
Dos voces detrás de PIHKAL y TIHKAL
La obra del matrimonio formado por Alexander «Sasha» Shulgin y Ann Shulgin suele reducirse a la imagen del químico que sintetizó y autoexperimentó con centenares de psicoactivos. Conviene recordar que PIHKAL y TIHKAL son libros a dos voces: junto a las fichas químicas y los protocolos de Sasha aparecen los relatos en primera persona de Ann, terapeuta y observadora atenta de la vida interior. Es precisamente en esa parte más subjetiva donde el proyecto Shulgin se vuelve más interesante desde una mirada psiconáutica, porque trata la consciencia como territorio a explorar y no solo como un efecto secundario de una molécula.
El capítulo 12 de TIHKAL es un buen ejemplo. En él, Ann no habla de ninguna sustancia: describe una experiencia que se le presentó de forma espontánea, durante el sueño, y el largo proceso de atreverse a contarla.
Sueños lúcidos: estar despierto dentro del sueño
Un sueño lúcido es aquel en el que el durmiente sabe que está soñando. El yo permanece intacto y, con entrenamiento, es posible influir hasta cierto punto en el rumbo de la escena: si algo se vuelve angustioso, la consciencia de que «esto es un sueño» permite reencauzarlo o despertar. No es una idea esotérica; el fenómeno está documentado en la literatura del sueño y se asocia a determinados patrones de actividad cerebral durante la fase REM. La cuestión, para quien se interesa por los estados modificados de consciencia, es que el sueño lúcido ofrece un laboratorio sin sustancias: una alteración profunda de la experiencia obtenida desde dentro.
Ann Shulgin contaba haber llegado tarde a este tipo de sueños, ya en la madurez. Y a partir de cierto momento empezó a vivirlos acompañados de algo inesperado: una intensa carga sexual que no se localizaba en los genitales, sino en una zona situada justo por encima del pubis, allí donde se nota la vejiga llena al presionar. En sus relatos, cuando esa energía culminaba lo hacía como un orgasmo que describía más intenso que cualquier otro, capaz de sacudir todo el cuerpo y dejarla sin aliento.
El «Lugar Secreto»
Lo que da espesor al relato no es la experiencia en sí, sino el pudor que la rodea. Ann explica que durante mucho tiempo solo lo había compartido con su marido, sin saber si aquello le ocurría a alguien más ni a quién preguntar sin incomodar. Acabó hablándolo con un conocido de origen londinense que había adoptado el budismo y un nombre tibetano. Según este interlocutor, ese centro situado sobre el hueso púbico tiene nombre propio en la tradición budista: el «Lugar Secreto».
Él le confió, además, haber vivido algo equivalente, pero estando completamente despierto durante una experiencia con LSD en plena naturaleza: el mismo deseo desplazado, la misma culminación intensa en esa zona del cuerpo. Ambos coincidieron en leerlo menos como un fenómeno sexual que como una especie de recordatorio interior —»estás vivo, hay fuerzas en ti, merece la pena seguir»— por más que ninguno de los dos pretendiera tener una explicación firme. Lo relevante del episodio es esa necesidad humana de ver confirmada una vivencia rara y solitaria en la palabra de otra persona.
Conviene tomar el marco budista del relato con cautela. «Lugar Secreto» aparece aquí como una etiqueta transmitida en una conversación informal, no como una cita doctrinal verificable, y la lectura espiritual que ambos hacen es explícitamente intuitiva. Vale como testimonio honesto, no como prueba de nada.
La 2C-D: el «tofu farmacológico» de Shulgin
La segunda mitad del capítulo cambia de registro y se ocupa de una molécula concreta: la 2C-D (2,5-dimetoxi-4-metilfenetilamina), una fenetilamina de la familia de las «2C». Su primera síntesis se atribuye a un equipo de investigación estadounidense, pero fue Shulgin quien estudió a fondo sus efectos en humanos y la fijó en el imaginario psiconáutico. En Alemania, el psiquiatra Hanscarl Leuner llegó a interesarse por su posible uso en psicoterapia, en la estela de la investigación con psicodélicos previa a su prohibición.
El apodo que Shulgin le puso lo resume todo: «tofu farmacológico». La 2C-D aporta poco sabor propio y, en cambio, absorbe y prolonga el de lo que la acompaña, igual que el tofu se impregna de la salsa con la que se cocina. De ahí su fama de comodín capaz de combinarse con muchas otras sustancias. Esa misma cualidad es la que ha frenado su popularidad: en cantidades discretas resulta sutil, casi anodina, hasta el punto de que se la ha descrito como un estimulante de la atención más que como un psicodélico clásico.
En las fichas de PIHKAL, los comentarios cualitativos describen un compuesto de carácter variable: desde un efecto apenas perceptible, de mayor concentración y «ganas de aprender», hasta un estado plenamente psicodélico, con colores intensos, cuando la cantidad sube de forma notable. Shulgin anotaba también su lado menos amable —cierta inquietud física, un estímulo poco agradable, la dificultad para «encontrarle el punto»— y su corta duración, en torno a unas pocas horas. Es un retrato matizado, lejos del entusiasmo acrítico.
Lectura crítica y reducción de riesgos
Más allá del interés histórico, conviene leer este material con perspectiva. Algunas cautelas:
- Es testimonio, no ciencia. Tanto el relato de los sueños lúcidos como las fichas de la 2C-D son autoexperimentación de los años en que se escribieron PIHKAL y TIHKAL. No equivalen a ensayos clínicos ni a evidencia sobre seguridad o eficacia terapéutica.
- El «tofu» engaña. La idea de que una sustancia «aporta poco» y se combina con cualquier cosa invita justamente a las mezclas, que multiplican los riesgos e interacciones. La aparente suavidad de una dosis baja no dice nada sobre lo que ocurre al subir la cantidad o al sumar otros compuestos.
- Margen estrecho y química incierta. En las fenetilaminas de síntesis, la diferencia entre un efecto leve y uno intenso puede ser pequeña, y lo que circula en un mercado no regulado rara vez coincide con lo que dice la etiqueta. La adulteración y la confusión entre moléculas parecidas son riesgos reales.
- Contexto legal. El estatus de muchas de estas sustancias varía según el país y cambia con el tiempo; este artículo no orienta sobre su obtención ni su uso.
El sueño lúcido, en cambio, recuerda que algunos de los estados de consciencia más llamativos no requieren ninguna sustancia. Esa puede ser la lección más sobria de un capítulo que mezcla, casi sin transición, una experiencia onírica íntima y una ficha de laboratorio.