
En breve
- Un equipo de la Universidad de California en San Diego probó por primera vez una sola dosis de 25 mg de psilocibina, con acompañamiento psicológico, en diez mujeres con anorexia nerviosa.
- El objetivo era la seguridad y la viabilidad, no la eficacia: no hubo efectos adversos graves y la mayoría describió la sesión como una experiencia significativa.
- Los cambios en los síntomas fueron variables y el estudio es demasiado pequeño para hablar de tratamiento: es un primer paso, no una prueba de que funcione.
La anorexia nerviosa es uno de los trastornos mentales con mayor mortalidad y con más resistencia a los tratamientos disponibles. En ese contexto, un equipo de investigación estadounidense se planteó una pregunta previa a cualquier otra: ¿es siquiera seguro y factible administrar psilocibina a personas con este diagnóstico? El resultado, publicado en Nature Medicine en 2023, es el primer estudio de viabilidad sobre esta combinación y conviene leerlo por lo que es: un punto de partida cuidadoso, no un anuncio de cura.
El estudio
El trabajo, firmado por Stephanie Knatz Peck, Walter H. Kaye y colaboradores de la Universidad de California en San Diego, fue un ensayo de fase 1, abierto y sin grupo de control. Participaron diez mujeres adultas (edad media de 28 años) que cumplían los criterios diagnósticos de anorexia nerviosa según el DSM-5. Cada una recibió una única dosis de 25 mg de psilocibina sintética (la formulación COMP360) acompañada de apoyo psicológico antes, durante y después de la sesión. El diseño es importante: al ser abierto, tanto las participantes como el equipo sabían qué se administraba, y al no haber placebo ni comparación con otro tratamiento, no es posible atribuir ningún cambio a la molécula con certeza. El objetivo declarado no era demostrar eficacia, sino evaluar seguridad, tolerabilidad y aceptabilidad: registrar efectos adversos, alteraciones en el electrocardiograma, análisis de laboratorio, constantes vitales y cualquier señal de ideación suicida.
Qué se encontró
En el terreno de la seguridad, que era la pregunta central, los resultados fueron tranquilizadores dentro del marco clínico controlado en que se hicieron. No hubo efectos adversos graves. Todos los descritos fueron leves y transitorios: dolor de cabeza (en el 80 % de las participantes), fatiga (70 %) y náuseas (30 %). No se observaron cambios clínicamente relevantes en el electrocardiograma, las constantes vitales ni la ideación suicida. Dos participantes presentaron una hipoglucemia asintomática tras el tratamiento que se resolvió en menos de 24 horas, un detalle relevante precisamente por el estado nutricional propio de este trastorno.
En cuanto a los síntomas del trastorno, las cifras hay que tomarlas con prudencia. En el seguimiento al mes se observaron descensos estadísticamente significativos en las preocupaciones por el peso y por la figura corporal (ambas con p = 0,036 y un tamaño del efecto moderado-alto), así como mejoras en la ansiedad rasgo y en la imagen corporal. Sin embargo, el peso corporal (índice de masa corporal) no mostró cambios significativos y varió mucho de una persona a otra. Al cabo de tres meses, cuatro de las diez participantes presentaban puntuaciones de sintomatología alimentaria dentro del rango de la población general. Los propios autores advierten de que no corrigieron los análisis por comparaciones múltiples, lo que obliga a leer estos valores como exploratorios.
Quizá lo más llamativo estuvo en la valoración subjetiva. El 80 % situó la sesión entre las cinco experiencias más significativas de su vida, el 90 % dijo sentirse más positiva respecto a su futuro y el 70 % refirió una mejora en su calidad de vida y un cambio en la relación con su propia identidad. Al mismo tiempo, el 90 % consideró que una sola sesión era insuficiente.
Qué significa (y qué no)
Este estudio demuestra una cosa concreta y valiosa: en un entorno clínico, con selección de participantes y con acompañamiento psicológico, administrar una dosis de psilocibina a personas con anorexia nerviosa resultó factible y no produjo daños graves a corto plazo. Eso no es poco en un trastorno donde muchos tratamientos fracasan o donde las personas abandonan la terapia. Pero de ahí no se sigue que la psilocibina sea un tratamiento eficaz para la anorexia, y los propios investigadores son los primeros en subrayarlo: hablan de resultados «preliminares y no concluyentes» por el tamaño y el diseño del estudio.
Los límites son numerosos y honestos. Solo diez personas, todas mujeres, con poca diversidad cultural y racial, y en su mayoría con formas leves o moderadas del trastorno. No hubo grupo de comparación, de modo que el efecto placebo, el acompañamiento humano y la expectativa —alimentada por la enorme atención mediática que rodea a los psicodélicos— podrían explicar buena parte de las mejoras subjetivas. Es un dato, no un reproche: así se construye la ciencia, por fases, empezando por lo pequeño y lo seguro antes de invertir en ensayos grandes y controlados, que es exactamente lo que los autores reclaman como siguiente paso.
Conviene también recordar que nada de esto describe un consumo por cuenta propia. Lo que se evaluó fue una intervención completa —dosis controlada, contexto clínico, preparación e integración psicológica— y no la sustancia aislada. Fuera de ese marco, y tratándose de un trastorno con riesgos físicos serios, extrapolar estos resultados sería un error. La psilocibina sigue siendo, en la mayoría de los países, una sustancia fiscalizada; ese es un hecho legal que conviene tener presente sin que añada ni quite valor a lo que la investigación va mostrando. La conclusión razonable es la más sobria: hay una puerta que merece seguir explorándose con rigor, sin prometer milagros ni cerrarla por prejuicio.
Fuente
- Knatz Peck S, Shao S, Gruen T, Yang K, Babakanian A, Trim J, Finn DM, Kaye WH. Psilocybin therapy for females with anorexia nervosa: a phase 1, open-label feasibility study. Nature Medicine, 2023. DOI: 10.1038/s41591-023-02455-9
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