Cornezuelo del centeno: veneno, enteógeno y medicina

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En breve: El cornezuelo del centeno (Claviceps purpurea) es uno de los pocos organismos que ha sido, a la vez, veneno mortal, sacramento enteógeno y fuente de medicamentos. Repasamos qué es realmente este hongo, cómo aparece una y otra vez en la historia —de la antigua China a los aztecas, de Asiria a Eleusis— y por qué su estudio sigue rodeado de zonas grises que conviene leer con cautela.

Un mismo hongo, tres reputaciones opuestas

Pocas sustancias ilustran mejor que el cornezuelo del centeno la vieja idea de que ninguna droga es buena o mala por sí misma: lo decisivo es el conocimiento que se tiene de ella y el uso que se hace. Este parásito de los cereales ha sido para el ser humano las tres cosas a la vez —tóxico capaz de matar, vehículo de experiencias enteógenas y materia prima de fármacos— según quién lo manejara y con qué saber.

En entregas anteriores de esta serie sobre Albert Hofmann vimos cómo el cornezuelo fue la puerta de entrada al descubrimiento de la LSD y a toda una familia de medicamentos. Aquí cambiamos el foco: nos interesa el hongo en sí —su biología, su recorrido histórico y la nebulosa de afirmaciones que arrastra— más que la figura del químico suizo.

Qué es exactamente el cornezuelo

El cornezuelo o ergot es un ascomiceto, Claviceps purpurea, que infecta los granos de centeno, trigo, cebada y otros cereales, además de diversas gramíneas silvestres. El nombre castellano alude a su forma: una excrecencia oscura, entre púrpura y casi negra, parecida a un pequeño cuerno. «Ergot» procede del francés que designaba el espolón del gallo, y se documentó por primera vez en una comarca cercana a París.

La parte que importa no es una «planta» propiamente dicha, sino el esclerocio: la estructura endurecida con la que el hongo pasa el invierno. Tras infectar la espiga mediante esporas, forma esos esclerocios púrpura que asoman del grano en maduración; luego caen al suelo, hibernan y, con las lluvias de primavera, fructifican. El problema sanitario surge cuando esos esclerocios se cosechan junto al grano y acaban molidos en la harina, cargándola de alcaloides tóxicos sin que nadie lo advierta.

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Un detalle revelador de lo escurridizo que ha sido para la ciencia: el hongo acumula decenas de nombres populares —decenas en alemán y francés, varios en holandés, italiano, inglés y las lenguas escandinavas—. Esa maraña terminológica ha entorpecido siempre su identificación en los textos antiguos. No por casualidad se llegó a describir el ergot como «el hijo problemático de los manuales de medicina», una etiqueta que recuerda a la que el propio Hofmann colgaría más tarde a la LSD.

El reverso oscuro: cuando el pan envenenaba

Durante siglos, el cornezuelo presente en cereales mal cribados provocó intoxicaciones masivas. Sus efectos —gangrena de las extremidades, convulsiones, abortos, muerte— se padecieron mucho antes de entender la causa. Algunos autores sostienen que estos episodios fueron lo bastante recurrentes como para dejar huella en la demografía europea. Es la cara que conviene no romantizar: el mismo compuesto que abrió la psicofarmacología moderna mató a poblaciones enteras que ignoraban con qué convivían.

Rastros antiguos: Asiria, Persia y los límites de lo que sabemos

Los testimonios más remotos son fragmentarios y deben tomarse con prudencia. Una tablilla asiria del siglo VII a. C. parece mencionar el cornezuelo en los cereales describiéndolo como una «pústula nociva en la espiga del grano». Y en textos sagrados persas del siglo IV a. C. se alude a «cierta hierba maligna» que provocaría en las mujeres el prolapso del útero y la muerte en el parto. Son indicios sugerentes, no pruebas concluyentes: identificar el hongo en una lengua muerta es justo lo que la confusión de nombres vuelve resbaladizo.

¿La conoció la antigua China?

A mediados del siglo XIX, autores franceses afirmaron que en China se empleaba el ergot en obstetricia y ginecología «desde tiempos inmemoriales», y obras posteriores de historia de la medicina china añadieron que se usaba el cornezuelo del centeno, del maíz y del arroz. El problema es que estas afirmaciones rara vez aportan citas concretas de los textos clásicos. Se invoca, por ejemplo, a Chang Chung Ching —el «Hipócrates chino» del siglo II a. C.—, cuyo recetario abordaba la infertilidad, los trastornos del embarazo y la debilidad posparto; pero no hay base fiable para asegurar que usara ergot. Es un buen recordatorio de cuánta «historia segura» de las drogas se sostiene en realidad sobre fuentes de segunda mano.

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México prehispánico: el ololiuqui y el círculo de Hofmann

El caso azteca es distinto, porque aquí la química moderna confirmó la intuición. Los aztecas usaban plantas visionarias en sus ceremonias religiosas y curativas, y una de ellas era el ololiuqui, semilla que los cronistas españoles del siglo XVI describían como un brebaje que «aturdía y confundía los sentidos» y que los sacerdotes empleaban para «tratar con los dioses». Al analizarlo, Hofmann descubrió que contenía alcaloides emparentados con los del cornezuelo —entre ellos la amida del ácido lisérgico, químicamente cercana a la LSD—.

Para el propio Hofmann fue un cierre simbólico: había empezado investigando los alcaloides del ergot con fines farmacológicos, eso le había llevado a la LSD y de ahí a la síntesis de psilocina y psilocibina a partir del teonanácatl centroamericano; y al estudiar el ololiuqui volvía a encontrarse, de nuevo, con los alcaloides del cornezuelo. El punto de partida y el de llegada coincidían. Conviene leerlo como lo que es —un relato del propio protagonista, elegante y coherente— sin convertirlo en prueba de un plan cósmico.

Grecia y Eleusis: la hipótesis más célebre y más discutida

Si los griegos tuvieron una palabra propia para el ergot, no ha llegado hasta nosotros, y eso basta para que el terreno sea pantanoso. Es plausible que conocieran tanto su toxicidad como algún uso terapéutico, pero las opiniones de los especialistas están divididas: unos defienden que griegos y romanos lo manejaban médicamente y otros lo niegan.

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La pieza más famosa es la tesis de Hofmann, Gordon Wasson y Carl Ruck según la cual el kykeón, la bebida ritual de los misterios de Eleusis, contendría un preparado del cornezuelo capaz de inducir un estado enteógeno colectivo en miles de iniciados. Es una hipótesis fascinante y razonada, pero sigue siendo eso: una hipótesis difícil de confirmar, no un hecho establecido. Forma parte del atractivo del tema —y también de la honestidad— mantener ambas cosas presentes.

Lectura crítica y reducción de riesgos

Tres cautelas para leer cualquier historia del cornezuelo, esta incluida:

  • Mucha afirmación, poca cita. Buena parte de los «usos ancestrales» se repiten de autor en autor sin referencias verificables. La identificación del hongo en lenguas y culturas antiguas es, casi siempre, una conjetura.
  • La tesis de Eleusis no está cerrada. Es la lectura más sugerente, pero también la más debatida; conviene presentarla como propuesta, no como dato.
  • El cornezuelo no es un material recreativo. Sus alcaloides son potentes vasoconstrictores y neurotóxicos; las intoxicaciones históricas (gangrena, convulsiones, abortos) no son anécdotas del pasado, sino el motivo de que su uso quede hoy en manos farmacéuticas reguladas. Aquí no hay nada que «probar» en casa: este artículo es divulgación histórica, no una guía de preparación ni de consumo.

Para quien quiera ir a las fuentes con criterio, los marcos clásicos que cualquier interesado encontrará citados una y otra vez son Plantas de los Dioses (Schultes, Hofmann y Rätsch), Pharmacotheon (Jonathan Ott), la monografía The story of ergot (Frank Bove) y la autobiografía científica de Hofmann sobre la LSD. Conviene leerlos contrastándolos entre sí, no como verdad revelada.

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