítica.

Una palabra que nombró una experiencia

Pocas veces una sola palabra fija toda una tradición. El término «psiconauta» —el navegante del propio interior— aparece por primera vez en 1970, en Acercamientos. Drogas y ebriedad, el largo ensayo que Ernst Jünger dedicó a las sustancias que alteran la conciencia. Con ella nombraba a quienes emprenden una travesía «por el universo interior con vehículos psicodélicos». La voz hizo fortuna y hoy da nombre a este mismo portal, pero conviene recordar de quién procede y, sobre todo, con qué cautelas la formuló.

Jünger no fue un entusiasta ingenuo. Su mirada sobre la ebriedad es la de un escritor disciplinado, casi clásico, que desconfiaba tanto del rechazo moralista como de la celebración acrítica. Esa ambivalencia es lo más interesante de su legado y lo que lo distingue de buena parte de la literatura psicodélica que vino después.

Del internado a las trincheras

Nació en Heidelberg en 1895, hijo de un químico y farmacéutico, y murió en Wilflingen en 1998, con 103 años. Su infancia transcurrió entre mudanzas —Sajonia, la Baja Sajonia— y, sobre todo, entre internados donde la disciplina lo asfixiaba. Contra esa rigidez, el joven Jünger encontró respiro en la entomología, la caza y la literatura, y en 1911 se sumó a los Wandervögel, el movimiento juvenil que mezclaba nacionalismo alemán con un amor a la naturaleza que más tarde reconoceríamos en otros movimientos contraculturales.

Su primera huida fue espectacular: en 1913, con 18 años, se alistó en la Legión Extranjera francesa y viajó a Argelia buscando una vida más intensa. El episodio terminó con la intervención de su padre, pero dejó una marca duradera: el gusto por el riesgo y una fascinación por la guerra que la Primera Guerra Mundial confirmaría de la peor manera. Jünger se alistó de los primeros, fue herido en Les Éparges y, ya con 25 años, publicó Tempestades de acero, una exaltación de la guerra como «experiencia interior» que lo hizo célebre. Esa estetización del combate es uno de los puntos que cualquier lectura honesta de su obra debe señalar.

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Alemán, conservador y, aun así, incómodo para el nazismo

En el periodo de entreguerras Jünger gravitó en torno a la llamada Revolución Conservadora alemana: nacionalismo radical, rechazo del liberalismo decimonónico, influencia de Nietzsche. Sin embargo, no se sumó al nazismo. Rechazó entrar en la Academia de Poesía depurada por el régimen, no quiso figurar en sus listas al Reichstag y acabó retirándose a aldeas como Goslar o Kirchhorst. La Gestapo llegó a investigarlo. Durante la Segunda Guerra Mundial ocupó un puesto administrativo en el París ocupado, donde frecuentó salones literarios y fumaderos de opio y trató a figuras como Cocteau, Céline, Braque o Picasso.

Conviene no idealizar este distanciamiento: Jünger fue oficial del ejército alemán en una capital ocupada, y su conservadurismo nacionalista convivió con esa posición. Su caso ilustra lo difícil que resulta separar la obra de la biografía cuando ambas se cruzan con el siglo más violento de Europa.

Hofmann, el LSD y una amistad química

A partir de 1945, Jünger entabló amistad con Albert Hofmann, que había sintetizado el LSD en 1943. El químico suizo admiraba al escritor y mantenían correspondencia desde antes. La conversación entre ambos atravesó varias décadas y varias de las obras de Jünger, directa o indirectamente, recogen esa exploración. Ya en Heliópolis, novela situada en un futuro tecnocrático y opresivo, el protagonista Antonio Peri es un experimentador de sustancias, un explorador del cosmos interior: el psiconauta antes de tener nombre.

Las pruebas que Jünger y Hofmann compartieron son hoy un capítulo conocido de la historia cultural de los enteógenos. En la primavera de 1951 ensayaron con una dosis baja de LSD que no llegó a producir el efecto buscado; Jünger acuñó entonces su célebre comparación, según la cual la potencia del LSD era la de un «gatito» frente al «tigre» de la mescalina. En 1962 repitieron la experiencia con psilocibina, esta vez para comparar ambas sustancias, y en febrero de 1970, con una dosis mayor, Jünger describió haber cruzado por fin las «puertas de la percepción».

El LSD entre la esperanza y el peligro

El recorrido del LSD que Jünger vivió de primera mano resume el del siglo XX. Primero fue saludado como una promesa para la psiquiatría: se pensó que podía abrir a los pacientes a la terapia e incluso generar una «psicosis modelo» para estudiar la esquizofrenia. Descartada esa vía ante los problemas observados, alimentó el «arte psicodélico», fue investigado por el ejército estadounidense como supuesto «suero de la verdad» y terminó convertido en sustancia recreativa a partir de los años cincuenta y sesenta, ya sin supervisión alguna. Esa última etapa es precisamente la más peligrosa: sus efectos sobre la percepción son profundos e imprevisibles.

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Jünger situaba el LSD entre las phantastica, junto a la mescalina, el ololiuqui, la psilocibina o la salvia: sustancias que, a su juicio, no buscaban el goce sensorial sino que conducían a «fuentes más profundas del carácter y del ser». De ahí su insistencia en el riesgo. Su imagen recurrente es la del aprendiz de brujo: quien invoca una fuerza así puede no saber controlarla. «Irremontables distancias amagan con escindirnos del ser, si el acercamiento se frustra», escribió, y advertía que un acercamiento imprudente podía dejarte fuera del «tren de la causalidad», sin saber «en qué estación del universo se ha quedado uno».

La ética del regreso

Si algo distingue a Jünger es que su reflexión no termina en el viaje, sino en la vuelta. «La ebriedad es tanto más fructífera, espiritualmente, cuanto más tiempo medie entre los acercamientos», afirmaba: mejor una vez al mes que una a la semana, mejor una al año que una al mes. Para él la ebriedad no tenía sentido en sí misma; el psiconauta no puede quedarse en el espacio interior, debe regresar a la conciencia cotidiana y dar cuenta de lo visto. Quien se queda no podrá contarlo.

Como en los misterios de Eleusis, lo decisivo es «haber estado alguna vez allí»: una sola vez puede bastar para transformar a alguien, y no todos están preparados. Es una ética sobria, lejos del consumo continuado, que resulta llamativamente afín al lenguaje actual de la reducción de riesgos: espaciar, dar sentido, integrar lo vivido y reconocer que no toda persona ni todo momento son adecuados.

Dos libros, dos formas de callar y nombrar

En 1952, tras su primera experiencia con LSD, Jünger escribió Visita a Godenholm, relato impregnado de mescalina y LSD cuya publicación coincidió con Las puertas de la percepción de Aldous Huxley. La diferencia entre ambos es reveladora: Huxley nombra abiertamente las sustancias; Jünger no menciona ninguna droga. En su relato, el viaje arranca simplemente tras la ingestión de un té. Esa discreción es deliberada y dice mucho de su forma de entender la experiencia, más cercana al símbolo que al testimonio clínico.

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Acercamientos. Drogas y ebriedad (1970) es su gran obra sobre el tema y donde fija el término «psiconautas». Es un ensayo autobiográfico que repasa sus encuentros con el alcohol, el éter, el hachís, la cocaína, el peyote y la mescalina, los hongos, el LSD, la cafeína, la hoja de coca o los opiáceos, entrelazados con reflexiones sobre la soledad, la música, el dolor, la belleza y la muerte. Su tesis de fondo es ambiciosa: los grandes cambios históricos habrían ido siempre ligados a la ebriedad, desde Dioniso y el vino hasta el LSD. En su galería de «psiconautas» ilustres figuran Maupassant, Poe, Henri Michaux, Baudelaire, Thomas de Quincey, Nietzsche o el propio Huxley.

Lectura crítica

La obra de Jünger merece leerse con dos cautelas. La primera, biográfica: su exaltación temprana de la guerra y su lugar en la Revolución Conservadora forman parte del cuadro y no deberían diluirse en la figura del sabio anciano que exploró la conciencia. La segunda, sustancial: su mirada es literaria y filosófica, no médica. Hablar de sustancias que «conducen al ser» tiene valor poético, pero no orienta sobre interacciones, contraindicaciones ni contextos seguros.

En clave de reducción de riesgos, lo más aprovechable de Jünger es su insistencia en espaciar, en el sentido y en el regreso, junto a su honestidad al reconocer que estas experiencias pueden salir mal y no son para cualquiera. Lo que su prosa no puede aportar —y conviene buscar en otra parte— es información sanitaria fiable: las sustancias que menciona tienen perfiles legales y de riesgo muy distintos, y este texto no constituye en ningún caso una guía de consumo. Como divulgación histórica y cultural, su valor es alto; como manual, ninguno.

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