Hofmann a los 100: su despedida y la química de la psilocibina

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En breve: Reunimos dos piezas poco conocidas en español del legado de Albert Hofmann: las palabras que pronunció al cierre del Simposio LSD de Basilea, en enero de 2006, durante la celebración de su centenario, y un texto suyo sobre la química de la psilocibina, el principio activo de los hongos mexicanos. Una mirada al Hofmann humano y al Hofmann científico.

Un químico al que se recuerda por un solo descubrimiento

A Albert Hofmann (1906-2008) se le asocia casi siempre con la LSD, y con razón: pocas moléculas han dejado una huella cultural tan honda en el siglo XX. Pero reducir su obra a aquel hallazgo de 1943 deja fuera buena parte de su trabajo. En español disponemos de algunos de sus libros —Historia del LSD (el original LSD, mein Sorgenkind), Mundo interior, mundo exterior, el volumen de diálogos El dios de los ácidos, y las obras en coautoría El camino a Eleusis y Plantas de los dioses—, pero el grueso de su producción científica quedó dispersa en revistas especializadas y nunca se tradujo.

Esa producción es la que nos interesa rescatar aquí, con dos matices. Primero, no reproducimos los pasajes más densos en química técnica, sino los que conservan valor divulgativo e histórico. Segundo, no buscamos celebrar la sustancia ni proponer su uso, sino entender qué hizo Hofmann y cómo lo contó él mismo. Empezamos por algo que no es un artículo: el breve discurso que dio en Basilea, en enero de 2006, al clausurarse el simposio organizado en torno a su cumpleaños número cien. Lo pronunció apenas dos años antes de morir.

«Mi hijo problemático»: el discurso del centenario

El tono es el de un hombre mayor que improvisa agradecimientos y se deja llevar por la emoción. Conviene leerlo como lo que es —un testimonio personal, no una declaración científica— y con cierta distancia ante su lenguaje casi religioso sobre la molécula. Lo traducimos así:

«Quiero encontrar las palabras justas para daros las gracias a todos. No sé por dónde empezar; quizá lo mejor sea comenzar por Dios, luego por mis padres y mis maestros, y después por mi padrino, que me permitió estudiar química cuando mis padres no tenían dinero y yo debía trabajar para ganarlo. Él pagó mis estudios. Sigo con los agradecimientos, o si no empezaré a decir todo lo que se me viene a la cabeza. Doy las gracias a los organizadores de este simposio maravilloso; a Lucius Werthmüller y Dieter Hagenbach, viejos y queridos amigos que lo hicieron posible. Y a todas las personas que han ayudado a difundir el mensaje de la LSD por el mundo.

Finalmente, doy las gracias a la propia LSD, que apareció de un modo tan discreto y misterioso. Creo que si entonces hubiera seguido todas las normas de higiene del laboratorio, nunca se habría dado a conocer. Entró en mi cuerpo de alguna manera y se manifestó. Como yo era investigador, me pidió que averiguara su origen. Aquel primer viaje fue involuntario; fue una experiencia extraordinaria y me sentí obligado a descubrir su causa. Sin ese pequeño percance —que, por supuesto, no fue tal, pues seguramente mi destino era descubrir esta sustancia—, sin mi trabajo en química pero también sin mi descuido al manipularla, el hallazgo no habría sido posible. Os agradezco que estéis aquí para honrar a mi «hijo problemático», que gracias a este encuentro se ha convertido en un hijo maravilloso».

El apodo —Sorgenkind, «hijo problemático» o «hijo de los disgustos»— es el mismo que da título a su autobiografía. Resume bien la ambivalencia con la que Hofmann vivió siempre la difusión de la LSD: orgullo por el descubrimiento, inquietud por el uso descontrolado que vino después.

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De los hongos mexicanos a un cristal blanco en Basilea

Menos conocido es que Hofmann también aisló los principios activos de los hongos mágicos mexicanos. El hilo arranca lejos del laboratorio. Desde tiempos precolombinos, distintos pueblos de México habían incorporado la ingestión de ciertos hongos a sus ritos; los curanderos los empleaban para «adquirir clarividencia». Entre 1953 y 1955, el etnomicólogo estadounidense Robert Gordon Wasson y su esposa Valentina realizaron varias expediciones a regiones remotas del país para documentar ese uso, trabajo que recogieron en Mushrooms, Russia and History (1957).

En el verano de 1956, el micólogo Roger Heim —director del Museo Nacional de Historia Natural de París— acompañó a Wasson a territorios mazatecos, chatinos y de otros pueblos, y clasificó las especies como hongos basidiomicetos de la familia de las estrofariáceas. Junto a R. Cailleux logró cultivar varios de esos hongos en su laboratorio parisino. El material de uno en concreto, Psilocybe mexicana, llegó así a los laboratorios de Sandoz, en Basilea, donde trabajaba Hofmann.

En la primavera de 1958 el equipo aisló el principio psicotrópico en forma de cristales y lo bautizó psilocibina; poco después identificaron también la psilocina. La sustancia estaba presente en distintas partes del hongo, y A. Brack y H. Kobel pusieron a punto un método para cultivar el micelio a mayor escala, lo que permitió reunir varios gramos para los primeros estudios químicos, farmacológicos y clínicos.

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Qué es la psilocibina, en términos químicos

Aquí Hofmann el divulgador deja paso a Hofmann el químico. Sin entrar en el detalle de laboratorio, conviene quedarse con las ideas que él mismo subrayaba. La psilocibina forma cristales blancos muy solubles en agua y es anfótera (reacciona tanto con ácidos como con bases). Su análisis reveló que es un derivado del indol, y la hidrólisis la descompone en 4-hidroxi-dimetiltriptamina y ácido fosfórico. La estructura se confirmó por síntesis: el compuesto obtenido en el laboratorio resultó idéntico al natural.

El punto que más le interesaba a Hofmann era el parentesco molecular. La psilocibina pertenece a la misma familia que la serotonina (5-hidroxitriptamina), la bufotenina y otros derivados de las hidroxitriptaminas; su semejanza con la bufotionina —aislada de la piel de ciertos anfibios— le parecía «sorprendente», pues ambas son ésteres de un derivado de la hidroxi-dimetiltriptamina, una con ácido fosfórico y otra con ácido sulfúrico. Y, sobre todo, comparte con la LSD un rasgo estructural poco habitual: ambas son derivados del indol con sustitución en la posición 4. Para Hofmann, ese detalle no era casual: apuntaba a por qué moléculas tan distintas producen efectos psíquicos comparables.

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Lectura crítica

Vale la pena leer estas páginas con la cabeza fría. El discurso de Basilea es un documento emotivo de un hombre de cien años, no una valoración científica; su descripción de la LSD como una entidad que «le habló» y le pidió ser descubierta es lenguaje poético, no un argumento sobre la naturaleza de la sustancia. Conviene no confundir el mito de origen con la farmacología.

El texto sobre la psilocibina, por su parte, es química estructural de finales de los cincuenta: describe qué es la molécula y cómo se relaciona con otras, no constituye —ni pretendía ser— una guía de obtención ni de uso. Que una sustancia tenga un origen «natural», ritual o histórico no dice nada sobre su seguridad: los hongos del género Psilocybe se confunden con facilidad con especies tóxicas, su potencia varía enormemente y su consumo puede precipitar crisis de ansiedad o agravar trastornos psíquicos preexistentes. El interés de estos materiales es histórico y divulgativo; cualquier lectura sobre estados modificados de consciencia gana cuando se acompaña de información rigurosa y de criterios de reducción de riesgos, no de entusiasmo acrítico.

Sobre las fuentes: este texto reconstruye, en español propio, el contenido de un discurso y de un artículo de Hofmann (publicado originalmente como «Chemical aspects of psilocybin», en las actas del primer congreso de neuropsicofarmacología, Roma, 1958). No reproducimos su aparato de referencias bibliográficas, en su mayoría artículos de los años cincuenta difíciles de verificar hoy; quien quiera profundizar puede buscar la obra traducida de Hofmann y la literatura histórica sobre Wasson y Heim.

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