Palomiscina: anatomía de un bulo sobre drogas en Internet

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En breve: La «palomiscina» o «palomina» —una supuesta droga estimulante y alucinógena hecha con excrementos secos de paloma— nunca existió. Fue una broma colectiva ideada en 2008 por usuarios del foro Cannabis Café. Su historia, recogida en su día por el divulgador Eduardo Hidalgo, funciona como un manual involuntario sobre cómo nacen y se viralizan las leyendas urbanas en torno a las drogas.

Una droga que nunca fue

De vez en cuando reaparece en redes y mensajería un rumor tan grotesco como persistente: que los excrementos secos de paloma, debidamente «curados», colocan. Tendría un alcaloide propio —la «palominina» o «palomiscina»—, efectos estimulantes y alucinógenos, y hasta un nombre con resonancias clásicas. Nada de eso es real. No existe tal sustancia, ni tal alcaloide, ni un solo dato farmacológico que sostenga la idea.

Lo interesante no es la falsedad en sí —los bulos sobre drogas caseras son legión—, sino que en este caso conocemos con precisión su partida de nacimiento. La palomiscina no surgió de la ignorancia, sino del humor: fue inventada deliberadamente, en cuestión de horas, por un puñado de foreros que sabían perfectamente lo que estaban haciendo.

El precedente: las telarañas de las cárceles

El relato que reconstruyó Eduardo Hidalgo arranca años antes, con otro mito menor. En 1995, Raúl del Pino —entonces webmaster de Psiconáutica— recogió en su web un comentario que había escuchado de pasada: que en las cárceles sudamericanas los presos fumaban telarañas para «colocarse». Lo publicó casi como curiosidad, advirtiendo incluso de que apenas había datos al respecto.

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Tiempo después comprendió que aquello no era más que un bulo y borró la referencia de su portal. El detalle revelador llegó casi quince años más tarde: la frase exacta que él había escrito y eliminado seguía circulando, copiada literalmente, por incontables páginas e hilos sobre «drogas caseras». Una sola línea publicada sin filtro se había vuelto inmortal en la red. De aquella sorpresa nació, medio en broma, la idea de fabricar un mito a propósito para ver qué ocurría.

Catorce de septiembre de 2008: el experimento involuntario

Nadie llegó a montar el experimento de forma planificada. Sucedió solo. En septiembre de 2008, en un hilo del Cannabis Café sobre supuestas drogas caseras, un usuario evocó la vieja chanza de los chavales que decían colocarse con el metano de las boñigas de vaca. Otro forero respondió acordándose «de las cagadas de paloma». Y a partir de ahí, mensaje a mensaje, varios participantes fueron levantando entre todos un mito completo, con su descripción física, su falso alcaloide, su nomenclatura pseudocientífica y hasta su mitología histórica.

El resultado era una parodia transparente, pero formalmente impecable: imitaba a la perfección el tono de las fichas de sustancias, las advertencias de «reducción de riesgos» y los relatos de adicción y redención. Incluía invenciones cada vez más disparatadas —genealogías minoicas, vikingas y otomanas; un supuesto «Eter Columbus»; testimonios de dependencia destrozada— rematadas con un guiño tan absurdo que delataba la broma. Cualquier lector atento veía que era una coña; pero la forma era indistinguible de la de un bulo «serio».

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Por qué este bulo no triunfó (y por qué otros sí)

La palomiscina nunca llegó a viralizarse de verdad, y la razón es instructiva. Quedó enterrada dentro de un hilo largo y claramente jocoso, donde el contexto dejaba evidente que era un juego entre habituales del foro. Le faltó el paso que convierte una broma en leyenda urbana: ser extraída de su contexto y reempaquetada como hecho.

Si en lugar de una cadena de mensajes irónicos alguien hubiera reescrito todo aquello como una «noticia», un testimonio o una entrada de blog presentada en serio, el desenlace habría podido ser muy distinto. Es exactamente lo que ocurrió con la bananadine —la fantasía de los años sesenta sobre fumar piel de plátano—, que saltó de una publicación contracultural a la prensa generalizada y aún colea. Despojado de las pistas que lo marcan como ficción, un texto bien escrito puede recorrer la red entera, ser citado por periodistas, alarmar a familias e instituciones y generar incluso «testimonios» de consumidores que juran haberlo probado.

Lectura crítica: cómo reconocer un mito sobre drogas

El caso de la palomiscina sirve de vacuna. Algunos patrones se repiten en casi todos estos bulos:

  • Ausencia total de farmacología real. Se inventan principios activos con nombres sonoros, pero no hay estructura química, mecanismo de acción ni una sola referencia verificable. Un nombre que rima con la sustancia («palomiscina» de paloma) es mala señal.
  • El argumento de la accesibilidad. «Es natural, gratis y está en todas partes, lejos de camellos y de los Estados.» Es un gancho retórico clásico que apela a la desconfianza, no a la evidencia.
  • La mitología instantánea. Culturas antiguas, sabidurías perdidas, represión del establishment. Cuanto más épico el relato y más vago el dato, más conviene desconfiar.
  • El testimonio sin verificación. «Un amigo de un amigo lo probó.» La leyenda urbana vive precisamente de esa fuente que nunca se puede comprobar.
  • La copia literal. Si una frase aparece idéntica en decenas de webs, no es confirmación: es propagación. Lo vimos con las telarañas.
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Conviene además recordar el otro lado del filo. Igual que circulan sustancias imaginarias e inofensivas, también circulan informaciones falsas sobre sustancias muy reales: dosis «seguras» inventadas, mezclas presentadas como inocuas, supuestos antídotos caseros. Ante cualquier afirmación sobre psicoactivos —exista la sustancia o no—, la actitud sana es la misma: buscar fuentes contrastadas, desconfiar del dato huérfano y no confundir lo que se repite mucho con lo que está demostrado.

El verdadero hallazgo

La gracia del episodio es que sus autores no querían engañar a nadie: querían mostrar el mecanismo. Sin pretenderlo, dejaron documentado en tiempo real cómo un grupo de personas con sentido del humor puede ensamblar, en una tarde, un mito tan verosímil en su forma como cualquiera de los que millones de personas dan por ciertos. La palomiscina no nos enseña nada sobre las palomas; nos enseña mucho sobre nosotros y sobre la facilidad con que la red fabrica certezas a partir de la nada.

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