El círculo del ergot: Hofmann, el ololiuqui y la LSD

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En breve: Cierre de nuestra serie sobre Albert Hofmann. Repasamos cómo su trabajo con el ololiuqui le devolvió a los alcaloides del cornezuelo con los que había empezado, qué reveló la química sobre el parentesco entre alucinógenos y neurotransmisores, y rescatamos el texto autobiográfico que el propio químico dejó para ser leído en su funeral. Sin instrucciones de uso: solo historia y lectura crítica.

Un itinerario que termina donde empezó

Hay carreras científicas que parecen trazar una línea recta y otras que dibujan un círculo. La de Albert Hofmann pertenece al segundo tipo, y él mismo fue plenamente consciente de ello. Empezó en los años treinta estudiando los alcaloides del cornezuelo del centeno —el Claviceps purpurea, ese hongo que arruina cosechas y que durante siglos provocó epidemias de gangrena y delirio— con un objetivo puramente farmacológico. De aquella línea de trabajo salió, casi por accidente, la dietilamida del ácido lisérgico: la LSD.

Décadas después, al analizar el ololiuqui, una planta sagrada mesoamericana, Hofmann volvió a encontrarse de frente con los mismos alcaloides del ergot. El punto de partida y el de llegada coincidían. En esta última entrega seguimos ese cierre del círculo y dejamos hablar al propio Hofmann.

El ololiuqui: alcaloides de cornezuelo en una enredadera

El ololiuqui es el nombre nahua de las semillas de ciertas convolvuláceas empleadas ritualmente en Centroamérica desde tiempos precolombinos. Lo sorprendente, desde el punto de vista de la química de plantas, es lo que Hofmann halló dentro: amidas del ácido lisérgico, es decir, compuestos emparentados con los del cornezuelo. Junto al componente principal aparecían alcaloides menores como la chanoclavina, la elimoclavina o el lisergol; en las semillas de Ipomoea violacea, otra convolvulácea, la composición era casi idéntica, con ergometrina ocupando el lugar del lisergol.

Por qué resultaba tan llamativo: hasta entonces los alcaloides del ácido lisérgico solo se habían aislado en hongos inferiores —los géneros Claviceps, Penicillium y Rhizopus—. Encontrarlos en plantas con flor, en una familia de fanerógamas, abría una pregunta botánica y evolutiva de fondo: ¿cómo había llegado esa misma maquinaria química a linajes tan distantes?

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LA-111: la misma molécula, mucho antes de saberlo

Aquí aparece una de esas coincidencias que tanto gustaban a Hofmann. La amida del ácido lisérgico, principal activo del ololiuqui, ya había pasado por el laboratorio años atrás bajo un nombre de catálogo, LA-111, dentro de los estudios sobre la LSD y sus parientes. Es decir: la sustancia que la tradición mexicana conocía como planta de poder había sido caracterizada por la química industrial europea sin que nadie supiera todavía su procedencia cultural.

El dato relevante para entender estas plantas —y conviene decirlo sin convertirlo en una guía— es comparativo y cualitativo: los componentes psicoactivos del ololiuqui resultaron bastante menos potentes que la LSD y, sobre todo, de carácter muy distinto. Donde la LSD es estimulante y visual, los ensayos de la época describían el perfil del ololiuqui como apagado, sedante, marcado por la apatía, el cansancio y una sensación de vacío. No es una versión menor de la LSD: es otra cosa, con un componente depresivo y narcótico pronunciado.

Química que se parece a nuestro cerebro

El tramo más conceptual del texto de Hofmann es también el más vigente. Al poner una al lado de otra las estructuras de los principales alucinógenos clásicos, salta a la vista su parentesco con neurotransmisores propios del sistema nervioso. La mescalina es una feniletilamina, de la misma familia química que la noradrenalina y la adrenalina. La LSD, los alcaloides del ololiuqui y los activos de las setas Psilocybe —psilocibina y psilocina— son indoles derivados de la triptamina, igual que la serotonina.

Hofmann no creía que ese parecido fuera casual. Intuía que la actividad de estas sustancias tenía que ver con su capacidad para interferir en los sistemas de neurotransmisión. Décadas de investigación posterior le han dado la razón en lo esencial: hoy sabemos que buena parte de los efectos de los psicodélicos clásicos pasa por la familia de receptores de serotonina. Lo que en 1970 era una intuición estructural es ahora un campo de la psicofarmacología.

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El químico que reconocía sus límites

Conviene subrayar un gesto del propio Hofmann que dice mucho de su honestidad intelectual. Era químico, y a eso se ceñía: explicó la historia, la química y la fitoquímica de estos descubrimientos, y dejó claro que los efectos clínicos y el «uso paramédico y el mal uso» de estas sustancias eran otra historia, demasiado compleja para despacharla de pasada. Esa prudencia —separar lo que uno sabe de lo que opina— es justamente lo que falta en buena parte de la conversación actual sobre psicodélicos.

Lectura crítica

El texto de Hofmann es, ante todo, un testimonio personal de un investigador implicado en su propio objeto de estudio. Conviene leerlo con tres cautelas. Primera: los autoexperimentos que él y sus colaboradores describen pertenecen a una época sin los marcos éticos ni los controles que hoy se exigen; son documento histórico, no protocolo a imitar. Segunda: el entusiasmo por el «círculo mágico» de coincidencias es narrativamente seductor, pero el azar también selecciona los hallazgos que encajan en una buena historia y olvida los que no. Y tercera: que una planta tenga uso ritual milenario no la vuelve inocua, ni que una molécula se parezca a un neurotransmisor la convierte en medicina. El ololiuqui, sin ir más lejos, ilustra bien que «pariente de la LSD» no significa «como la LSD».

Para quien quiera ampliar, las dos fuentes que el propio original maneja se pueden buscar por su nombre: el artículo de Hofmann «The discovery of LSD and subsequent investigations on naturally occurring hallucinogens», recogido en Discoveries in Biological Psychiatry (1970), y el famoso reportaje de R. Gordon Wasson sobre las setas mexicanas publicado en la revista Life. La autobiografía se difundió a través del boletín de la organización MAPS.

«Volviendo la vista atrás»: Hofmann por Hofmann

Cerramos como cierra el propio Hofmann: con el recuerdo de una infancia. El texto que sigue es la breve autobiografía que escribió para que se leyera en su funeral, y empieza con una mezcla muy suya de ironía y asombro ante el destino.

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Nació el 11 de enero de 1906 en Baden, en el cantón suizo de Argovia. Su padre, Adolf Hofmann, trabajaba como cerrajero —y más tarde como maestro de taller— en la empresa de ingeniería eléctrica Brown-Boveri; su madre, Elisabeth Schenk, sostenía con él una familia numerosa y de ingresos modestos. Hofmann recordaba una infancia con apuros pero, en conjunto, feliz, junto a un hermano menor y dos hermanas pequeñas.

Sus primeras imágenes son casi pictóricas: un gran árbol de bayas en el jardín al que su madre lo subía en brazos; la noche de 1910 en que la gente salió a la calle a señalar el cometa Halley; la mudanza a la calle Martinsberg, al pie de la colina donde se alzaban las ruinas del castillo de Stein, entre serbales de hojas doradas. Allí, entre los cinco y los diez años, jugaba con los hijos de un granjero, montaba en carros tirados por bueyes, ayudaba a hacer heno y pasaba horas en la herrería viendo herrar caballos y calzar al rojo vivo las ruedas de las carretas. Desde lo alto de Allmend, cuenta, se oía el retumbar lejano de los cañones de Alsacia: eran los años de la Primera Guerra Mundial.

Hay algo elocuente en que un hombre que pasó a la historia por una de las moléculas más perturbadoras del siglo XX eligiera, para despedirse, no hablar de la LSD, sino de un puente viejo, unos árboles al sol de otoño y la voz de su madre llamándolo a cenar. El propio texto se interrumpe ahí, con un «continuará» que su vida ya no completó.

Con esta entrega cerramos la serie dedicada a Albert Hofmann, fallecido el 29 de abril de 2008. Quede como homenaje a un científico que supo mirar tanto la estructura de una molécula como las hojas de un serbal, y distinguir lo que sabía de lo que solo intuía.

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