El cannabis según Escohotado: relectura de un clásico

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En breve: Recorremos las páginas que Antonio Escohotado dedicó al cannabis en su Historia General de las Drogas: el mapa de la producción mundial, la botánica del cáñamo y un retrato de los efectos del THC. Y lo acompañamos de la lectura crítica que el texto, escrito hace décadas, hoy necesita.

Un clásico que conviene releer con distancia

Pocos libros han pesado tanto en la cultura psicoactiva en español como la Historia General de las Drogas de Antonio Escohotado. Sus páginas sobre el cannabis circulan desde hace años entre quienes se acercan a la planta, y siguen siendo una buena puerta de entrada. Pero conviene leerlas por lo que son: un fresco erudito y apasionado, escrito en otro momento, con datos que el tiempo ha movido de sitio. Aquí resumimos lo que cuenta y, al final, señalamos dónde mirar con prudencia.

Cómo el consumo saltó de la farmacia a la calle

Escohotado recuerda que, más allá de cenáculos como el parisino Club des Haschischiens, en Occidente el uso del cáñamo fuera del ámbito médico fue marginal hasta que la efervescencia psicodélica de mediados de los sesenta lo extendió con rapidez entre la juventud europea y estadounidense. A partir de ahí, lo que había sido curiosidad de minorías se convirtió en fenómeno de masas.

El mapa de la producción que describía Escohotado

En su relato, una década después de aquel despegue los grandes productores de marihuana eran México, Colombia y zonas del Caribe —Panamá y Jamaica—, con aportaciones menores de Tailandia y Laos. Ya en los años ochenta situaba a Norteamérica como primer productor mundial, gracias a un cultivo tecnificado en exterior e interior capaz de desarrollar variedades muy potentes. Citaba una estimación oficial según la cual la cosecha estadounidense de 1988 habría valido unos 33.000 millones de dólares, con un rendimiento superior al de todo el cereal del país, en parte porque el fisco apenas alcanzaba a gravar una fracción de ella.

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Para el hachís, Escohotado señalaba como productores clásicos a Afganistán, Pakistán, Nepal y el Tíbet, junto al Mediterráneo musulmán —Turquía, Egipto, Líbano y Marruecos—. De todos ellos, solo Afganistán, Pakistán y Marruecos seguían produciendo a gran escala. Como las variedades asiáticas rara vez llegaban a Europa, atribuía a Marruecos un papel de proveedor casi monopolístico del continente, y de esa demanda enorme frente a una capacidad limitada deducía la tendencia a la degradación de la calidad del producto exportado.

Botánica del cáñamo en pocas líneas

El cáñamo es un arbusto anual que puede superar los tres metros. Crece de forma silvestre, pero solo rinde bien con agua suficiente y suelos ricos. Escohotado describe la diferencia entre plantas macho y hembra: los machos concentran muy poco THC, mientras que las hembras sin fecundar acumulan la mayor proporción en las inflorescencias maduras. Recuerda también que las semillas no son psicoactivas para las personas —aunque sí, curiosamente, para algunos pájaros— y repasa la terminología marroquí: la grifa como hoja, el kif como mezcla picada de hojas y flores con algo de tabaco. El secado tradicional, colgando la planta cabeza abajo en lugar oscuro y ventilado, completa el ciclo.

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Un retrato de los efectos, no un manual

El capítulo dedica varias páginas a la farmacología. Escohotado insiste en la enorme variabilidad entre cosechas y relata cómo una marihuana mexicana de Sinaloa le sorprendió, ya como fumador veterano, por una potencia que asociaba más al peyote o el LSD que al cáñamo que conocía. Subraya que, además de potencia, hay diferencias de matiz entre orígenes difíciles de explicar partiendo de que el THC es siempre la misma molécula.

Sobre la seguridad, su tesis central es conocida: no consta ningún caso de intoxicación letal por vía inhalada, algo notable dada la magnitud de personas usuarias, y por vía digestiva harían falta cantidades desmesuradas para provocar más que un sopor que se pasa durmiendo. Describe efectos frecuentes como sequedad de boca, aumento del apetito, broncodilatación, somnolencia leve y cierta analgesia, y una embriaguez que asoma a los pocos minutos, culmina hacia la media hora y suele diluirse en una o dos horas.

Menciona también dos reacciones que merecen atención: la lipotimia —un desmayo por bajada brusca de tensión— cuando el cannabis se combina con alcohol, y las náuseas o el malestar de origen más bien ansioso en personas que anticipan una pérdida de control. En ambos casos describe situaciones que pueden asustar, aunque las presenta como pasajeras.

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Lectura crítica

El texto de Escohotado es divulgación de autor, no un trabajo con aparato de fuentes verificables, y eso obliga a leerlo con cabeza. Tres avisos:

Los datos tienen fecha. Las cifras de producción, los precios y los mapas de exportación corresponden a finales del siglo XX. Hoy la legalización en varios países, el autocultivo y los mercados regulados han redibujado por completo ese paisaje. Tómalos como retrato histórico, no como estado actual.

«Toxicidad despreciable» no es «inocuo». Que no se documenten muertes por sobredosis inhalada es cierto y relevante, pero no agota la cuestión del riesgo. La evidencia posterior asocia el consumo —sobre todo intenso, temprano y en personas vulnerables— con problemas respiratorios al fumar, episodios de ansiedad o psicosis, y dependencia. La potencia media de los productos actuales, además, es muy superior a la de las variedades que Escohotado manejaba.

Las anécdotas no son protocolo. Las experiencias personales que relata ilustran, pero no sustituyen al criterio sanitario. Si vas a hablar de riesgos concretos, mezcla con alcohol u otras sustancias, o reacciones adversas, la referencia es la información de salud pública y la atención profesional, no un capítulo escrito hace décadas.

Con esas reservas, el texto conserva su valor: como pieza de historia cultural y como recordatorio de que el debate sobre el cannabis es mucho más antiguo —y más matizado— que cualquier titular reciente.

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