Una sustancia tan doméstica como el pan
Cuesta imaginarlo desde el presente, pero durante siglos el jugo de la adormidera ocupó en los hogares romanos un lugar parecido al de la sal o el aceite. Se compraba en tiendas, se guardaba en casa y se administraba sin sobresalto moral. No existía la categoría del «adicto», ni un discurso de cruzada contra la droga: el opio era, sencillamente, medicina. Reconstruir esa normalidad ayuda a entender hasta qué punto la relación de una cultura con las sustancias depende menos de la química y más del marco legal, médico y simbólico que la rodea.
Un imperio con muy pocas leyes sobre drogas
El derecho romano apenas legisló sobre lo que hoy llamaríamos sustancias psicoactivas. La Lex Cornelia, vigente desde la República hasta la decadencia imperial, fue durante siglos casi el único precepto general que rozaba la materia, y nació más para perseguir el envenenamiento que para regular el consumo. Las intervenciones puntuales fueron eso, puntuales: un edicto atribuido a Alejandro Severo que, tras algunas intoxicaciones, vetaba el uso de estramonio (una datura) y de polvo de cantáridas en ciertos burdeles; o los célebres episodios palaciegos de envenenamiento con setas —la tradición acusa a Agripina de despachar al emperador Claudio mezclando Amanita phalloides con la comestible Amanita caesarea—. Más allá de estos casos, las dos plantas que vertebran la cultura romana del ánimo son la vid y la adormidera.
Galeno: el veneno que también cura
Claudio Galeno (129-199 d. C.) ejerció bajo Marco Aurelio, Cómodo y Septimio Severo, y fue probablemente el médico más influyente de la Antigüedad. Su sistema —que ordenaba las sustancias por cualidades e intensidades— marcó la medicina hasta bien entrada la Edad Media. Había nacido en Pérgamo, ciudad asociada al cultivo de adormidera y a un templo de Asclepio donde se practicaba la incubatio, una terapia del sueño que pretendía sanar al enfermo mientras dormía; en las excavaciones del recinto aparecieron instrumental quirúrgico y dependencias que evocaban la morada de Hipnos, el dios del sueño.
Para Galeno, el jugo de adormidera encarnaba una paradoja: era a la vez remedio y veneno, algo que «cura porque casi mata». Lo clasificaba como «frío en cuarto grado», el mismo escalón que la cicuta, por encima incluso de la mandrágora. Ningún otro fármaco igualaba su potencia analgésica y soporífera, y precisamente por eso lo consideraba imprescindible frente al dolor. Frente a quienes lo tachaban de inútil o dañino para los ojos, defendía su uso en colirios. También nos dejó constancia de que en las reuniones de la élite romana se ofrecía cannabis —costumbre que atribuía a influencia ateniense o celta—, con la advertencia de que en exceso perjudicaba.
El opio en el imaginario: sueño, olvido y mito
La adormidera estaba tejida en la cultura mucho antes de las farmacopeas. La tradición la asociaba al consuelo de Deméter por la pérdida de Perséfone, y la diosa —Ceres en su versión latina— aparece representada con cápsulas de adormidera en la mano. Plinio el Viejo afirmaba sin reparos que «la adormidera siempre gozó de favor entre los romanos», y los poetas la convirtieron en símbolo del sueño reparador que aleja las zozobras de la vigilia. Virgilio hablaba de cápsulas «impregnadas por el sueño del olvido», y Somnus solía representarse como un anciano barbado que vertía el jugo sobre los párpados del durmiente desde un cuerno; la imagen se volvió tan habitual que el recipiente acabó conociéndose como «cuerno de opio».
Las triacas y los emperadores
La triaca era una preparación compleja —a veces con más de setenta ingredientes de origen vegetal, mineral y animal— que en su mayoría incluía opio. Nació hacia el siglo III a. C. como antídoto contra venenos y mordeduras, y con el tiempo se reputó remedio universal. Buena parte de la cúpula imperial la consumía con generosidad. El médico de Augusto, Filonio, ideó una triaca con pimienta blanca, espicanardo, opio y miel para uso diario del emperador. Tiberio se retiró a Capri sin renunciar a su opio. El médico de Nerón, Andrómaco de Creta, formuló el antidotus tranquillans, con un 30 % de opio; las crónicas cuentan que Nerón llegaba a tomar grandes cantidades a diario. Trajano y Antonino Pío tenían sus propias fórmulas, y el hito de esta tradición fue la triaca magna o galénica, receta favorita de la farmacopea árabe y europea hasta el siglo XVI, con una proporción de opio cercana al 40 %. La dinastía de los Antoninos —Adriano, Trajano, Marco Aurelio y Antonino Pío— fue, al parecer, la más entregada a su uso. El propio Marco Aurelio, por prescripción de Galeno, desayunó durante más de veinte años una porción de opio diluida en vino.
Conviene leer estas cifras con cautela. Las dosis y cantidades que recogen las fuentes antiguas y sus comentaristas modernos son a menudo aproximadas, retóricas o difíciles de contrastar; sirven para ilustrar una cultura de consumo, no como dato clínico. Y, aunque la palabra no aparezca en los textos, lo que describen es una exposición sostenida a opiáceos con riesgos reales: intoxicación aguda, dependencia y muerte por sobredosis, algo que la propia tradición insinúa al atribuir el fin de algún emperador a un exceso de triaca.
Dioscórides, Plinio y la disputa sobre el opio
El primer gran inventario sistemático de botánica terapéutica se debe a Pedanio Dioscórides (40-90 d. C.), cirujano militar griego al servicio de Roma, cuya De Materia Medica reunía cientos de plantas, minerales y sustancias animales y fue el tratado farmacológico más influyente de la Antigüedad. Sobre el opio escribía que «quita totalmente el dolor, mitiga la tos […] aplícase con agua sobre la frente y sienes de quienes dormir no pueden», pero advertía: «tomándose en gran cantidad ofende, porque hace letargia y despacha». Plinio el Viejo, en su Historia natural, recogía testimonios de muertes provocadas por opio —incluida la de quien lo empleó deliberadamente para morir— y dejaba constancia de una controversia abierta entre médicos: Diágoras y Erasístrato lo condenaban como fármaco mortífero, mientras otros lo defendían. Esa discusión es reveladora: el debate clásico no giraba en torno a la adicción, sino en torno a la toxicidad.
Mercado, fraude y precios vigilados
El opio romano era un producto de mercado, con calidades dispares y procedencias diversas. Junto a la adormidera de huertos privados circulaba un comercio de opio egipcio —llamado «tebaico»— y mesopotámico, exportado desde Alejandría, que los expertos en botánica denunciaban como foco de adulteraciones. Dioscórides y Plinio dedicaron páginas enteras a enseñar al comprador a distinguir el opio puro del falsificado por el olor, la forma de arder o su comportamiento en el agua, señal de hasta qué punto el fraude era cotidiano.
El rasgo más llamativo es el control estatal del precio. La demanda superaba con creces a la oferta, y aun así los emperadores no permitían especular con esta mercancía, probablemente por una mezcla de razones humanitarias —evitar que el encarecimiento dejara sin acceso a un bien considerado de primera necesidad— y de política económica, como contener la fuga de divisas hacia Asia Menor. Las fuentes hablan de cientos de tiendas dedicadas a su venta y de partidas notables almacenadas en las despensas imperiales. El edicto de precios de Diocleciano (año 301) llegó a fijar una tarifa para el opio, y resulta significativo que ese precio fuera más bajo que el del hachís: en la Roma legal sucedía justo lo contrario que en muchos mercados ilegales contemporáneos, donde el opio multiplica con creces el valor del cannabis. Antonio Escohotado popularizó esta lectura comparada en su Historia general de las drogas, que sigue siendo la referencia divulgativa más citada sobre el tema.
Lectura crítica
Este recorrido invita a varias cautelas. Primero, sobre las fuentes: buena parte de lo que «sabemos» del opio romano procede de autores antiguos y de síntesis posteriores que mezclan dato, anécdota y leyenda; cifras como toneladas almacenadas, porcentajes de recaudación o dosis imperiales deben tomarse como indicios, no como contabilidad fiable.
Segundo, sobre el silencio respecto a la adicción: que los médicos clásicos no describieran el síndrome de abstinencia no significa que la dependencia no existiera, sino que carecían del marco conceptual para nombrarla. Idealizar aquel consumo «sin problema» sería un error tan grande como demonizarlo. El opio es un opiáceo con potencial adictivo y riesgo letal por depresión respiratoria; lo que cambió entre Roma y hoy no es la molécula, sino el contexto legal, sanitario y cultural.
Tercero, sobre la moraleja fácil. El caso romano es útil para pensar críticamente cómo una sociedad gestiona las sustancias —regulación, acceso, precio, discurso— sin caer ni en la nostalgia de un pasado tolerante ni en el pánico moral. Esa es la conversación interesante, y la que mejor encaja con una mirada de reducción de riesgos.