Cannabis, emociones y conflictos del día a día (parte II)

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En breve: Segunda entrega sobre cómo afrontar las situaciones que percibimos como conflictivas. Repasamos cómo distinguir un problema real de una percepción amplificada, el papel del acoplamiento emocional y la empatía, y por qué conviene atender todas las emociones según sus funciones adaptativa, social y motivacional. Incluye una lectura crítica sobre el uso del cannabis como regulador emocional.

Cuando la buena intención acaba en un barrizal

Imaginemos a un administrativo —lo llamaremos Antonio— que detecta una irregularidad en unos asuntos contables de su empresa. Convencido de actuar bien, comparte su opinión con un compañero que tiene buena sintonía con el jefe. No entiende qué ha hecho mal cuando, poco después, empieza a sufrir hostigamiento por parte de varios compañeros y del propio jefe. Tras semanas durmiendo mal, perdiendo el humor y sintiéndose francamente mal, termina pidiendo la baja voluntaria.

La escena resulta reconocible en muchos entornos. A veces obramos con la mejor intención y, sin advertirlo, nos metemos en un terreno resbaladizo. Lo que viene después no es sencillo de gestionar, y de cómo lo gestionemos depende buena parte de nuestro bienestar. En esta segunda entrega seguimos donde lo dejamos: ampliar el repertorio de estrategias de afrontamiento para vivir un poco mejor.

¿Tengo de verdad un problema?

Ante algo que interpretamos como una amenaza, el cerebro se pone a trabajar de inmediato para neutralizarla. Esa activación puede ser útil —empuja a responder rápido—, pero tiene un coste: si la situación se enreda y se prolonga, el organismo permanece en tensión durante demasiado tiempo, y ahí aparece el riesgo de alteraciones que pueden ir de leves a serias.

Por eso conviene conocer las fases por las que solemos pasar, para disponer de alternativas en cada momento. Y el primer paso es el menos intuitivo: preguntarse si el problema es real o si nuestra percepción lo está agrandando. Parece trivial y no lo es. Todos recordamos alguna ocasión en la que una calma aparente se vino abajo por algo inesperado; precisamente por eso, atender a los cambios —en el tono, en el trato, en quién deja de contarnos cosas— es clave para detectar a tiempo lo que se está cociendo.

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Los circuitos de la comunicación humana son a menudo poco visibles, y es ahí donde uno puede tocar sin querer la tecla que lo deja fuera de juego o le cuelga una etiqueta. Observar con cuidado las relaciones entre personas y los flujos de información ayuda a entender el terreno antes de mover ficha.

Acoplamiento emocional: cuando algo «no cuadra»

Otro recurso útil es observar las propias reacciones ante personas y situaciones, porque muchas respuestas son automáticas. Está bien documentado que el cerebro procesa una enorme cantidad de información sin que seamos conscientes de ello, y que de ese procesamiento surgen emociones que nos sorprenden porque, racionalmente, no sabríamos explicarlas.

¿Le ha pasado conversar con alguien y notar que «algo raro pasa» sin poder señalar el qué? Eso tiene que ver con el llamado acoplamiento emocional: en una conversación, según el tema y el contexto, las respuestas emocionales de los interlocutores tienden a sincronizarse. Cuando ese acoplamiento no se produce, el cerebro lo detecta y nos avisa de que algo no marcha como esperábamos. De esa señal nacen no pocos malentendidos y conflictos.

Ese mismo mecanismo es la base de la empatía: la capacidad de situarse en el marco de referencia del otro y mirar la situación desde su punto de vista. Aquí es donde algunas personas atribuyen al cannabis un papel particular, al asociarlo con una relajación de los filtros perceptivos habituales y una mayor sensación de «sintonía». Conviene tomarlo con prudencia, y sobre ello volvemos en la lectura crítica.

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De apaciguar el malestar a afrontar el problema

El paso siguiente es valorar opciones, es decir, plantearse soluciones posibles. Es frecuente que el malestar emocional empuje a buscar algo que lo amortigüe, y no es raro que el cannabis se use precisamente con esa función reguladora, como una forma de rebajar la tensión que genera la situación.

El problema es que apaciguar el síntoma no resuelve la causa. Resulta más sostenible adoptar una actitud activa hacia el conflicto y desplegar recursos variados: formarse en manejo del estrés, informarse sobre la situación concreta, compartirla con personas de confianza o buscar el acompañamiento de un profesional de la psicología. Son herramientas que actúan sobre el origen, no solo sobre la incomodidad.

Las emociones y para qué sirven

Afrontar bien el malestar importa porque puede ser el precursor de problemas mayores. Las emociones afectan a cómo recibimos la información, cómo la procesamos y cómo respondemos, de modo que a veces nos arrastran. Son procesos en buena medida automáticos, con manifestaciones preestablecidas, y poco puede hacerse frente a ellos si uno no se ha «entrenado» en observarlas y modularlas.

La idea de fondo es sencilla pero incómoda: aunque algunas emociones sean desagradables y queramos evitarlas, todas están programadas en el organismo y cumplen una función. Por eso todas merecen ser atendidas y procesadas, en lugar de silenciadas. Siguiendo el modelo clásico de las emociones primarias —popularizado por Robert Plutchik— suelen describirse tres grandes funciones:

  • Función adaptativa: preparan al organismo para la acción. Por ejemplo: la sorpresa orienta a la exploración; el asco, al rechazo; la alegría, a la afiliación; el miedo, a la protección; la ira, a la autodefensa; la tristeza, a la reintegración.
  • Función social: comunican nuestro estado de ánimo y regulan la convivencia, ya sea por vía verbal, no verbal o incluso artística. Facilitan la interacción, influyen en la conducta de los demás y promueven el comportamiento prosocial.
  • Función motivacional: impulsan las conductas motivadas. Su aportación más interesante es la de desacoplar la motivación de la percepción inmediata del estímulo, lo que permite reconsiderar antes de actuar.
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En próximas entregas iremos abordando emociones concretas y formas de manejarlas de manera beneficiosa.

Lectura crítica

La asociación entre cannabis y «mayor empatía» o «apertura de filtros» forma parte de la experiencia que muchas personas relatan, pero conviene no tomarla como una verdad fisiológica cerrada: la respuesta varía mucho según la persona, la dosis, el contexto y el estado de ánimo de partida, y la evidencia sobre sus efectos en la cognición social es limitada y heterogénea. En estados de euforia o de «buen rollo» es fácil ser más benévolo de la cuenta con ideas o decisiones que, con la mente despejada, no aceptaríamos. De ahí una pauta razonable: no dar peso a las conclusiones —ni emocionales ni prácticas— tomadas bajo efecto, y dejar que pase el tiempo antes de actuar sobre un conflicto importante.

Tampoco conviene perder de vista el riesgo de usar cualquier sustancia como regulador habitual del malestar. Recurrir a ella de forma recurrente para no sentir puede consolidar un patrón de evitación que, a la larga, deja el problema intacto y añade dependencia psicológica. Si el malestar es persistente o interfiere con el sueño, el trabajo o las relaciones, el recurso más útil no es químico, sino buscar apoyo profesional. Nada de lo anterior es consejo clínico: es una invitación a observar, a dudar de las certezas fáciles y a cuidarse.

Para quien quiera profundizar en el marco teórico sobre funciones de las emociones, el original remite a la obra de Fernández-Abascal y colaboradores sobre emoción y motivación (2003), referencia académica clásica en psicología de la emoción en español.

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