
Cuando la hipótesis fácil no cuadra: serotonina y LSD
La molécula de la LSD admite numerosas modificaciones químicas que dan lugar a derivados emparentados, como la 2-bromo-LSD o la 1-acetil-LSD. Casi todos comparten una propiedad llamativa: son antagonistas de la serotonina, un neurotransmisor implicado en multitud de funciones del sistema nervioso central. Cuando se descubrió este rasgo, la tentación fue inmediata: si la LSD bloquea la serotonina cerebral, quizá ahí resida la explicación de sus efectos sobre la mente.
La comparación entre compuestos desmontó esa hipótesis. Algunos derivados —la bromo-LSD y, sobre todo, la 1-metil-2-bromo-LSD o la etilamida del ácido 1-metil-lisérgico— son antagonistas de la serotonina mucho más potentes que la propia LSD y, sin embargo, apenas tienen efecto psíquico apreciable. Si el bloqueo de la serotonina fuera la causa, esas sustancias deberían ser más «psicodélicas» que la LSD, y ocurre justo lo contrario. Conclusión: el antagonismo serotoninérgico no se correlaciona con la actividad psicotomimética.
Lo que sí mostró relación fue otra cosa. Los compuestos con efectos psíquicos más intensos —la LSD y la acetil-LSD— provocaban también el síndrome de excitación simpática más marcado; los que carecían de actividad psicotomimética no lo generaban. Dentro de esta familia de moléculas existía, por tanto, un vínculo entre la actividad sobre la psique y la estimulación simpática central. Hofmann lo presentó como una pieza útil para entender las bases farmacológicas de los procesos mentales, no como una explicación cerrada.
El teonanácatl: un culto antiguo y un olvido prolongado
El teonanácatl, el «hongo sagrado», ocupó un lugar central en las culturas precolombinas de Centroamérica. La Historia General de las Cosas de la Nueva España, del franciscano Bernardino de Sahagún (redactada entre 1529 y 1590), describe con detalle el mundo azteca y su destrucción por Hernán Cortés, e incluye datos sobre el consumo ritual de estos hongos. No solo se ingerían en fiestas y reuniones: también recurrían a ellos sacerdotes y adivinos, que decían quedar «poseídos por el espíritu del hongo» —el diablo, según los misioneros— y obtener así una clarividencia con la que diagnosticar enfermedades y prescribir remedios. Las dataciones sitúan estas prácticas más de mil años antes de nuestra era.
Pese a su antigüedad, el conocimiento occidental del culto es reciente. Durante siglos, las crónicas se leyeron como rarezas de una época supersticiosa. Solo entre 1936 y 1938 varios investigadores —Robert J. Weitlaner, Blas Pablo Reko, Jean Bassett Johnson y Richard Evans Schultes— confirmaron que en zonas del sur de México todavía se consumían hongos con fines mágicos. Poco después, entre 1953 y 1955, Gordon Wasson y Valentina Pavlovna emprendieron expediciones sistemáticas a las sierras más aisladas. En el verano de 1956 les acompañó el micólogo francés Roger Heim, que clasificó las especies implicadas: hongos laminados (Agaricales) poco conocidos, en su mayoría del género Psilocybe.
De París a Basilea: el problema de buscar a ciegas
Algunas de esas especies podían cultivarse en laboratorio, lo que proporcionó material abundante, sobre todo de Psilocybe mexicana Heim. La colaboración entre el Laboratorio de Criptogamia del Museo Nacional de Historia Natural de París y los Laboratorios Sandoz, en Basilea, permitió reunir cantidad suficiente para el estudio químico.
Aquí aparece un obstáculo de método que conviene subrayar. Cuando no se conoce la naturaleza química de la sustancia que se persigue, el aislamiento del principio activo depende de pruebas farmacológicas que sirvan de guía. El equipo ensayó extractos en animales —reacción pupilar y piloerección en ratones, conducta general en perros— y los resultados fueron confusos y discutidos. Tras consumir buena parte del material sin conclusiones claras, llegaron a sospechar que los hongos cultivados y secados en París simplemente no eran activos.
Hofmann decidió comprobarlo en sí mismo. Su autoexperimento confirmó que los hongos sí eran activos y que el problema estaba en el modelo animal: los seres humanos resultan mucho más sensibles que los roedores a las sustancias de acción psíquica, de modo que los ensayos en animales pueden dar negativos engañosos. Aquel episodio (relatado en una entrega anterior de esta serie) reorientó toda la investigación hacia la valoración en personas, hecha por miembros del propio laboratorio. Vale la pena leerlo como lo que fue: una práctica de su tiempo, sin los marcos éticos ni los protocolos de seguridad que hoy se consideran imprescindibles, no como un modelo a imitar.
Psilocibina y psilocina: el misterio descrito en una fórmula
Guiados por esa prueba en humanos, los químicos lograron extraer el principio activo, purificarlo y cristalizarlo. A la sustancia mayoritaria la llamaron psilocibina; los extractos contenían además pequeñas cantidades de otro compuesto indólico al que dieron el nombre de psilocina. Con ello quedaba resuelto el «misterio» del teonanácatl: aquello que llevó a los pueblos indígenas a intuir un dios dentro del hongo tenía una estructura química definida y podía obtenerse en el laboratorio. Los efectos de la sustancia pura coincidían con los descritos por las crónicas antiguas y por los relatos de Wasson, Heim, el propio Hofmann y otros.
En la Clínica Psiquiátrica Universitaria de Basilea se hizo una primera caracterización de sus efectos. A grandes rasgos: por vía oral, unos pocos miligramos bastan para producir cambios psíquicos al cabo de veinte o treinta minutos. Con cantidades pequeñas predominan las alteraciones del estado de ánimo y de la relación con el entorno —relajación, cierta sensación de aislamiento, a veces cansancio y pesadez, otras una ligereza casi flotante—. Con cantidades mayores aparecen distorsiones de la percepción del espacio y el tiempo, cambios en la autoconciencia y en la imagen corporal, hipersensibilidad visual y, en ese estado onírico, el aflorar de recuerdos antiguos, incluso de la infancia. Reproducimos esta descripción como dato histórico-farmacológico, no como guía de consumo.
Sobre la toxicidad, Hofmann anotó un contraste que conviene leer con cabeza fría: en el ratón, la DL50 de la psilocibina es de 280 mg/kg, lo que la hace de 2 a 5 veces menos tóxica que la mescalina en ese animal, pese a ser unas 50 veces más potente como psicotomimético en humanos. Que una sustancia tenga un margen amplio entre dosis activa y dosis letal en un modelo animal no equivale a «inocua»: no informa de interacciones, de contextos de riesgo, de cuadros psicológicos vulnerables ni de la enorme variabilidad entre personas.
Lectura crítica
Este fragmento de las memorias de Hofmann es valioso por dos motivos que van más allá de la anécdota. El primero es metodológico: muestra cómo una hipótesis elegante —»la LSD actúa bloqueando la serotonina»— se sostuvo hasta que la comparación cuidadosa de moléculas la refutó. Es un buen recordatorio de que correlación no es mecanismo, algo que sigue colándose hoy en titulares de neurociencia.
El segundo es histórico y cultural. El relato del «misterio resuelto» tiene una cara menos celebrada: la extracción de un saber ritual indígena, su traslado a una patente farmacéutica europea y la idea, expresada por el propio Hofmann, de que «ya no eran necesarios» los hongos de las montañas. Conviene leer esa frase con distancia, reconociendo el contexto comunitario y ceremonial del que procedía el conocimiento. Por último, las cifras y descripciones de efectos que aparecen aquí son testimonio de una época de investigación; no son indicaciones de uso. Cualquier interés actual por estas sustancias debería partir de su estatus legal, del acompañamiento profesional y de información de reducción de riesgos solvente.