
Tres usos que conviene no confundir
De las llamadas plantas de poder suele hablarse en clave recreativa o mágico-religiosa, pero existe un tercer registro mucho menos comentado: el estrictamente medicinal, equiparable al de cualquier otra planta de botica. En varias culturas esos planos están deliberadamente separados. Entre algunos pueblos del México indígena, por ejemplo, el uso visionario de setas y cactus queda reservado a curanderas y chamanes, mientras que su empleo curativo —a dosis bajas, no psicodélicas, o por vías externas— está abierto a cualquiera.
Ese reparto importa porque ordena el conocimiento y limita el riesgo: el remedio cotidiano rara vez busca el efecto visionario. A continuación repasamos los casos más documentados, agrupados por el tipo de efecto que persiguen. No es un recetario: es un mapa histórico y etnobotánico para entender de dónde viene la idea de que estas plantas curan, y dónde está la trampa.
Sedantes y ansiolíticas: lúpulo y franquincienso
El lúpulo (Humulus lupulus) es el pariente botánico más cercano del cáñamo: ambos forman la familia de las cannabáceas, y de hecho llegó a llamarse Cannabis lupulus. Su fama como sedante suave es vieja y razonablemente sólida; las autoridades sanitarias alemanas han avalado infusiones de lúpulo frente a la ansiedad y el insomnio, y la tradición popular del norte de la Península —crece silvestre, por ejemplo, en las laderas del monte Urgull, en Donostia— le atribuye además efectos diuréticos y digestivos. Antiguamente se rellenaban almohadas con sus flores contra el insomnio y las pesadillas. La lupulona, responsable del amargor de la cerveza, tiene propiedades antibióticas.
El franquincienso, la resina de Boswellia carteri, es el incienso primigenio, el humo de los templos. Aquí la divulgación se cruza con la investigación: el equipo de Raphael Mechoulam, en la Universidad de Jerusalén, describió que el acetato de incesol, uno de sus componentes, reducía la ansiedad en modelos animales. El propio Mechoulam matizó el hallazgo —el efecto resultó muy inferior al de los ansiolíticos de farmacia, y solo un derivado más potente y validado en humanos tendría recorrido clínico—, una prudencia que conviene retener frente a los titulares fáciles sobre el «incienso que cura la depresión». En Etiopía se ha quemado como fumigante febrífugo y tranquilizante, y en los noventa hubo ensayos con extracto estandarizado de Boswellia serrata en artritis reumatoide.
Las solanáceas: belladona, beleño y estramonio
Aquí entramos en terreno peligroso. La belladona (Atropa belladonna), el beleño (Hyoscyamus niger) y el estramonio (Datura stramonium) comparten alcaloides tropánicos —hiosciamina, escopolamina, atropina— y un denominador común que ninguna divulgación honesta debería esconder: su margen entre dosis activa y dosis mortal es estrecho, y la intoxicación grave es real.
La belladona, «reina de las solanáceas», se empleó desde antiguo como analgésico y frente a cuadros que hoy llamaríamos depresivos o psicóticos; algo de ese uso pervive en el norte de África, donde se le atribuyen efectos sobre el ánimo y la cognición. En el siglo XIX sus extractos se recetaron para un catálogo casi inabarcable de dolencias, de la ictericia a las inflamaciones oculares. Conviene leer todo esto con distancia histórica: la sobredosis es letal, y el que en el primer tercio del siglo XX se vendiera en España una pomada de belladona por cinco pesetas dice más de la laxitud regulatoria de la época que de su seguridad. Hoy solo persiste, muy diluida, en preparados homeopáticos.
El beleño tuvo virtudes parecidas: analgésico y antiespasmódico contra dolores de muelas, tos, neuralgias y, fumado, contra el asma. En la medicina tradicional china se han usado sus semillas; en algunos países, parches de beleño tras la oreja contra el mareo del viaje. El estramonio se fumó hasta bien entrado el siglo XX como remedio para el asma —en herbolarios españoles se vendían cigarrillos de hoja seca—, hasta que la farmacología moderna lo desplazó. Que estas mismas plantas figuren en las viejas acusaciones de brujería y hoy sobrevivan en un parche antimareo es una de esas ironías que la historia de las drogas regala a menudo.
Estimulantes: coca y efedra
La hoja de coca (Erythroxylum coca) es la «aspirina de los Andes»: en su uso tradicional masticado o en infusión se ha empleado contra dolores diversos, problemas digestivos, agotamiento y, sobre todo, el mal de altura, donde su eficacia preventiva goza de amplio reconocimiento popular. Es importante separar la hoja —alimento y remedio integrados en culturas andinas, legal en países como Perú o Bolivia— de la cocaína aislada. Que en la España de los años veinte se vendiera cocaína Merck en farmacia, o tónicos con nuez de cola y hoja de coca anunciados como reconstituyentes, pertenece a un capítulo cerrado de la regulación farmacéutica. La hoja, por sí sola, aporta vitaminas y minerales en cantidades nada despreciables, según trabajos clásicos como el de J. A. Duke.
La efedra (Ephedra, el ma-huang de la medicina china) se ha hervido en la tradición ayurvédica contra resfriados, tos, bronquitis y asma, y una especie ibérica, Ephedra fragilis, gozó de prestigio en la medicina popular como antiasmática. Su historia reciente es, sobre todo, una advertencia: la efedrina es un estimulante cardiovascular potente, y los productos del tipo «éxtasis herbal» que la popularizaron en los noventa acabaron retirados tras los escándalos sanitarios. Hoy sobrevive en presentaciones farmacéuticas controladas, y su disponibilidad oscila al ritmo del abuso —un recordatorio de que «natural» no equivale a «inocuo».
Las visionarias como botica: Amanita, cébil y peyote
La Amanita muscaria, la seta roja de motas blancas, tiene un historial medicinal curioso. Pueblos siberianos como los khanty la han usado contra la fatiga; en la Rusia y Ucrania rurales se aplicaba externamente sobre articulaciones doloridas. Su episodio más llamativo es europeo: en la Italia de finales del siglo XIX, cuando la filoxera arrasó los viñedos, el médico Grassi llegó a proponerla como sustituto del vino, describiendo una «ebriedad no tóxica». En el XIX figuró además como remedio casero para fiebre y epilepsia. Hoy persiste como tintura homeopática (Agaricus muscarius). Pese a ese pasado, sigue siendo una seta con toxinas reales: su consumo descontrolado provoca cuadros desagradables y, ocasionalmente, graves.
El cébil (Anadenanthera colubrina), árbol sudamericano de semillas triptamínicas usado ritualmente por los mataco, tiene aplicaciones populares más prosaicas: infusiones para molestias digestivas, añadidos a la cerveza local contra la fiebre y la melancolía. Aquí asoma una contradicción que el original ya señalaba con honestidad: a las mismas semillas se les atribuye potenciar la fertilidad femenina y, a la vez, efecto abortivo. Cuando una planta es a la vez «remedio» y «riesgo» según una dosis que nadie precisa, lo prudente es leerlo como folclore, no como indicación.
El peyote (Lophophora williamsii) es, para muchos pueblos del norte de México y de Norteamérica, la medicina por antonomasia: su nombre en dakota, pejuta, significa literalmente «medicina». La tradición le atribuye un abanico enorme de usos —desde pomadas contra dolores y afecciones reumáticas hasta efecto antiséptico—, casi siempre por vías que no buscan el efecto visionario. El dato más sólido viene de la investigación contemporánea: trabajos como los del doctor John Halpern, en Harvard, documentaron que el uso ritual y periódico del cactus en contextos comunitarios se asociaba a una menor incidencia de alcoholismo entre consumidores nativos. Es un hallazgo importante, pero conviene leerlo en su contexto —ceremonial, comunitario y culturalmente arraigado—, no como una receta exportable.
Lectura crítica
Tres cautelas para cerrar. Primera: el uso tradicional no es prueba de eficacia ni de seguridad. Muchas de estas indicaciones proceden de la medicina popular o de textos del XIX y principios del XX, anteriores a cualquier ensayo controlado; conviven aciertos con creencias sin respaldo. Segunda: el riesgo no se reparte por igual. Lúpulo y coca-hoja tienen márgenes amplios; las solanáceas y la efedra, no. Hablar de todas como «plantas medicinales» en bloque borra esa diferencia decisiva. Tercera: este artículo es divulgación histórica, no una guía de preparación ni de consumo. Hemos evitado deliberadamente recetas, dosis y métodos, precisamente porque en varias de estas especies el límite entre remedio e intoxicación es demasiado fino para confiarlo a un texto.
Las fuentes etnobotánicas clásicas de las que bebe este repaso —los trabajos de Jonathan Ott, Christian Rätsch o Pius Font Quer, entre otros— siguen siendo lectura recomendable para quien quiera ir al detalle, siempre con espíritu crítico y sin tomar el dato curioso por consejo médico.