
Qué decimos cuando decimos «toxicomanía»
La palabra es un híbrido revelador. Tóxico viene del latín toxicum, «veneno», sin ambigüedad posible. Manía, en cambio, era en griego un término resbaladizo: lo mismo nombraba el extravío que la inspiración o el entusiasmo. Al fundir ambas raíces, el lenguaje moderno se quedó solo con la cara oscura: el diccionario académico define manía como locura, extravagancia caprichosa o «afecto o deseo desordenado». Conviene tenerlo presente, porque esa carga semántica condiciona de antemano cómo miramos a quien consume.
En el plano jurídico, la toxicomanía quedó atada a un grupo concreto de sustancias ilícitas. El Convenio de Ginebra de 1931 fue el primer texto internacional que encargó a los Estados y a la Sociedad de Naciones «luchar contra la adicción», partiendo de tres familias —derivados del cáñamo, del opio y del arbusto de la coca— a las que después se sumarían decenas más, naturales, semisintéticas y sintéticas. Por decreto, todas pasaron a ser «toxicomanígenas». La pregunta interesante es por qué algo que hoy parece obvio no lo fue durante casi toda la historia.
Milenios de uso sin «adictos»
Opio, cáñamo y coca son plantas conocidas desde tiempos inmemoriales, y sin embargo el rastro documental de la dependencia es sorprendentemente tardío. Las civilizaciones sumeria, egipcia y grecorromana emplearon el opio con generosidad —a menudo a diario, en las famosas triacas, como tónico preventivo— sin dejar testimonio escrito de un solo opiómano. Lo mismo ocurre con el cáñamo en Asia y con la coca en América. Tomar o no una sustancia era una costumbre más, que no inquietaba ni a la moral ni al derecho.
La gran excepción euroasiática fue el alcohol. El vino, «don de Dioniso», generó debate filosófico —para unos maldición, para otros, con Platón a la cabeza, entusiasmo sagrado— y también represión: en la Roma de Tarquino una matrona fue condenada a morir de hambre por tener las llaves de la bodega, y la persecución del culto báquico entre el 186 y el 180 a. C. se saldó con miles de ejecuciones, aunque allí pesaban tanto el escándalo ritual como el cálculo político. Para el resto de sustancias regía el criterio de la Lex Cornelia de sicariis et veneficiis, que consideraba «droga» una palabra neutra —sirve para matar y para curar— y solo castigaba lo usado para matar a alguien sin su consentimiento.
El rastro casi desaparece hasta el siglo XIII, cuando coinciden la difusión de los primeros aguardientes, la cruzada contra las brujas acusadas de «tratos con hierbas y pócimas» y un giro fundamentalista en el mundo islámico contra café, opio y hachís. Tras el descubrimiento de América crece la alarma, pero a finales del XVII se impone, de la mano de humanistas, médicos y boticarios, un criterio laico: el arsenal de sustancias pasa a ser materia médica, libre de estigma teológico. Y hasta bien entrado el siglo XIX seguimos sin encontrar toxicómanos, salvo bebedores, fumadores y cafeteros, a quienes —paradójicamente— se aplicaban castigos atroces: Francisco I mandaba cortar las orejas a los borrachos; en Rusia el café podía costar la nariz; en Irán el tabaco se pagaba con tormento o pena capital.
La química lo cambia todo
El punto de inflexión llega con dos fenómenos paralelos. Por un lado, el aislamiento de los principios activos: morfina y codeína primero, y después una larga lista —cafeína, escopolamina, atropina, cocaína, mescalina, heroína—. Sustancias más potentes, fáciles de almacenar y de dosificar, que la naciente corporación médica y farmacéutica prefirió a las formas vegetales en su pugna por monopolizar la producción frente a herboristas y curanderos, pronto rebajados a «matasanos».
Por otro, las guerras del opio. Lejos de la imagen de una China ingenua a la que Occidente introdujo la droga, los chinos conocían el opio desde antiguo. Fueron los emperadores manchúes quienes prohibieron pagar con opio las transacciones —para preservar el superávit de su balanza y exigir metales preciosos—, primero la importación y mucho después el cultivo, cuando la persecución ya había generado un enorme mercado negro y corrupción generalizada. El contraste con la India es elocuente: allí un porcentaje mayor de la población consumía opio a diario sin signos de degeneración ni incapacidad laboral, hasta el punto de que la Royal Commission on Opium (1884-1896) concluyó que «el opio en la India se parece más a los licores occidentales que a una sustancia aborrecible».
Mientras tanto, en Europa y América el opio seguía siendo uno de los productos más vendidos en farmacias y no había «opiómanos». Thomas De Quincey, en sus Confesiones de un inglés comedor de opio, negaba una y otra vez que la droga creara «hábito imperioso». Los primeros casos de dependencia distinta del alcohol, el café o el tabaco aparecen con la morfina inyectada masivamente en la guerra de Secesión y la francoprusiana, bautizada entonces como «mal militar». La primera monografía médica, firmada por Louis Lewin en 1879 —cuando la morfina llevaba medio siglo a la venta libre—, fue contestada de inmediato por colegas que dudaban del carácter científico del término «morfinismo»: para ellos expresaba «una debilidad del carácter, y no algo causado por una sustancia química».
Quién se «enganchaba» y por qué
El perfil del consumidor habitual de morfina entre 1880 y 1920 desmonta el tópico del marginal. En torno a la mitad eran médicos o esposas de médicos y boticarios; el resto, gente acomodada con «problemas de nervios», artistas, clérigos o personal sanitario. Solo un 14% había empezado por iniciativa propia, sin consejo de un terapeuta o un amigo, y más del 80% sobrellevó décadas de hábito sin descuidar la casa ni el trabajo.
A finales de siglo, una pequeña compañía llamada Bayer comercializó en un mismo envase doble dos analgésicos: el ácido acetilsalicílico (Aspirina) y la diacetilmorfina (Heroína). En 1900 el Boston Medical and Surgical Journal celebraba que la heroína «no es hipnótica, no hay peligro de contraer hábito», y los laboratorios la exportaron a China como «píldora antiopio» para tratar a los adictos. Empezaba así una lógica de sustitución que no se ha detenido —morfina por opio, heroína por morfina, y luego metadona, buprenorfina y demás—, aunque para quien depende lo decisivo nunca fue tanto la molécula como las condiciones de acceso.
Ese acceso cambió de raíz con el prohibicionismo. Hacia 1905, un comité del Congreso estadounidense estimaba entre 200.000 y 300.000 personas con «hábito» de opiáceos y cocaína —cerca del 0,5% de la población—, cifra juzgada estremecedora pese a que esas sustancias eran de venta libre, incluso por correo, intensamente publicitadas y presentes en un centenar de bebidas (la Coca-Cola y el Vino Mariani entre ellas). Lo significativo: al tratarse de productos puros y bien dosificados, no se conocían intoxicaciones accidentales ni delincuencia asociada a su obtención. Llegaron después la Ley Seca (Volstead) y la Ley Harrison, y con ellas el cambio de vocabulario que la sociología ha descrito como profecía autocumplida (Robert Merton) y etiquetamiento (Howard Becker): el «aficionado» se convirtió en «adicto», mezcla de delincuente y enfermo, empujado a ese lugar por los precios y la adulteración del mercado negro, el contacto con el crimen y el propio estatuto del toxicómano.
Tolerancia: la «familiaridad» de los antiguos
Suele explicarse el abuso por el acostumbramiento: el cuerpo se insensibiliza y necesita cada vez más para el mismo efecto. Cada sustancia tendría así un «factor de tolerancia»: bajo en la cocaína, alto en la anfetamina, y máximo o instantáneo en sustancias como el LSD, que sencillamente deja de hacer efecto si se repite sin pausa, por enormes que sean las dosis. Pero la idea no resiste un examen atento: hay quien abusa de la cocaína como si su tolerancia fuera altísima, y quien mantiene durante décadas dosis prudentes de sedantes mientras otros las disparan hasta el deterioro. Los farmacólogos griegos y romanos llamaban a este fenómeno «familiaridad» y sostenían que «quita su aguijón al tóxico» (Teofrasto). En otras palabras: la farmacología explica solo una parte; la persona explica el resto.
Tres maneras de usar una droga
Para entender por qué una misma sustancia se usa o se abusa, ayuda mirar la función que cumple en cada persona. De ahí una clasificación funcional clásica en tres grupos —útil como mapa, no como receta—:
Drogas de paz. Suprimen o amortiguan el dolor, el miedo o el desasosiego. Incluyen desde el alcohol y los barbitúricos —desinhibición externa y reafirmación interna— hasta los analgésicos opiáceos, que anestesian frente al dolor físico y la depresión sin borrar el sentido crítico, pasando por hipnóticos y sedantes. Todas comparten un componente analgésico, aunque cada una actúe sobre una forma distinta del malestar.
Drogas de energía. Aportan estimulación en abstracto: potencian la vigilia, retrasan el cansancio, reducen el apetito. Aquí caben cafeína, cocaína, efedrina, anfetamina o los antidepresivos IMAO. Su efecto va de la media hora a varios días, pero a dosis medias y altas tienden a la rigidez corporal, la taquicardia y la sequedad de boca, lo que explica su histórica combinación con depresores —del carajillo al speedball—, mezclas que multiplican el riesgo cardiovascular.
Drogas de viaje. Provocan una excursión anímica consciente que intensifica a la vez percepción e introspección: hongos, cactus, otras plantas y compuestos sintéticos o semisintéticos. En su forma intensa pueden producir lo que se ha llamado «pequeña muerte», un trance que enfrenta a la persona a su finitud y del que muchos dicen salir fortalecidos; de ahí su uso ritual ancestral y su vínculo con movimientos culturales modernos. El cáñamo es hoy la más extendida de esta familia. Su rasgo distintivo es la baja toxicidad orgánica: no consta una muerte probada por sobredosis de psilocibina, LSD, mescalina o cannabis. Pero «baja toxicidad» no significa «sin riesgo»: el peligro real no es que falle una víscera, sino el extravío anímico —crisis de ansiedad, delirio o disociación—, que depende mucho de la dosis, el estado mental y el entorno.
La tesis incómoda
El hilo que recorre toda esta historia es una inversión causal. La mirada dominante atribuye la dependencia a la sustancia: alguien probó, quedó «enganchado» y desde entonces consume para no atravesar el síndrome de abstinencia. La tesis contraria —defendida en su día por Antonio Escohotado, de quien parte este recorrido histórico— sitúa el foco en ciertos temperamentos, los mismos que se conducen «adictivamente» con cosas muy distintas: el juego, las compras, la comida. Conductas que antes se llamaban vicios y hoy se catalogan como enfermedades.
La incoherencia que señala es real y vale la pena recordarla: cualquier manual de toxicología enseña que el consumo irracional de alcohol depende de la personalidad del bebedor, mientras que el de heroína o crack parecería derivarse de la heroína o el crack en sí. El mismo razonamiento, dos varas de medir. Reconocerlo no equivale a banalizar la dependencia ni a negar el sufrimiento que causa; equivale a situar las causas donde la propia historia las coloca: en las personas, en sus circunstancias y en un marco legal que fabrica buena parte de los daños que dice combatir.
Lectura crítica
Algunas cautelas antes de cerrar:
El relato histórico que aquí se resume parte de la obra de Escohotado, un autor con una tesis fuerte y deliberadamente provocadora. Es un material valioso, pero conviene leerlo como interpretación, no como verdad neutral: selecciona datos que apuntalan su argumento antiprohibicionista y minimiza, por ejemplo, los costes sociales que sí tuvo el consumo en contextos como la China del XIX.
«Ausencia de testimonios» no es lo mismo que «ausencia del fenómeno». Que no nos hayan llegado descripciones de opiómanos antiguos puede deberse tanto a que apenas existieran como a que no se categorizaban ni se registraban. La historiografía trabaja con los silencios del archivo, y eso obliga a la prudencia.
La baja toxicidad orgánica de los psicodélicos clásicos está bien documentada, pero no los convierte en inocuos: existen riesgos psicológicos reales, interacciones peligrosas (en especial los IMAO con otras sustancias y alimentos) y contraindicaciones en personas con predisposición a trastornos psicóticos. Nada de lo anterior es consejo de consumo.
Si el uso de sustancias se te está yendo de las manos o convive con malestar psicológico, lo sensato es buscar acompañamiento profesional. En España puedes acudir a tu centro de salud o a servicios públicos de atención a las adicciones; existen además líneas de información y reducción de riesgos. Este artículo es divulgación histórica y crítica, no orientación clínica.