Khat: la planta que lleva una anfetamina en sus hojas

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En breve: El khat (Catha edulis) es un arbusto del Cuerno de África y el sur de Arabia cuyas hojas frescas contienen catinona, un alcaloide estimulante con una arquitectura molecular emparentada con la anfetamina. Repasamos qué se sabe de su composición y sus efectos, qué riesgos arrastra un uso cotidiano, cómo lo trata la ley y qué parientes botánicos crecen en la Península y Canarias, con una lectura crítica de los tópicos que rodean a esta planta.

Una anfetamina que crece en un arbusto

Pocas plantas resumen tan bien la frontera difusa entre lo vegetal y lo químico como el khat. Se trata de un arbusto perenne, Catha edulis, originario probablemente del macizo etíope —aunque hay quien sitúa su cuna en Yemen—, cuyas hojas y tallos tiernos contienen catinona, un alcaloide que comparte la configuración molecular de la anfetamina. De ahí la etiqueta divulgativa que arrastra desde hace décadas: la de ser uno de los estimulantes de origen vegetal más potentes que se conocen.

Su consumo es antiguo. Un manuscrito árabe de 1333 ya describía infusiones hechas con las yemas y las hojas tiernas de la planta, y diversas fuentes sugieren que su masticación precedió en la región al uso del café. Según el país y la zona recibe nombres distintos —kat, qât, quat, tschat, chai—, lo que da idea de hasta qué punto está incrustado en la vida social del Cuerno de África y el sur de la Península Arábiga.

Qué hay dentro de la hoja

La química del khat tiene una particularidad que lo hace inestable y, por tanto, perecedero. El alcaloide protagonista es la catinona, presente sobre todo en la hoja fresca. A ella se suman cantidades menores de catina (d-norpseudoefedrina), efedrina y trazas de otros compuestos del mismo grupo. El problema, desde el punto de vista de quien lo cultiva o transporta, es que al secarse la hoja la catinona se degrada y se transforma en catina, de efecto más suave. Esa caducidad explica buena parte de la logística que rodea a la planta: la hoja debe consumirse en pocos días desde su recolección, o conservarse en frío para frenar la conversión.

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Las concentraciones son bajas y variables. Distintos análisis recogidos en la literatura sobre plantas psicoactivas sitúan el contenido total de alcaloides en torno a unas décimas porcentuales del peso de la hoja, con diferencias notables según la procedencia, la edad de la planta y el momento de la cosecha. Conviene quedarse con la idea cualitativa —es un estimulante real, no folclore— más que con cifras concretas, que cambian de muestra a muestra.

Qué efectos describe quien lo usa

El perfil de efectos es el clásico de un estimulante anfetamínico, pero amortiguado por la vía de administración. Quienes lo consumen describen una fase inicial de euforia ligera, locuacidad, optimismo, sensación de claridad mental y supresión del sueño, el cansancio y el apetito. A esa subida le sigue, con las horas, una fase de bajón: la conversación decae, aparece el abatimiento y a veces la somnolencia. El cronista Marc Bernabéu lo resumía como un efecto «suave», con un primer periodo de exaltación seguido de otro en el que «las discusiones decaen sensiblemente, hasta convertirse en pensamientos y reflexiones».

La clave está en la lentitud. A diferencia de un estimulante concentrado y de absorción rápida, el khat se ha tomado tradicionalmente masticando hoja durante horas, lo que reparte la entrada del alcaloide en el tiempo y suaviza el pico. Eso no lo convierte en inofensivo: significa que la misma molécula llega de forma más gradual y prolongada.

Los riesgos de un hábito cotidiano

El khat se presenta a veces como un estimulante «benigno», y conviene matizarlo. El consumo agudo puede provocar molestias bucales por la masticación prolongada, náuseas, malestar gástrico y alteraciones cardiovasculares transitorias. Al tratarse de un agente simpaticomimético, eleva la frecuencia cardiaca y la tensión arterial, de modo que cualquier persona con patología cardiovascular tiene un motivo claro para mantenerse al margen.

El uso diario y sostenido durante años es otra historia. Se le asocian trastornos cardiacos, cuadros de ánimo deprimido tras la estimulación y, en consumos intensos, episodios de psicosis tóxica análogos a los descritos con las anfetaminas. La medicina del trabajo y la salud pública en los países donde está muy extendido —Yemen, Somalia, Yibuti— han documentado además impactos sociales y económicos derivados de dedicar buena parte de la jornada y del presupuesto familiar a su consumo.

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Un punto que merece lectura crítica: durante décadas se ha repetido que el khat «no genera dependencia física», apoyándose en un informe de la OMS de los años sesenta. La investigación posterior describe un patrón de dependencia más bien psicológica y conductual, con tolerancia y dificultad para dejarlo en usuarios habituales. Que no produzca un síndrome de abstinencia tan dramático como el de los opiáceos no equivale a que no enganche.

Una legalidad fragmentada y, a ratos, paradójica

El estatus legal del khat es un buen ejemplo de cómo la prohibición de una sustancia choca con la realidad de la planta que la contiene. La catinona figura en la lista más restrictiva del Convenio de Viena de 1971, lo que la convierte en ilegal a efectos prácticos en todo el mundo. Pero como solo está presente en la hoja fresca, el resultado es un mapa lleno de contradicciones: en algunos países del Golfo la hoja fresca está prohibida mientras la seca, ya degradada a catina, se vende en supermercados para infusión.

Las hojas son ilegales en buena parte de Occidente —Estados Unidos, Canadá, varios países europeos— y en numerosos Estados de Oriente Medio donde, pese a ello, su consumo está enormemente extendido. Solo en un puñado de países como Yemen, Somalia y Yibuti su comercio es plenamente legal y forma parte del paisaje cotidiano. En la Unión Europea ha habido decomisos puntuales ligados al tránsito de cargamentos hacia mercados donde está prohibido. En España la situación es técnica: la catinona está vetada por el Convenio de Viena, y la catina aparece sometida a control farmacéutico, mientras que la planta viva como tal no está prohibida.

Kat canario y kat andaluz: parientes ibéricos

Aunque la imagen del khat sea africana, el género Catha y sus afines tienen representantes en la flora ibérica y macaronésica. En la costa entre Murcia y Málaga, y especialmente en la Costa Tropical granadina, crece el espino cambrón (clasificado en su día como Catha europaea y hoy generalmente dentro del género Maytenus, como Maytenus senegalensis), un arbusto de laderas rocosas y soleadas próximas al mar al que algunas fuentes atribuyeron propiedades semejantes a las de Catha edulis.

En la laurisilva canaria está el peralillo (Maytenus canariensis), al que la etnobotánica isleña asignó usos medicinales y un efecto cortahambre y antifatiga que los pastores aprovechaban en el campo. Conviene tomar estos paralelismos con cautela: el parentesco botánico y algunos usos populares compartidos no implican que el perfil químico y la potencia sean equivalentes a los del khat africano, algo que la divulgación más antigua tendía a dar por hecho con demasiada ligereza.

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Lectura crítica

Buena parte de lo que circula sobre el khat procede de literatura etnobotánica y divulgativa de finales del siglo XX, valiosa como testimonio cultural pero desigual en rigor. Tres ideas conviene revisar. La primera, el superlativo: llamarlo «el estimulante vegetal más potente del mundo» es más eslogan que dato, porque la potencia real depende de concentraciones bajas y muy variables. La segunda, la comparación con tratamientos de sustitución: presentar el khat como una alternativa «natural» y «más limpia» a estimulantes de mercado negro es una analogía retórica, no una estrategia sanitaria validada. La tercera, la inocuidad: la ausencia de un síndrome de abstinencia llamativo se ha leído a menudo como ausencia de problemas, cuando la evidencia apunta a dependencia psicológica y a daños cardiovasculares y psiquiátricos en el uso intensivo.

Desde la reducción de riesgos, el mensaje sobrio es el de cualquier estimulante: las personas con problemas cardiovasculares o de salud mental son las más expuestas; mezclar estimulantes con otras sustancias multiplica la carga sobre el corazón; y un patrón de uso diario, por suave que parezca cada sesión, es precisamente el que concentra los daños a largo plazo. Esta página tiene una intención divulgativa e histórica, no de fomento ni de guía de consumo.

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