Von Bibra y los primeros tratados sobre psicoactivos

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En breve: Antes de que existieran las grandes enciclopedias modernas sobre psicoactivos, un puñado de naturalistas y químicos del siglo XIX abrió camino. El más influyente fue el barón Ernst von Bibra (1806–1878), cuyo tratado de 1855 anticipó buena parte de lo que vendría después y cuyo crédito quedó, durante décadas, sorprendentemente diluido.

Una genealogía que casi nadie cita

Estamos acostumbrados a pensar la literatura sobre sustancias psicoactivas a partir de sus referencias contemporáneas: la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado y, en una línea complementaria, Pharmacotheon de Jonathan Ott. Son obras de madurez, escritas cuando la farmacología, la botánica y la antropología ya disponían de un aparato conceptual sólido. Pero toda obra de síntesis tiene detrás una tradición, y esta también la tiene.

Durante mucho tiempo se ha señalado a Louis Lewin, farmacólogo alemán, como el fundador de este género gracias a su Phantastika (1924). Escohotado llega a llamarlo creador de la psicofarmacología moderna y describe su libro como un «gran libro» escrito por una «eminencia indiscutible de su tiempo». El elogio es merecido, pero la cronología no le da la razón a quien lo toma como punto de partida. Lewin llegó tarde a una conversación que ya llevaba décadas en marcha.

Los nombres que están antes de Lewin

Si rastreamos hacia atrás, aparecen al menos cuatro figuras decisivas, todas de la primera mitad del siglo XIX:

  • Justus von Liebig (1803–1873). En la década de 1840 publica sus tratados sobre química orgánica aplicada a la agricultura, la fisiología y la patología. No escribió sobre drogas, pero sentó las bases químicas que harían posible estudiarlas. El propio von Bibra reconoce que «Liebig dio el primer impulso con sus obras».
  • Friedrich Tiedemann (1781–1861), fisiólogo y anatomista. En 1854 publica una Historia del tabaco y otros productos similares, una obra exhaustiva pero centrada casi por completo en el tabaco.
  • James F. W. Johnston (1796–1855), químico agrícola escocés. Su Chemistry of common life aparece por entregas; el segundo volumen —donde aborda «las sustancias con las que nos complacemos»— se publica en 1855, unos meses antes que el libro de von Bibra. Por estricta cronología, es el primer tratado general moderno sobre el tema.
  • Ernst von Bibra (1806–1878). Su Die narkotischen Genussmittel und der Mensch (algo así como Los estimulantes y el hombre), de 1855, es el segundo en el tiempo, pero el primero en profundidad.
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Por qué importa von Bibra más que la fecha

El detalle de las fechas tiene su gracia erudita, pero la cuestión interesante es otra: quién marcó realmente el método. Y ahí el consenso de los especialistas se inclina hacia el barón. Jonathan Ott, en sus anotaciones a la edición inglesa, subraya que la obra de von Bibra «era mucho más profunda que la de Johnston en lo relativo a los aspectos científicos de las sustancias estudiadas, especialmente en los detalles fitoquímicos de los principios activos de las plantas». Martin Haseneier, estudioso de su vida y obra, lo sitúa en el mismo punto de inflexión: antes de von Bibra solo Liebig y Johnston habían tocado la fisiología y la química de los estimulantes, y «de una forma muy rudimentaria».

Conviene situar el contexto. Cuando von Bibra escribe, la química como disciplina autónoma apenas tenía medio siglo de vida. Él mismo lo señala en la conclusión de su libro: la parte química «tenía que tratarse necesariamente con menos exhaustividad», no por desidia, sino porque la ciencia disponible no daba para más. Estudiar el contenido activo de una planta en 1855 era una empresa muy distinta a hacerlo en 1924.

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El crédito que Lewin no devolvió

Aquí está el episodio que vuelve esta historia algo más que una lista de precedentes. Según Haseneier, comparando ambos libros se ve con claridad que Lewin conocía la obra de von Bibra, la había leído y se sirvió de su información. Y, sin embargo, no lo cita: la única huella visible del barón en Phantastika sería la palabra Genussmittel del subtítulo. Escohotado, que distingue a Lewin como creador de la psicofarmacología moderna y a von Bibra como fundador de la etnobotánica, lo resume sin rodeos: Phantastika «debe a von Bibra más de lo que reconoce».

No conocemos los motivos. Que hubieran pasado setenta años y que el libro estuviera prácticamente olvidado explica el desvanecimiento de la memoria colectiva, pero no justifica la ausencia de cita en quien sí lo había manejado. El contraste lo pone un eslabón intermedio: Karl Hartwich, cuya obra de 1911 sobre los estimulantes de la humanidad es trece años anterior a la de Lewin, sí reconoció abiertamente la deuda con von Bibra.

Una línea que llega hasta hoy

Puestas las piezas en orden, se dibuja una genealogía bastante limpia: Johnston abre el camino, von Bibra le da hondura científica, Mordecai Cooke continúa con The Seven Sisters of Sleep (1860), Hartwich sistematiza en 1911, Lewin culmina y clasifica en 1924 —algo que ni Johnston ni von Bibra intentaron— y la línea desemboca, por ahora, en Ott y Escohotado. Reconocer la prioridad de los pioneros no rebaja a los modernos; al contrario, los explica.

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Lectura crítica

Vale la pena leer estas obras decimonónicas con cierta cautela. Muchas categorías de la época —ese «Genussmittel» que se ha traducido como «productos beneficiosos» o «de placer»— mezclan tabaco, café, té, opio, cannabis o coca bajo etiquetas que hoy nos resultan poco operativas, y arrastran prejuicios y errores propios de su tiempo. Su valor es histórico y documental, no clínico: describen lo que se creía y se observaba entonces, no lo que sabemos ahora.

Por lo mismo, nada de lo que cuenten estos autores debe leerse como guía de uso. Lo interesante de von Bibra y sus contemporáneos no es lo que recomiendan, sino el gesto intelectual de estudiar las sustancias psicoactivas como objeto legítimo de la ciencia, sin demonizarlas ni idealizarlas. Esa mirada sobria —curiosa pero crítica— es probablemente su mejor herencia.

(Continuará.)

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