We Are Standard: pop bailable, Londres y la cuestión del cannabis

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En breve: Recuperamos del archivo una conversación con We Are Standard, la banda vasca que fusionó rock, pop, punk y electrónica en su segundo disco homónimo. Repasamos su grabación en Londres con Andy Gill (Gang of Four), la remezcla del legendario Arthur Baker y el lugar —más mitificado que examinado— que el grupo otorgaba al cannabis en su proceso creativo.

De Standard a We Are Standard: un cambio de nombre y de ambición

La trayectoria del grupo arranca en 2005, todavía bajo el nombre de Standard, cuando ganaron el concurso para bandas noveles del FIB. Un año después llegó su debut, 3.000 voltios y 40.000 vatios (2006), un disco que apuntaba maneras sin terminar de cuajar las expectativas que ellos mismos se habían marcado. El relevo llegó con un nombre nuevo, una formación recortada de seis a cuatro miembros y un segundo álbum homónimo, We Are Standard, editado por el sello madrileño Mushroom Pillow.

Nueve cortes, un sonido deliberadamente internacional y bailable, y la voluntad explícita de abrazar el pop sin complejos. La incorporación de un nuevo integrante, Jon, fue señalada por el propio grupo como la pieza que elevó el nivel técnico y compositivo. El salto, según contaban, era tanto cualitativo como de actitud.

Londres como escuela: Andy Gill y la pérdida del miedo al pop

El disco les costó cerca de ocho meses de trabajo repartido entre Londres, Madrid y el País Vasco. Lo grabó y produjo Andy Gill, guitarrista y miembro fundador de Gang of Four, y lo masterizó Simon Davey en el estudio The Exchange de Londres, un técnico con créditos junto a nombres como Chromeo, Amy Winehouse, DJ Shadow o Scissor Sisters.

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Más allá de lo técnico, la banda describía Londres como una lección cultural. La ciudad de los Beatles y The Clash les ayudó, decían, a soltar la idea —muy arraigada en cierta escena— de que sonar «duro y triste» es más legítimo que sonar pop. Andy Gill habría tenido un papel clave en empujarles a experimentar sin esa autocensura estética. Es un detalle que dice bastante de los prejuicios de época sobre qué música merece ser tomada en serio.

Arthur Baker y la remezcla de «The Last Time»

Uno de los hitos del álbum fue la remezcla de «The Last Time» a cargo de Arthur Baker, figura pionera del electro y responsable de trabajos junto a New Order, Afrika Bambaataa o, en otros registros, Bruce Springsteen y Bob Dylan. La banda relataba el episodio con incredulidad: el contacto surgió a través de un amigo y Baker —ya alejado de la producción musical— resolvió la remezcla en apenas dos días. Quedó una colaboración puntual que, según ellos, dejó la puerta entreabierta a futuros trabajos conjuntos.

Directo, gira y vida de carretera

El grupo se reivindicaba ante todo como banda de directo, con una gira de presentación que encadenaba salas y festivales y la promesa de «tocar en todos los sitios habidos y por haber». Esa identidad escénica —la búsqueda de fiesta y de comunión con el público— era, en su propio relato, el verdadero motor del proyecto.

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Cannabis y creatividad: una afirmación que conviene matizar

Preguntados por la relación entre el cannabis y su música, la respuesta fue tan rotunda como publicitaria: «marido y mujer, inseparables». La frase encaja con el contexto en el que se publicó originalmente la entrevista —una revista del sector cannábico— y con toda una mitología romántica que vincula sustancia y genio creativo. Conviene leerla con distancia.

No existe evidencia sólida de que el cannabis «mejore» la creatividad de forma objetiva. La investigación disponible sugiere, más bien, que altera la percepción de la propia creatividad: bajo sus efectos uno puede sentir que sus ideas son más originales sin que un observador externo lo confirme. A ello se suman efectos bien documentados sobre la memoria de trabajo y la atención sostenida, justo las funciones que el trabajo de composición y arreglo más exige. En consumo frecuente y temprano, además, los riesgos sobre salud mental y rendimiento no son anecdóticos.

Dicho de otro modo: la asociación entre música y cannabis pertenece sobre todo al terreno del relato cultural y de la identidad de escena, no a una causa demostrada de mejor arte. Reconocer ese matiz no implica condenar nada; implica no confundir una declaración de intenciones —o de marketing— con un hecho.

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Lectura crítica

  • Contexto de origen. La entrevista nació en una publicación especializada en cannabis, lo que explica el tono complaciente del bloque final. Trasladada a un archivo divulgativo, esa parte pide contraste en lugar de aplauso.
  • El mito creativo. «Inseparables» es una hipérbole simpática, no una tesis. La idea de que una sustancia «potencia» el talento se sostiene más en la épica del rock que en los datos.
  • Reducción de riesgos. Quien combine música y consumo haría bien en recordar que tolerancia, dependencia y efectos sobre memoria y atención son reales, y que el «ritual creativo» puede acabar tapando un hábito problemático. Nada de lo anterior es consejo de consumo: es una invitación a pensar críticamente.

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