Un genio convertido en imán de leyendas
Pocas figuras atraen tantos relatos como Leonardo da Vinci. Nacido en 1452 en la localidad toscana de Vinci, hijo ilegítimo de un notario florentino y de una campesina llamada Catalina, se formó en el taller de Verrocchio y acabó encarnando el ideal del «hombre del Renacimiento»: pintor, ingeniero, anatomista y observador insaciable de la naturaleza. Trabajó para Ludovico Sforza en Milán, para Florencia, para el papado en Roma y, al final de su vida, para Francisco I de Francia, en cuyo entorno murió en 1519 cerca de Amboise.
Esa biografía, en parte documentada y en parte borrosa, ha servido de terreno fértil para todo tipo de atribuciones. Su escritura especular —legible solo ante un espejo—, su vegetarianismo (llamaba «devoradores de cadáveres» a los omnívoros y soltaba pájaros que compraba en los mercados) y su vida privada apenas conocida alimentan un personaje sobre el que es fácil proyectar cualquier afición secreta, incluido el cáñamo.
El gremio de los especieros: un contexto verosímil
Leonardo pertenecía al Gremio de Médicos, Especieros y Merceros. Los speziali italianos —de ahí el nombre de muchas farmacias históricas, las spezierie— comerciaban con hierbas, especias, drogas y remedios de toda procedencia. Por eso no resulta inverosímil que conociera el cáñamo: era una materia prima cotidiana del comercio europeo, sobre todo como fibra para cuerdas, telas y calafateado.
A ese ambiente se suma la figura de Tommaso di Giovanni Masini, apodado Zoroastro, amigo y colaborador de Leonardo durante décadas. Alquimista y hábil con los metales, mantenía, según las cartas de la época, un laboratorio lleno de hornos, matraces, cinabrio y materias extrañas. Es un escenario sugerente para imaginar experimentos compartidos, pero conviene recordar que de ahí a probar un consumo deliberado de cannabis hay un salto que las fuentes no permiten dar con certeza.
El uso militar: fibra, no sustancia
Donde el cáñamo aparece con más solidez en la obra de Leonardo es en sus diseños de artillería. A él se atribuye una innovación notable frente a las balas macizas de la época: proyectiles huecos rellenos de metralla y materias inflamables, mucho más destructivos que las simples balas de impacto. En sus notas describe envolver la carga con materiales que ardieran al alcanzar el objetivo, entre ellos estopa de cáñamo prensada.
El célebre «fuego griego» —arma incendiaria asociada al Imperio bizantino— también recurría al cáñamo, pero de nuevo como soporte físico: bolas de estopa empapadas en mezclas resinosas e inflamables. Y la llamada oreja de Dionisos, el sistema de tubos huecos para transmitir la voz a distancia que se le atribuye en la corte de los Sforza, habría usado cáñamo por su valor como material, no por ninguna propiedad psicoactiva.
La lectura honesta de estos episodios es clara: en todos ellos el cáñamo funciona como fibra industrial. Llamarlo «cannabis» sin matices, como hace la versión más difundida de esta historia, mezcla dos cosas muy distintas y siembra una confusión que conviene deshacer.
El pan de cáñamo y el problemático Codex Romanoff
El relato culinario procede del Codex Romanoff, supuesto manuscrito de cocina de Leonardo del que partió el popular libro Notas de cocina de Leonardo da Vinci. Allí figuraría una receta de pan de cáñamo a base de semillas hervidas y peladas, almendras, miel y especias, dispuestas en capas y prensadas.
Aquí toca prudencia. Ese «códice» y el libro derivado son ampliamente considerados apócrifos: una recreación literaria y humorística más que un documento renacentista autenticado. Tomar la receta como prueba histórica de que Leonardo cocinaba con cáñamo es, como mínimo, arriesgado. Y aun aceptándola, la semilla de cáñamo es un alimento sin efecto psicoactivo relevante; no estaríamos ante un «plato de cannabis» en el sentido que hoy se le suele dar.
Lectura crítica
La historia «Leonardo y el cannabis» funciona muy bien como anécdota viral, pero se sostiene sobre tres deslizamientos que conviene nombrar. Primero, la equivalencia entre cáñamo (fibra y semilla) y cannabis psicoactivo, que no es automática. Segundo, el uso de una fuente culinaria de autenticidad muy discutida como si fuera testimonio firme. Tercero, la tendencia a leer la biografía de Leonardo —vegetariano, secreto, amigo de un alquimista— como confirmación de aficiones que las fuentes no documentan.
Nada de esto resta interés al tema. El cáñamo fue, efectivamente, un material clave del Renacimiento, presente en la guerra, la navegación y la vida cotidiana. Reconocerlo así, sin convertir a Leonardo en consumidor adelantado a su tiempo, es más fiel a lo que sabemos y, de paso, más respetuoso con la complejidad de la planta. Autores como Charles Nicholl, en su biografía sobre Leonardo, ofrecen un retrato mucho más matizado del personaje y de su entorno que el que sugiere la versión más difundida de esta historia.