
Una etiqueta que casi todos conocen
Pocas familias no tienen cerca a un niño «diagnosticado de hiperactivo» que toma una pastilla a diario. Visto de lejos, parece una buena noticia: se detecta un problema y se trata. Pero conviene detenerse antes de dar por buena esa lectura, porque la propia categoría que ordena todo el proceso es más frágil de lo que su éxito social sugiere.
Síndrome no es lo mismo que enfermedad
El TDAH —Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad— se clasifica como síndrome, no como enfermedad en sentido estricto. Una enfermedad tiene una base biológica comprobable: un proceso infeccioso, una lesión, una degeneración que puede objetivarse. En el TDAH no se ha identificado ninguna patología orgánica subyacente. Lo que hay es un conjunto de conductas que tienden a aparecer juntas —dificultad para mantener la atención, distracción fácil, impulsividad, inestabilidad emocional, desobediencia, problemas de adaptación— y que, por aparecer juntas, reciben un nombre común. Que compartan etiqueta no significa que compartan causa.
¿Lo explica la genética?
Quienes defienden que se trata de una enfermedad llevan décadas buscando su sustrato fisiológico sin lograr cerrarlo. Se repite con insistencia una cifra de prevalencia en torno al 8 % y se afirma que el origen es «altamente genético», localizado en un mal funcionamiento de la dopamina y la noradrenalina en la zona frontal del cerebro, encargada de las funciones ejecutivas. El problema es que estas explicaciones siguen siendo hipótesis. El propio DSM —el manual diagnóstico de referencia en psiquiatría— reconoce que no existen pruebas de laboratorio ni evaluaciones neurológicas que sirvan para diagnosticar el trastorno.
A falta de medida objetiva, el diagnóstico descansa en la interpretación de la conducta del niño, con toda la subjetividad que eso arrastra: lo que un adulto lee como «inquietud patológica», otro lo lee como temperamento, aburrimiento o falta de encaje con un entorno concreto. Es plausible que en algunos casos exista cierta predisposición —un carácter más nervioso, por ejemplo—, pero una predisposición no es una causa: se combina siempre con un contexto, una crianza y un aprendizaje determinados.
Si la causa es ambiental, ¿por qué un fármaco?
Ahí aparece la incoherencia de fondo. Si buena parte del problema es ambiental, lo razonable sería que también lo fuera buena parte de la respuesta. El metilfenidato, el medicamento que suele recetarse, es un estimulante emparentado con las anfetaminas que eleva los niveles de dopamina y noradrenalina y actúa sobre todo el organismo. Su efecto más valorado en niños etiquetados de TDAH —ayudar a sostener la atención en la tarea— no es ningún hallazgo nuevo: los estimulantes se han usado históricamente justo para eso, como saben de sobra los estudiantes en época de exámenes. Que una sustancia «funcione» en el sentido de mejorar momentáneamente la concentración no demuestra que corrija una enfermedad; muchas personas sin diagnóstico experimentarían el mismo efecto.
De la inquietud al mercado: el «disease mongering»
Pese a todo, muchos profesionales siguen describiendo el TDAH como un trastorno infradiagnosticado y buena parte de los medios reproduce el mensaje. Una de las lecturas posibles de esa insistencia es económica: las ventas de metilfenidato han crecido de forma notable en las últimas décadas. Es el terreno del llamado «tráfico de enfermedades» o disease mongering: ensanchar las fronteras de lo patológico hasta convertir variaciones normales del comportamiento en diagnósticos que abren mercado.
El periodista científico alemán Jörg Blech lo abordó en Los inventores de enfermedades, donde sostiene que nunca se había alimentado con tanto empeño la idea del «niño hiperactivo», y que laboratorios y algunos especialistas han trabajado durante años para presentar a los pequeños inquietos o dispersos como pacientes que necesitan medicación. En el ámbito español, autores como Miguel Jara (Traficantes de salud) o el médico Antonio Palomar, en el periódico Diagonal, han documentado mecanismos parecidos de medicalización de la vida cotidiana. La red descrita no se limita a médicos y fabricantes: en algunos países el entorno educativo también queda implicado. Se ha citado el caso de Estados Unidos, donde determinadas escuelas habrían recibido ayudas económicas por cada alumno identificado como caso, un incentivo que, de confirmarse, distorsiona por completo cualquier criterio clínico.
Lectura crítica
Conviene leer todo esto sin caer en el extremo contrario. Negar que el TDAH sea una «enfermedad» en sentido biológico no equivale a negar que existan niños —y adultos— con un sufrimiento real, con dificultades genuinas de atención, impulsividad o regulación emocional que les complican la vida escolar y familiar. El problema no es reconocer ese malestar, sino el salto automático que va de la conducta molesta a la etiqueta y de la etiqueta a la pastilla, sin pasar por las preguntas intermedias: qué papel juegan el entorno, el aula, el sueño, la crianza o las expectativas adultas.
Tres cautelas razonables. Primera: desconfiar de las cifras redondas y de los relatos que presentan como certeza cerrada lo que la literatura científica todavía discute. Segunda: tener presente los conflictos de interés; quien financia un estudio, una campaña o una guía clínica no es un dato menor. Tercera: recordar que el metilfenidato es un psicoestimulante con efectos sistémicos y un perfil de uso que merece supervisión médica seria, no un complemento inocuo. Este texto es divulgativo y no sustituye la valoración de un profesional: cualquier decisión sobre un tratamiento concreto corresponde a la familia junto a su equipo sanitario, idealmente con una mirada que no se agote en la receta.