
De qué hablamos cuando hablamos de adrenocromo
Pocas sustancias arrastran tanto ruido cultural y tan poca evidencia como el adrenocromo. Es un producto de oxidación de la adrenalina, y a mediados del siglo XX los psiquiatras Abram Hoffer y Humphry Osmond lo situaron en el centro de su hipótesis adrenocrómica de la esquizofrenia: la idea, hoy descartada como explicación general, de que un metabolito anómalo de las catecolaminas podía generar estados psicóticos. De ahí pasó a la literatura —Huxley, Thompson— y, en las últimas décadas, a las cloacas de la conspiración, donde se ha convertido en un mito sin ningún anclaje farmacológico. Entre ese folclore y la investigación seria hay un enorme vacío de datos.
El relato que sigue no resuelve ese vacío, pero ilustra bien por qué genera fascinación. Es un autoensayo: alguien que se administra la sustancia a sí mismo y anota lo que percibe. Vale como documento humano y como hipótesis; no como prueba.
Las horas después: extrañamiento y paranoia tenue
Lo más llamativo del testimonio no es ninguna alucinación espectacular, sino algo mucho más sutil: una alteración del tono perceptivo. Hidalgo describe que, en su trayecto en tren, la gente le resultaba «rara», los gestos ajenos le parecían extraños y, en un par de ocasiones, vagamente amenazantes. Calculaba mal las distancias y sentía que otras personas invadían su espacio —un detalle que él mismo conecta con observaciones recogidas por Hoffer y Osmond—, cuando en realidad nada de eso ocurría.
A ese fondo se sumaban sensaciones marcadas de desrealización y un «deje paranoide»: la impresión recurrente de ser observado, los objetos y los cuerpos cotidianos vueltos desconcertantes, casi cómicos en su rareza. Es el tipo de estado que cuesta describir precisamente porque no es aparatoso: no es ver cosas que no están, sino que las cosas que están dejan de sentirse familiares.
Aparece también un efecto curioso que el propio autor valora casi como un alivio: la incapacidad de sostener la rumiación. Pensamientos angustiosos sobre su vida —ajenos por completo a la sustancia— surgían y se disolvían enseguida, no por serenidad sino por una especie de hastío o desconexión. Quien tiende a darle vueltas a todo reconocerá lo singular de no poder hacerlo.
La nicotinamida y el regreso a uno mismo
El segundo acto del relato gira en torno a la vitamina B3 (nicotinamida), tomada antes de comer con la intención explícita de comprobar dos cosas a la vez: si la vitamina calmaba el malestar y si, al hacerlo, confirmaba de paso que el adrenocromo había estado actuando. Según el testimonio, tras la comida y la vitamina llegó una sensación de normalidad acompañada de cansancio, somnolencia y un fuerte dolor de cabeza.
Al día siguiente, ya recuperado, el autor advierte que la víspera «no estaba normal» —algo leve pero real— y recurre a una frase de Osmond para resumirlo: «vuelvo a ser yo mismo». Incluso entonces persistían pequeños rastros: ante una pantalla familiar, los colores y tamaños le resultaban ligeramente alterados. Un tercero presente aquel día coincidió en que se le notaba «raro» sin saber por qué.
El propio relato deja claro que esto es lo más lejos que el experimento permite llegar. Y conviene insistir: esa secuencia —efecto, vitamina, mejoría— es exactamente el patrón que cabría esperar tanto si el adrenocromo hubiera hecho algo como si no hubiera hecho nada en absoluto.
Lectura crítica
Un autoensayo abierto, sin grupo de comparación, sin enmascaramiento y con una sola persona observándose a sí misma es el escenario perfecto para que la sugestión y la expectativa hagan todo el trabajo. Quien sabe que ha tomado una sustancia «que altera la percepción» y luego presta atención a su percepción encontrará rarezas: el examen mismo las produce. A esto se suma que muchos de los fenómenos descritos —desrealización, sensación de ser mirado, extrañamiento de lo cotidiano— aparecen también por falta de sueño, resaca, ansiedad o estrés, factores que el propio relato menciona sin disimulo.
El supuesto papel «reversor» de la nicotinamida es aún más resbaladizo. Una mejoría que coincide con comer, descansar y que pase el tiempo no demuestra que la vitamina haya neutralizado nada. Sin una toma a ciegas y sin placebo, no hay forma de distinguir el efecto químico de la simple regresión a la normalidad. La hipótesis adrenocrómica de Hoffer y Osmond, además, no resistió el escrutinio posterior como modelo de la psicosis, por mucho que siga siendo un episodio fascinante de la historia de la psiquiatría.
Reducción de riesgos. Más allá de lo anecdótico, hay un punto que no admite matices: la autoadministración intravenosa de cualquier sustancia es una de las prácticas más peligrosas que existen. Inyectarse fuera de un entorno sanitario conlleva riesgo de infección, embolia, daño vascular, reacciones agudas imprevisibles y, en preparados no controlados, de impurezas de toxicidad desconocida. No describimos aquí ningún procedimiento ni lo recomendamos: lo señalamos justamente para subrayar que el valor de este texto es testimonial e histórico, no una guía. Si alguien atraviesa estados de desrealización o ideación paranoide persistentes, lo sensato es buscar apoyo profesional, no repetir el experimento.
Como pieza de archivo, el relato merece leerse por lo que es: la honestidad de un psiconauta que documenta sus impresiones y, sobre todo, que reconoce sus límites. Conviene leerlo con la misma honestidad —sabiendo que una crónica vívida y una prueba son cosas distintas.