
Una hora de nada y un mareo a destiempo
El plan era sencillo sobre el papel: con el apoyo logístico de un compañero, Hidalgo se desplazó a Mas d’en Carles, un abrigo con pinturas rupestres en las Montañas de Prades, dispuesto a «encontrarse con sus ancestros de la edad de piedra». El método consistía en hacer lo que recomiendan los partidarios de la planta: dejar a un lado creencias y convicciones, abandonarse y permitir que la ayahuasca hablara y guiara.
El problema es que, durante la primera hora, no pasó absolutamente nada. Dosis tomada, ojos cerrados, inmovilidad de momia y un silencio interior tan persistente como decepcionante. Mientras su compañero ya sobrevolaba órbitas lejanas, él dio la experiencia por fallida y se retiró a comer a un abrigo contiguo. Fue justo entonces, con el último bocado, cuando llegó el famoso mareo. La «mareación» se presentaba tarde y sin avisar, lo que tiene su lectura: en la vivencia subjetiva de un psicodélico, las expectativas y el momento en que afloran los efectos pesan tanto como la sustancia.
El túnel verde y la pregunta de quién lleva los mandos
La visión, cuando por fin apareció, fue modesta: un túnel de tonos verdes, palpitante, por el que avanzaba girando a un lado y a otro. Nada espectacular. La parte interesante no era la imagen, sino lo que iba descubriendo dentro de ella. Primero, que el túnel no era un trayecto fijo, sino un espacio maleable que se plegaba según su voluntad. Después, una sensación más inquietante: que perdía el control de la trayectoria, que «algo o alguien» tomaba los mandos. La conclusión que el propio estado le sugería era que mandaba la planta.
Aquí Hidalgo introduce su distancia crítica. Reconoce el guion clásico del neochamanismo —la Planta Maestra que se presenta «con cariño y delicadeza», que avanza «despacito» para no desestabilizar al novato, que pide ser reconocida como real— y lo trata con ironía. Llegado el punto en que la experiencia parecía pedirle un salto: cambiar su forma de entender la vida, frenó. Retomó el control y reorientó el viaje hacia lo que él había ido a buscar.
El sentido de la vida, visto desde una cueva con lluvia
Apoyado contra la pared del abrigo, mientras empezaba a llover, Hidalgo dejó el túnel y se puso a imaginar la vida cotidiana de quienes habitaron esas cuevas miles de años atrás. Un día como aquel: curtir pieles, cuidar el fuego, preparar la comida, pintar garabatos para la posteridad, sobrevivir, matar el tiempo, esperar la muerte. Y, en medio de eso, los niños riendo y jugando bajo la lluvia, ajenos a coartadas artísticas o laborales. De ahí extrajo su conclusión: que esa prole era «lo único que daba sentido a todo aquello».
El tono del relato oscila entre lo durísimo y lo divertido. Pensar en el sentido de la vida de los matorrales de enfrente —seres vivos que se esfuerzan por extender una rama o crecer un poco más, ¿para qué?— le arrancaba risas. La experiencia, resume él mismo, fue «absurda, jodida y graciosa. La vida misma». Una vivencia ligera en la forma y, al mismo tiempo, peligrosa en el fondo, porque abría un abismo de posibilidades que no le convencían.
Por qué la planta «te habla»: el mecanismo de la sugestión
Aquí está el núcleo del artículo, y conviene leerlo despacio. Hidalgo parte de una convicción básica: las plantas no hablan, no se conversa con un vegetal, y desde luego una planta no puede ser guía espiritual. Pero quienes defienden la ayahuasca piden exactamente lo contrario: deja que la planta hable, déjate guiar. Y uno, en un estado alterado de consciencia y con la sugestionabilidad disparada, lo hace. Y funciona: la planta «habla». Claro que habla, viene a decir. Has empezado por desactivar tu convicción de que no podía hacerlo.
A partir de ese primer paso, lo previsible es que la cadena continúe. Si ya has aceptado lo más improbable, ¿qué te impide aceptar lo que venga después del chamán o del entorno neochamánico? Hidalgo traza un paralelismo directo con el funcionamiento de las religiones: se empieza por dar por bueno algo que contradice una convicción de base —una virgen que da a luz, un embarazo sin contacto— y, una vez tragada la primera afirmación inverosímil, el resto entra solo. No porque sea cierto, sino porque las defensas críticas ya están desactivadas y queda una tabula rasa a disposición de quien la quiera moldear.
El argumento se extiende a un terreno delicado: cuanto más vulnerable es la persona —problemas emocionales, psicológicos o sociales, desesperación, miedo a la realidad sin maquillaje—, más eficaz resulta el mecanismo. La planta, ironiza, es tan «Maestra» que además es políglota: te habla en tu lengua materna, sea cual sea. Y lo dice, subraya, en sentido literal, no poético.
Útil, sí; sobrenatural, no
Conviene no confundir la crítica con un rechazo total. Hidalgo admite sin problema que el cerebro humano puede acceder a estados en los que se dialoga con entidades reales o imaginarias, animadas o no, y que la ayahuasca es un buen ejemplo. Lo que discute es la interpretación. Para él, no hay comunicación con una entidad externa dotada de saberes superiores: hay una construcción mental en la que uno mismo se cocina y se come la experiencia. Y su conclusión práctica es que el potencial de la ayahuasca se puede aprovechar igualmente sin creer en lo increíble y sin caer en la ingenuidad.
Cierra sin imponer su veredicto a nadie —«en las cosas de cada cual no me meto»— pero sin venderse la moto a sí mismo. «La ayahuasca da a cada cual su lección», dicen los entendidos. La suya, dice, fue precisamente esa.
Lectura crítica y reducción de riesgos
El texto de Hidalgo tiene valor justamente por lo que no es: ni promoción ni demonización. Aun así, conviene situar algunas cosas para leerlo con cabeza.
- El mecanismo de la sugestión es real y está documentado. Set (estado mental, expectativas) y setting (entorno) condicionan enormemente la experiencia psicodélica. Reconocerlo no «desmonta» la vivencia, pero sí explica por qué dos personas viven cosas opuestas con la misma sustancia.
- La autoridad acrítica es el riesgo de fondo. El paralelismo con las dinámicas de adhesión —religiosas o de cualquier grupo cerrado— señala un peligro concreto: ceder el criterio propio a una figura (chamán, facilitador, comunidad) en un estado de alta vulnerabilidad. Desconfía de quien pida fe ciega o de quien presente la experiencia como verdad revelada incuestionable.
- La ayahuasca no es inocua. Contiene IMAO, que interaccionan con numerosos fármacos (entre ellos varios antidepresivos ISRS) y con alimentos ricos en tiramina, con riesgo de síndrome serotoninérgico o crisis hipertensiva. Hay antecedentes personales y psiquiátricos —episodios psicóticos, trastorno bipolar, ciertas patologías cardiovasculares— en los que está especialmente contraindicada.
- El contexto importa tanto como la sustancia. La falta de cribado médico previo, la ausencia de acompañamiento competente o la mezcla con vulnerabilidad psicológica son los factores que más se asocian a experiencias dañinas. Este artículo es un testimonio personal, no una guía: no describe dosis ni procedimientos ni anima a tomar nada.
Quien quiera entender, que entienda, escribía Hidalgo. Añadamos algo: entender incluye conservar el escepticismo también dentro del viaje, no solo fuera de él.