El caso de la ayahuasca: crónica de un escéptico (I)

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En breve: Recuperamos la primera de las dos entregas en las que Eduardo Hidalgo narra, con ironía y desde un escepticismo declarado, cómo planeó su primera toma de ayahuasca: sin chamán, sin dieta, sin ícaros y sin liturgia. Una crónica personal que sirve también para pensar críticamente el aparato ritual y comercial que hoy rodea a esta bebida.

Una curiosidad de tres décadas

Hay sustancias que se prueban por impulso y otras que se persiguen durante media vida. Para Eduardo Hidalgo, la ayahuasca perteneció siempre a la segunda categoría. La curiosidad le venía de lejos: de la infancia, de las lecturas sobre selvas, tribus y mundos que entonces se etiquetaban como «lo étnico». De un libro escolar en italiano, I fiumi scendevano a oriente, leído de un tirón en plena adolescencia, no recuerda tanto las anécdotas de jíbaros y anacondas como un detalle que se le quedó clavado: la mención a la «liana de los muertos».

Corría 1982, los años del «yonkarreo» y del pánico social a las drogas. Y, sin embargo, lo que aquel adolescente sacó en limpio fue una promesa: tarde o temprano la probaría. Tardó unos treinta años en cumplirla. Por el camino, según él mismo reconoce, pasaron más de medio centenar de sustancias psicoactivas. La ayahuasca, simplemente, no estaba a mano: durante décadas no era ni de lejos lo más accesible del mercado.

El neochamanismo y sus espejismos

Entre toma y toma de otras cosas, Hidalgo también leyó. Cita un título concreto, Shabono, firmado por Florinda Donner, que relataba una supuesta convivencia con los yanomami. El detalle relevante —y la razón por la que el libro sirve hoy de advertencia— es que esa estancia amazónica nunca ocurrió tal y como se contaba: por entonces la autora preparaba su doctorado en antropología en Los Ángeles. Donner formó parte del círculo de Carlos Castaneda, otro nombre asociado a relatos «etnográficos» que la crítica posterior desmontó como ficción.

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El episodio no es una nota al pie. Buena parte del imaginario psicodélico popular se construyó sobre testimonios que mezclaban experiencia, literatura y fabulación. Reconocerlo no resta valor a las experiencias reales: ayuda a no confundir mística de catálogo con etnografía, ni la potencia de una vivencia con la veracidad de quien la cuenta.

De droga maldita a «la medicina»

Para cuando Hidalgo se decide, ya entrado el siglo, el contexto ha cambiado por completo. La ayahuasca ha pasado de rareza a fenómeno: «planta de poder», «planta maestra», «medicina». Hidalgo observa ese giro semántico con sorna. Le llama la atención el discurso que la presenta como remedio universal —ansiolítico, antidepresivo, antiadictivo, todo a la vez—, ese registro en el que ya no se trata de «una medicina que también es droga, sino de una droga que no es droga sino medicina».

La ironía apunta a algo real. Cuando una sustancia se vende como solución para cualquier dolencia, conviene desconfiar tanto del entusiasmo como de la etiqueta. La ayahuasca se investiga con interés en contextos clínicos, pero el marketing de retiros y «sanaciones» suele correr muy por delante de la evidencia. Que algo tenga potencial terapéutico no lo convierte en inocuo ni en apto para todo el mundo.

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Un plan hecho a medida (y a contracorriente)

Lo más llamativo de esta primera entrega es cómo decide afrontarla. Varios conocedores del tema le desaconsejan tomarla: atraviesa una mala racha, y los estados de ánimo frágiles no casan bien con los psicodélicos. Razón no les faltaba. Aun así, sigue adelante con la compañía de un amigo, J. C., que le prepara una sesión a su medida, prescindiendo de casi todo lo que la tradición considera indispensable.

Sin purgas, porque las náuseas y la diarrea le preocupaban más que cualquier «mal viaje», y porque sospecha que su función original tiene más que ver con la limpieza antiparasitaria en la selva que con la liberación de «energías negativas». Sin dieta previa. Sin chamán, cuya sola presencia, dice, le arruinaría la experiencia. Y sin ícaros, los cantos que muchos consideran tan importantes como la propia bebida. Toda una declaración de principios contra el envoltorio ritual, hecha desde la confesada ignorancia sobre la materia.

Hay una línea, sin embargo, que sí traza con firmeza: nada de sexo en torno a la experiencia. Y ahí su humor se vuelve serio. Cita a Jacques Mabit, fundador de Takiwasi —centro de rehabilitación e investigación en medicina tradicional en la Amazonía peruana—, sobre las técnicas de seducción que algunos «brujos» emplean: cantos y perfumes que actúan de forma subliminal para generar sensaciones de paz y éxtasis que la persona atribuye al guía, hasta que este «la somete, y la convence de que tiene que acostarse con él y darle dinero». Es el lado oscuro del fenómeno, el que rara vez aparece en los folletos.

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Lectura crítica

La crónica de Hidalgo funciona como antídoto contra dos extremos: la apología beatífica y el pánico moral. No es un manual ni una guía de consumo, y aquí tampoco lo será. Pero deja sobre la mesa cuestiones que conviene subrayar desde la reducción de riesgos:

El estado de partida importa. El propio relato admite que atravesaba un mal momento, justo lo que los entornos serios desaconsejan. Los psicodélicos pueden amplificar el malestar y, en personas con vulnerabilidad psiquiátrica o antecedentes de psicosis, precipitar crisis graves.

La ayahuasca contiene inhibidores de la MAO. Eso genera interacciones potencialmente peligrosas con numerosos medicamentos —antidepresivos ISRS entre ellos— y con ciertos alimentos. No es un detalle menor que el discurso «medicinal» tiende a esconder.

El abuso existe. La advertencia de Mabit no es anecdótica: la falta de regulación de muchos retiros convive con casos documentados de manipulación, abuso sexual y extorsión económica. La confianza no debería darse por supuesta solo porque alguien viste de chamán.

Mística y veracidad no son lo mismo. El caso de Florinda Donner recuerda que el relato más cautivador puede ser, sencillamente, falso. Buen consejo para acercarse a toda la literatura del género.

La segunda entrega narrará qué ocurrió la noche de la toma. Mientras tanto, esta primera parte vale sobre todo como ejercicio de mirada crítica sobre el aparato que hoy envuelve a la planta.

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