Escohotado: fama televisiva, juicios y razón farmacológica

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En breve: Tercer tramo de nuestro recorrido por la vida de Antonio Escohotado: su conversión en personaje televisivo a caballo entre los ochenta y los noventa, los ensayos que le dieron prestigio (y enemigos académicos), el episodio judicial de 1996 en Argentina por presunta apología y su insistencia en mirar las sustancias con criterio antes que con devoción.

De la tertulia al personaje público

A finales de los años ochenta y principios de los noventa, Escohotado deja de ser un nombre conocido en círculos minoritarios para convertirse en rostro habitual de televisión. Ya había aparecido antes, a comienzos de la década, cuando la heroína dominaba la conversación social como problema; pero es en esos años cuando su figura se populariza. En plató defiende sin medias tintas la libre circulación y el libre consumo de sustancias psicoactivas, una posición que entonces resultaba casi inaudita en la pequeña pantalla.

Aquellas intervenciones tienen algo de ritual repetido: contertulios de voz alta y argumento corto, encerronas planificadas por la dirección del programa —la madre del adicto que atribuye «a la droga» toda la desgracia de su hijo— y, frente a ello, su empeño en recordar dos ideas que se le quedaron pegadas como divisa. La primera, de Paracelso: «solo la dosis hace el veneno». La segunda, suya: «no hay drogas buenas y malas, sino usos sensatos o insensatos de las mismas». Para él, las sustancias son neutrales; el problema no está en la molécula, sino en el manejo.

La sustancia como prueba, no como altar

Escohotado entendía las drogas como algo consustancial a la experiencia humana y, sobre todo, como un rito de paso para la juventud: una forma de ponerse a prueba social e individualmente, frente a quienes —decía— las viven solo como repetición nostálgica de costumbres heredadas de los sesenta. Coherente con ese planteamiento, hizo de la experimentación personal parte de su método: probaba para describir efectos, sin instalarse demasiado tiempo en ninguna sustancia, según confesaba, por pura actitud intelectualista.

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De ahí su rechazo a quienes sacralizan lo psicoactivo y lo convierten en objeto de culto. Frente a la deriva mística proponía una mirada científica, descreída, casi clínica. Conviene leer esa postura con perspectiva: la idea de que «la dosis hace el veneno» es cierta en farmacología, pero no agota la cuestión. El contexto, la pureza real de lo consumido, la frecuencia, el estado psíquico de quien usa y la legalidad —que determina la calidad y los riesgos del mercado— pesan tanto como el miligramo. La neutralidad química no equivale a inocuidad práctica.

Los libros que le dieron prestigio (y enemigos)

La obra de estos años consolida su reputación de ensayista. En 1991 publica El espíritu de la comedia (Anagrama), un trabajo sobre la sociología del poder político que obtiene el Premio Anagrama de Ensayo ese mismo año. En 1997 aparece Retrato del libertino (Espasa-Calpe), donde reivindica el exceso como forma de vida, defiende la ebriedad frente a la censura, aborda la eutanasia y dialoga con figuras como Ernst Jünger y Albert Hofmann.

En 1999 llega Caos y orden (Espasa-Calpe), un manifiesto epistemológico bien acogido por la crítica, reeditado seis veces en tres meses —cifra excepcional para un ensayo de ese corte— y reconocido con el Premio Espasa de Ensayo de 1999. El libro también le valió una reprimenda: cuatro profesores universitarios de física y de filosofía de la ciencia lo impugnaron desde el rigor disciplinar, y uno de ellos llegó a dirigirse por escrito al jurado del premio. Fue un nuevo desencuentro con la academia, a la que Escohotado reprochaba dos vicios: la endogamia que cierra las plazas a quien no se ha formado dentro, y el celo gremial contra el «intruso» que se atreve a escribir sobre territorios considerados propiedad privada del especialista.

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1996: la orden de detención en Argentina

El espíritu polemista le costó algún disgusto mayor. En junio de 1996 viajó a Argentina para presentar su Historia elemental de las drogas y participar en el programa de debate Memoria. Allí, fiel a su costumbre, reconoció haber consumido numerosas sustancias y haber orientado a sus hijos —ya mayores de edad— sobre qué podían tomar. Lo que en España solo habría escandalizado a algún bienpensante, en Buenos Aires desencadenó una respuesta judicial fulminante: dos fiscales pidieron medidas inmediatas y un juez federal dictó orden de detención por presunta apología del consumo, prohibición de salir del país, registro de su domicilio porteño y secuestro de la grabación del programa.

La maquinaria policial fue tan veloz que una brigada de la División de Drogas Peligrosas se presentó en los estudios tras la emisión para detenerlo. Le salvó que el programa se hubiera grabado en diferido y que él ya estuviera de vuelta en Madrid. La intervención fue criticada públicamente por personajes de peso —entre ellos Diego Maradona, que sostuvo que ese tipo de discursos empuja a los jóvenes indecisos hacia la droga, y el entonces presidente Carlos Menem, que apeló a la responsabilidad penal sin advertir la contradicción de invocar a la vez la libertad de prensa—. Escohotado optó por comparecer voluntariamente en Argentina y la causa terminó sobreseída con todos los pronunciamientos favorables.

Viajes, cátedras frustradas y un balance personal

En 2003 publica Sesenta semanas en el trópico, su primera obra con vocación narrativa, fruto de un año en el sudeste asiático. Es un libro de diarios y viajes atravesado por reflexiones sobre economía y un elogio explícito del liberalismo, nacido —según él— de la inquietud por «la cuestión de la pobreza y la riqueza» y por los mecanismos que hacen que a unos les sobre todo y a otros les falte de todo. Lo vivido en Tailandia, Vietnam, Birmania y Singapur alimenta un texto que el propio autor describe como un ajuste de cuentas con su generación y consigo mismo.

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En el plano académico, en 2006 se presentó a cátedras por el área de Sociología y volvió a cosechar siete ceros ya en la fase de valoración del currículo, pese a —o quizá por— su larga trayectoria. Lejos del victimismo, lo resumió con una frase que dice mucho de su carácter: «me jubilaré sin llegar al último escalón del oficio […], pero pago sin vacilaciones el peaje de la independencia». Había logrado, al fin y al cabo, vivir de estudiar, que era su sueño desde niño.

En cuanto a su relación con las sustancias, siguió experimentando de forma deliberada, aunque ya no como tema central de su escritura: consideraba dicho lo que tenía que decir. El cannabis se mantuvo entre ellas, como ejemplo cotidiano de esa «ilustración farmacológica» que predicó toda su vida.

Lectura crítica

La biografía de Escohotado se ha narrado muchas veces en clave de héroe perseguido, y conviene leerla con algún matiz. Su defensa de la autonomía individual frente al prohibicionismo sigue siendo un argumento sólido y vigente, pero su visión casi siempre subraya la libertad y la voluntad del usuario y resta peso a los condicionantes sociales del consumo problemático: precariedad, sufrimiento psíquico, dependencia. Aceptar que «no hay drogas buenas o malas» no obliga a ignorar que algunos patrones de uso hacen daño y que la reducción de riesgos —información veraz, análisis de sustancias, no mezclar, no consumir en soledad ante el malestar— es tan ilustrada como la defensa de la libertad. Tomar a Escohotado como referencia intelectual no equivale a tomarlo como manual de conducta.

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