Hofmann y las tres drogas mágicas: psilocibina y ololiuqui

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En breve: Tras la LSD, Albert Hofmann se propuso descifrar la química de los enteógenos rituales de México. Aisló y nombró la psilocibina y la psilocina de los hongos sagrados, y al abordar el ololiuqui —las semillas adivinatorias de los aztecas— se topó con una sorpresa: sus principios activos eran amidas del ácido lisérgico, viejos conocidos de su propio laboratorio.

Un químico tras la pista de los enteógenos mexicanos

Después de tropezar con la LSD en el laboratorio de Sandoz, Albert Hofmann dedicó buena parte de su carrera a un objetivo distinto: entender, desde la química moderna, plantas y hongos que distintas culturas mesoamericanas llevaban siglos empleando con fines rituales y adivinatorios. El peyote y su mescalina, los hongos psilocibios y el ololiuqui formaban una especie de tríada —las llamadas «drogas mágicas» del México prehispánico— y Hofmann quiso reducir cada una a sus moléculas.

Esta entrega recupera ese tramo de su trabajo: el cierre de la investigación sobre los hongos y el inicio de la del ololiuqui. Es, ante todo, una historia de laboratorio y de método, no un manual; conviene leerla como documento histórico y no como guía de consumo.

Por qué fracasaron los animales y acertó el autoexperimento

Los primeros ensayos con hongos en animales no mostraban nada concluyente, y eso amenazaba con dar por inactivas unas setas que los curanderos usaban precisamente por sus efectos. La clave, según relató Hofmann, no estaba en el material vegetal sino en el sujeto: los efectos psíquicos apenas se traducían en conductas observables en ratones o ranas. Solo un cuerpo humano podía «informar» de lo que ocurría por dentro.

El autoexperimento —método tan característico de aquella generación de farmacólogos como problemático desde la ética actual— confirmó que el principio activo existía y que merecía la pena perseguirlo. A partir de ahí fue posible extraerlo, purificarlo y cristalizarlo. Al compuesto principal se le dio el nombre de psilocibina; a un alcaloide acompañante, mucho más escaso, el de psilocina.

Qué tenían de raro estas moléculas

El análisis estructural reveló un tipo nuevo de derivados del indol. La psilocibina resultó ser el primer —y durante mucho tiempo único— compuesto indólico natural conocido que incorpora un radical de ácido fosfórico. Junto con la psilocina, fue además el primer alcaloide indólico con un grupo hidroxilo libre o fosforilado en la posición 4 del anillo, mientras que los demás alcaloides indólicos lo llevan en las posiciones 5, 6 o 7. La síntesis completa de ambas moléculas confirmó las estructuras propuestas, y pronto producirlas en el laboratorio resultó más barato que extraerlas de las setas. En ese trabajo participó un equipo de químicos de Sandoz, entre ellos Arthur Brack, Albert Frey, Hans Kobel, Hans Ott, Theodor Petrzilka y Franz Troxler.

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La psilocibina y la psilocina comparten una potencia parecida entre sí: en términos comparativos, son del orden de cien veces más activas que la mescalina y unas cien veces menos que la LSD. Un dato más interesante por lo que sugiere: existe tolerancia cruzada entre LSD y psilocibina, lo que apunta a que ambas actúan sobre mecanismos neuroquímicos comunes —algo que la farmacología posterior confirmaría al situar a los serotoninérgicos receptores 5-HT2A en el centro de la cuestión—.

María Sabina y la prueba definitiva

En 1963 Hofmann viajó a México con su amigo Gordon Wasson y subió a Huautla de Jiménez, donde los había recibido la célebre curandera mazateca María Sabina. Fuera de temporada no había hongos, así que Hofmann le ofreció comprimidos de psilocibina sintética, en una cantidad equivalente a las setas que ella solía emplear. Al amanecer, terminada la velada ritual, el intérprete trasladó el veredicto de la curandera: entre las pastillas y los hongos no había diferencia. Para un químico, aquella frase valía como una validación: la molécula del laboratorio era idéntica al producto de la naturaleza.

El episodio tiene también una cara incómoda. La irrupción de Wasson primero, y de turistas y buscadores de experiencias después, alteró para siempre la vida de María Sabina y de su comunidad. La etnobotánica de aquellos años abrió un conocimiento valiosísimo, pero a costa de extraer prácticas sagradas de su contexto sin demasiada reciprocidad. Conviene tenerlo presente al leer estas crónicas con su tono de hazaña científica.

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El enigma del ololiuqui

Resuelto el caso de los hongos —el teonanácatl—, quedaba la tercera «droga mágica». Ololiuqui es el nombre náhuatl de las semillas de ciertas enredaderas convolvuláceas que aztecas y otros pueblos usaban en ceremonias religiosas y prácticas curativas. Su empleo ha persistido entre comunidades zapotecas, chinantecas, mazatecas y mixtecas del sur de México, relativamente aisladas y poco permeadas por el cristianismo.

La huella documental es larga. El médico español Francisco Hernández, que entre 1570 y 1575 inventarió la flora y fauna mexicanas por encargo de Felipe II, describió e ilustró la planta en su Rerum Medicarum Novae Hispaniae Thesaurus (Roma, 1651): una enredadera de hojas delgadas, flores blancas y semillas redondas parecidas a las del cilantro, que los sacerdotes ingerían —según su relato, teñido de demonología colonial— para «comunicarse con los dioses». Ya en el siglo XX, el botánico Richard Evans Schultes, del Museo Botánico de Harvard, firmó en 1941 la revisión moderna de la cuestión, identificando el ololiuqui con Rivea corymbosa.

Resultados contradictorios antes de Hofmann

La química del ololiuqui se resistía. El farmacólogo Santesson, en Estocolmo, intentó hacia 1937 aislar sus compuestos sin lograr cristalizarlos; sus extractos solo producían una especie de narcosis parcial en ranas y ratones. Los ensayos humanos tampoco aclaraban gran cosa: el psiquiatra Humphry Osmond, autoexperimentando en 1955, describió un estado de apatía seguido de una sensación prolongada de relajación; en cambio, Kinross-Wright informó en 1958 de voluntarios que no notaron efecto alguno. Esa disparidad —tan habitual cuando se trabaja con material vegetal de composición variable— anticipa una de las grandes dificultades del campo.

Viejos amigos: cuando el ololiuqui se cruzó con la LSD

Con ayuda de Wasson, Hofmann consiguió ololiuqui auténtico a través de un informante zapoteca cercano a Oaxaca. La muestra contenía dos tipos de semilla: las marrones de Rivea corymbosa (el «badoh») y las negras de Ipomoea violacea (el «badoh negro»), empleadas a veces de forma intercambiable. El análisis deparó una sorpresa notable: los compuestos psicoactivos resultaron ser derivados del ácido lisérgico —amidas del ácido lisérgico y otros alcaloides emparentados con el cornezuelo del centeno—. Es decir, las mismas familias químicas que el laboratorio de Hofmann venía estudiando desde que sintetizó la LSD en los años treinta.

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El componente mayoritario, la amida del ácido lisérgico, se diferencia de la LSD por un detalle aparentemente menor y a la vez decisivo: donde la LSD lleva dos radicales etilo, el principio del ololiuqui conserva los dos hidrógenos de la amida. Esa pequeña variación basta para que sea bastante menos potente y para que su perfil de efectos físicos sea cualitativamente distinto al de la LSD. Una lección elegante de relación estructura-actividad: en farmacología psicodélica, los matices de una molécula deciden el resultado.

Lectura crítica

Esta serie es un texto histórico, escrito por su protagonista, y como tal mezcla ciencia rigurosa con el relato heroico del descubridor. Tres cautelas al leerlo hoy:

  • Composición variable y reacciones distintas. Las semillas de enredaderas adivinatorias contienen alcaloides del ergot en cantidades y proporciones muy variables según especie, lote y procedencia. Esa variabilidad explica por qué los primeros ensayos arrojaban resultados tan contradictorios, y por qué el material vegetal nunca es equivalente a una molécula caracterizada.
  • Riesgos reales, no anecdóticos. Los alcaloides del cornezuelo tienen una larga historia tóxica (el «fuego de San Antonio» del ergotismo) por su efecto vasoconstrictor; no son sustancias inocuas. Además, buena parte de las semillas comerciales se tratan con fungicidas y otros productos pensados para la jardinería, no para la ingesta.
  • Etnocentrismo y descontextualización. Tanto las crónicas coloniales como las expediciones del siglo XX miran estas prácticas desde fuera. Reconocer su valor cultural exige también reconocer el daño que supuso extraerlas de su contexto comunitario.

Las referencias que el propio Hofmann citaba —los trabajos de Heim y Wasson sobre los hongos, la monografía de Schultes sobre el ololiuqui y sus propias publicaciones en revistas de química farmacéutica— siguen siendo las fuentes primarias de este episodio para quien quiera ir al original.

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