Julio Fowler: música, utopía y cannabis desde Madrid

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En breve: Recuperamos una conversación con Julio Fowler, cantautor cubano afincado en Madrid y figura de la llamada «Generación de los Topos». Repasamos su trayectoria —de Dale Mambo a Utopías— y su forma de entender la creación, el desarraigo y los estados de placer, incluido un vínculo con el cannabis que él mismo enmarca con naturalidad. Cerramos con una lectura crítica sobre cómo leer estos testimonios sin idealizarlos.

Un cantautor a contracorriente

Hay músicos que cargan con su país como una bandera y otros que lo llevan disuelto en el sonido, casi invisible. Julio Fowler pertenece al segundo grupo. Cubano radicado en Madrid, heredero de la Vieja y la Nueva Trova, ha hecho de la mezcla su lengua materna: toma el clásico sonido cubano y lo abre a todo aquello que pueda dialogar con esas raíces sin traicionarlas.

Se le encuadra en la llamada «Generación de los Topos», una etiqueta que alude a una condición soterrada, marginal, de creadores que trabajan al margen de los grandes focos. En su caso, esa marginalidad no suena a queja sino a libertad: la de quien no necesita militar en una identidad para reivindicarla.

De «Dale Mambo» a «Utopías»

Su recorrido discográfico dibuja una progresión coherente. Dale Mambo, el álbum de debut, cruza el sonido cubano con el R&B y el funky; el propio Fowler lo describió como Son con Grooves o Cuban Grooves. Buscando mi lugar, su segundo trabajo, es un disco ecléctico y subversivo —producido junto a José Mestre y Yuri Wong— centrado en su experiencia como emigrante, con colaboraciones de Amaury Gutiérrez, Garrett Wall, el rapero Nilo Mc, las cantantes Esmeralda Grao y Nalaya Brown, y Luis Enrique.

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Es en Utopías, sin embargo, donde su voz encuentra su forma más fluida. El disco se mueve entre la «música de fusión» y la llamada «música del mundo»: pasa sin esfuerzo del guaguancó al bolero, coquetea con la bulería y deja asomar su pasión por el jazz en una mezcla de acústica y electrónica. Más que un cambio de rumbo, es una decantación: los ritmos cubanos no desaparecen, se camuflan.

La conversación

En «Bienvenida la locura» celebras «el porrito para soñar». ¿Qué relación estableces entre el cannabis y esa locura que cantas?

Para nadie es un secreto que el cannabis, al ser una sustancia psicoactiva, forma parte del amplio menú de mis placeres, como la música, la amistad o el amor. Regalarme un poco de sus efectos, sobre todo cuando es algo compartido, es una delicia de la que no quiero privarme porque me hace feliz… aunque mi felicidad no dependa de su consumo.

En «Buscando mi lugar» hablabas del emigrante. ¿Qué buscabas expresar con «Utopías»?

Mi propia manera de estar y de ser en el mundo: una actitud, una conciencia y unas expectativas ligadas a la época que vivimos y a los cambios de paradigma —culturales, sociales, tecnológicos, psicológicos— que emergen pese a la inercia de las costumbres y de un sistema en crisis. Utopías quiere ser el testimonio de esos cambios que se operan en mí, como parte de un mundo en transición que despierta y se sacude opresiones y miedos.

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Antes despuntaban los ritmos cubanos; aquí aportas un aire más cosmopolita. ¿A qué se debe?

Los ritmos cubanos nunca me han abandonado, solo que están camuflados. En los tres discos los he fusionado con otros patrones y los he combinado de forma aleatoria. En este creo que están más presentes que nunca, aunque no suelo hacer militancias identitarias: prefiero abrirme a sonidos del mundo.

La portada de «Utopías» llama la atención: la lluvia te azota y abres la boca como para engullirla. ¿Qué expresa esa imagen?

La lluvia, el agua, tienen para mí un efecto sanador. De niño nada me hacía más feliz que salir a bañarme bajo el aguacero del trópico; sentía que había asistido a un ritual de limpieza, a una cura que me dejaba en un estado de placer y casi de éxtasis. Es el gesto de quien necesita una ablución de cuerpo y alma. Ya lo decía en una canción anterior: «un aguacero que limpie la ciudad de odios, mentiras y miedos, un mapa donde amar».

Cuestionario breve

De ese cuestionario rápido quedan algunas respuestas que lo retratan. Si no se hubiese dedicado a la música, dice, habría ejercido el mismo «gran oficio»: ser feliz. Define su obra con cinco adjetivos —sensual, optimista, comprometida, crítica, utópica— y cita como discos que le marcaron Días y flores, de Silvio Rodríguez, y Brother to Brother, de Gino Vannelli. Su momento favorito del día es el que comparte con quienes ama; su último libro, Amor y juego. Fundamentos olvidados de lo humano, de Humberto Maturana y Gerda Verden-Zöller. Vicios confesables: leer y escribir. Una manía: corregirse.

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Lectura crítica

Conviene leer este testimonio por lo que es: la voz de un artista que integra el cannabis en su narrativa creativa, no un manual ni una recomendación. Que alguien asocie una sustancia al placer, a la inspiración o a un ritual de limpieza no la convierte en inocua. El cannabis tiene efectos reales y desiguales según la persona, el contexto y la frecuencia: puede afectar a la memoria de trabajo, desencadenar ansiedad o cuadros psicóticos en personas vulnerables, y su uso temprano y sostenido se asocia a riesgos en cerebros aún en desarrollo.

La propia frase de Fowler —»mi felicidad no depende de su consumo»— marca, casi sin querer, una frontera saludable: distinguir entre disfrutar de algo y necesitarlo. Esa distinción, más que cualquier celebración poética, es el verdadero terreno de la reducción de riesgos. Recoger estas voces forma parte del archivo cultural psicoactivo; idealizarlas, no.

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