Shulgin y la MDMA: del archivo de Merck al laboratorio propio

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En breve: Tercera entrega de nuestra serie sobre Alexander Shulgin. Repasamos su célebre escala de intensidad con los signos «+» y «−», reconstruimos la accidentada historia de la MDMA —sintetizada por Merck en 1912 y olvidada durante décadas— y su redescubrimiento por Shulgin en 1965, además de su breve carrera como herramienta psicoterapéutica antes de la prohibición. Una lectura sobria, sin recetas y con perspectiva crítica.

Un químico que se tomaba en serio a sí mismo como sujeto

Tras dejar Dow Chemical en 1966 para trabajar por su cuenta, Shulgin tomó una decisión que define toda su trayectoria: en lugar de quedarse en los modelos animales, decidió describir los efectos de cada compuesto a partir de su propia experiencia y la de un pequeño círculo de allegados. El procedimiento que siguió era metódico hasta lo obsesivo: empezaba siempre por cantidades prudentes y solo subía con cautela cuando no observaba nada, anotando con frialdad clínica cualquier cambio físico o mental.

De ahí nació su famosa escala de intensidad, un lenguaje abreviado que los psiconautas reconocen de inmediato. Conviene leerlo como lo que es: un sistema descriptivo personal, no un protocolo de seguridad ni una garantía de inocuidad.

La escala «+/−»: un vocabulario, no un manual

Shulgin resumía la potencia de cada sustancia con una notación sencilla:

  • : ningún efecto apreciable; el estado es idéntico al previo.
  • ±: algo se mueve, pero no hay certeza de que la causa sea la sustancia y no la sugestión o el placebo.
  • +: hay un efecto real y mensurable en duración, aunque sin un carácter definido; pueden aparecer molestias físicas (náuseas, mareo, inquietud) que tienden a remitir pronto.
  • ++: el efecto es innegable y puede describirse su naturaleza, con las facultades cognitivas todavía intactas.
  • +++: la máxima intensidad; se distinguen las fases de subida, meseta y bajada, y la cognición se altera de forma marcada.
  • ++++: una categoría aparte, no cuantitativa sino cualitativa: lo que Maslow llamaba «experiencia cumbre», un episodio místico que el sujeto vive como transformador.

Shulgin afirmaba que ni él ni su grupo —media docena de personas al principio, una decena en sus últimos años— sufrieron daños físicos o mentales duraderos, solo malestares pasajeros. Es un testimonio valioso como crónica histórica, pero no constituye evidencia de seguridad: se trata de un grupo minúsculo, autoseleccionado y guiado por un experto en condiciones muy controladas. Generalizar de ahí a cualquier consumo sería un salto que el propio método no autoriza.

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La MDMA antes de Shulgin: un siglo de notas a pie de página

La historia más repetida sobre la MDMA —que Merck buscaba un supresor del apetito— es falsa. La reconstrucción documental más fiable, debida a Freudenmann y colaboradores, deshace ese mito. El equívoco probablemente procede de la MDA, un compuesto análogo que sí se estudió como posible antidepresivo y anorexígeno a mediados del siglo XX, sumado a la querencia de cierta prensa por asociar toda sustancia psicoactiva con algo turbio.

En realidad, hacia 1912 Merck perseguía sustancias hemostáticas (coagulantes) parecidas a la hidrastinina, cuya patente estaba en manos de un competidor. En ese contexto, la molécula que hoy llamamos MDMA apareció apenas como un producto intermedio dentro de una patente más amplia, sin nombre propio relevante y sin que nadie reparara en sus efectos sobre la mente. En los registros internos figuró como «metilsafrilamina».

A partir de ahí, la sustancia atraviesa décadas de indiferencia. En 1927 se la examina por su parecido estructural con la adrenalina; en 1952 reaparece en un ensayo toxicológico menor. Entre 1953 y 1954, en plena Guerra Fría, los programas del ejército y los servicios de inteligencia estadounidenses la incluyeron —bajo el código «EA 1475»— en sus pruebas con animales buscando agentes útiles para interrogatorios. Hubo algún ensayo más al final de la década y, en 1960, dos químicos polacos describieron su síntesis, otra vez como simple paso intermedio. Nadie se había planteado todavía qué hacía en un ser humano.

1965: el redescubrimiento

Shulgin la sintetizó por su cuenta en 1965, sin saber que alguien la hubiera probado antes en sí mismo. El comentario casual de una estudiante reavivó su interés en 1967, pero durante años se limitó a explorarla en privado antes de recoger impresiones de otras personas. Curiosamente, hacia 1970 ya se detectaban consumos callejeros en zonas de Illinois y Chicago, mucho antes de que existiera literatura científica seria sobre la molécula.

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Fruto de aquellos años llegan sus primeras presentaciones públicas: una conferencia sobre psicofarmacología de los alucinógenos en 1976 y, en 1978, un artículo firmado junto a David Nichols que caracterizaba sus efectos emocionales y sensoriales, comparándola de forma tentativa con otras sustancias conocidas. En 1985, ante la Asociación de Toxicólogos de California, Shulgin la describía como «psiquedélica» en un sentido peculiar: sin las distorsiones visuales ni la pérdida de control típicas de la mescalina o el LSD, con un perfil que consideraba único.

La ventana terapéutica y su cierre

El atractivo de la MDMA para Shulgin y para los terapeutas que la usaron en aquellos años no estaba en visiones ni en éxtasis, sino en lo contrario: un breve intervalo de apertura emocional y disminución del miedo que, según describían, facilitaba que el paciente hablara de asuntos íntimos sin ponerse a la defensiva. En sus propios relatos del Pihkal, Shulgin insiste en que «no pasaba nada» espectacular y, sin embargo, algo cambiaba: una claridad inusual, cierta serenidad, la sensación de poder analizar la propia vida sin la habitual coraza.

También documentó sus límites. Los ensayos sobre tolerancia mostraron que el consumo repetido a diario agotaba rápidamente los efectos —quedaba poco más que la dilatación de las pupilas— y que hacía falta un paréntesis de varios días para recuperarlos. Es un dato relevante: la MDMA no es una sustancia que «más es mejor», y su carácter agudo y agotable la aleja del uso frecuente. El propio Shulgin lamentaba que su inclusión en la lista de sustancias prohibidas (categoría I en Estados Unidos) cerrara la puerta a seguir investigándola con rigor, justo cuando empezaba a entenderse.

En un plano más personal, el Pihkal recoge también la voz de Ann Shulgin, que conoció la sustancia de la mano de Sasha —incluida la advertencia de que podía resultar dura para quien no quería tomarla— y describió su primera experiencia compartida como reveladora. Es la cara humana de una historia que el sensacionalismo posterior se encargaría de aplanar.

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Por qué evitamos la palabra «éxtasis»

A lo largo de esta serie hemos esquivado deliberadamente esa etiqueta. No por pudor, sino por precisión: «éxtasis» es un nombre comercial y mediático que poco tiene que ver con lo que Shulgin describía. Él, que fue su padrino —no su padre, pues no la creó—, habría preferido el término «empatía». La diferencia no es cosmética: nombrar bien una sustancia es el primer paso para pensarla sin histeria ni propaganda, que es exactamente lo contrario de lo que han hecho casi todos los relatos populares sobre ella.

Lectura crítica y reducción de riesgos

Conviene leer esta historia con tres cautelas. Primera: los testimonios de Shulgin son crónica autobiográfica de gran valor cultural, no ensayos clínicos; describen experiencias, no demuestran seguridad ni eficacia. Segunda: lo que en los años setenta y ochenta se exploraba en contextos cuidados y con acompañamiento poco se parece al consumo recreativo actual, donde la pureza de lo que circula bajo el nombre «MDMA» es a menudo desconocida y donde el calor, la deshidratación, la mezcla con otras sustancias o problemas cardíacos previos concentran buena parte del riesgo real. Tercera: este artículo es divulgación histórica; no contiene —deliberadamente— indicaciones de síntesis, dosis ni pautas de uso.

Para quien quiera profundizar en las fuentes originales, las referencias documentales serias existen y pueden consultarse por su nombre: el trabajo de reconstrucción histórica de Roland Freudenmann y colaboradores en la revista Addiction, los textos del propio Shulgin sobre la MDMA, su artículo con David Nichols sobre nuevos psicotomiméticos y, sobre todo, el Pihkal de Alexander y Ann Shulgin. En la próxima entrega abordaremos con más detalle las aplicaciones terapéuticas y el debate que reabrieron décadas después.

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