
La media verdad del «accidente»
Pocas frases se repiten tanto en la historia de la psicofarmacología como aquella de que la LSD fue un hallazgo fortuito. Es una imagen cómoda: el químico distraído, la gota que cae, la bicicleta. Pero el propio Albert Hofmann se encargó de matizarla. La sustancia, escribió, nació «en el transcurso de una investigación sistemática», y el famoso accidente llegó mucho después. Cuando en 1943 sintió por primera vez sus efectos, la molécula ya tenía cinco años de antigüedad y dormía archivada en un cajón.
Esta entrega —séptima de nuestra serie dedicada a Hofmann— se centra precisamente en ese tramo menos contado: los años de laboratorio que precedieron al episodio célebre. Es la parte sobria de la historia, la que explica por qué la LSD pudo existir antes de que nadie sospechara para qué servía.
Un químico que prefería lo natural
En la primavera de 1929, recién terminados sus estudios en la Universidad de Zúrich, Hofmann entró en el laboratorio químico-farmacéutico de Sandoz, en Basilea, como ayudante de Arthur Stoll, fundador y director del departamento. Tenía otras dos ofertas de la industria química basilea, pero las descartó: implicaban trabajar con productos de síntesis, y a él le interesaban las sustancias naturales.
Esa inclinación venía de lejos. Su tesis doctoral, dirigida por Paul Karrer, había abordado la degradación enzimática de la quitina —el material que forma caparazones, alas y pinzas de insectos y crustáceos— empleando el jugo gastrointestinal del caracol de la vid. El trabajo reveló que la quitina era un análogo de la celulosa vegetal y le valió un cum laude obtenido en apenas tres meses. Aquel gusto por la química orgánica de origen biológico marcaría toda su carrera.
De la escila al cornezuelo
El departamento de Stoll perseguía un objetivo concreto: aislar en forma pura y estable los principios activos de plantas medicinales conocidas. El problema de muchas de esas drogas vegetales —la dedalera (Digitalis), la escila mediterránea (Scilla maritima), el cornezuelo del centeno (Secale cornutum)— era su inestabilidad: sin un principio activo purificado y cuantificable, resultaba casi imposible dosificarlas con seguridad. La química al servicio de la farmacia, en suma.
Los primeros años de Hofmann en Sandoz transcurrieron casi por completo entre glucósidos de la escila. Su aportación más notable fue esclarecer la estructura del núcleo común de esos compuestos, mostrando tanto sus diferencias con los glucósidos digitálicos como su llamativo parentesco con las toxinas de las glándulas cutáneas de los sapos. Hacia 1935 ese proyecto quedó cerrado, y el químico buscó terreno nuevo.
Lo encontró en el cornezuelo, un campo que Stoll había explorado en 1917 y abandonado tras aislar la ergotamina en 1918 —el primer alcaloide del ergot obtenido en estado químicamente puro, comercializado como Gynergen para hemorragias obstétricas y migrañas—. A comienzos de los treinta, laboratorios británicos y estadounidenses empezaban a desentrañar la estructura de esos alcaloides. Retomar la investigación era, para Sandoz, una cuestión de no quedarse atrás. Stoll aceptó, no sin advertir a su ayudante: aquellas eran sustancias delicadas, que se descomponían con facilidad. Hofmann recordaría después el placer anticipado de adentrarse en un terreno tan poco trillado.
1938: la molécula número veinticinco
El ácido lisérgico, base común de los alcaloides del cornezuelo, resultó tan inestable como Stoll había anticipado. Aun así, Hofmann fue obteniendo una serie de derivados. El vigésimo quinto de esa serie era la dietilamida del ácido lisérgico —LSD-25, en abreviatura—, sintetizada por primera vez en 1938.
La intención no tenía nada de visionaria: buscaba un estimulante de la circulación y la respiración, un analéptico, por analogía estructural con la dietilamida del ácido nicotínico (la Coramina) que entonces se usaba con ese fin. En las pruebas del departamento farmacológico de Sandoz, dirigido por Ernst Rothlin, la LSD-25 mostró una potente acción uterotónica y dejó a los animales de ensayo notablemente inquietos. Pero no despertó interés suficiente entre farmacólogos y médicos, y se archivó. Durante los cinco años siguientes, mientras Hofmann avanzaba en otros frentes del cornezuelo —preparando para ensayo clínico y producción medicamentos como Methergine, Hydergine o Dihydergot—, la molécula que cambiaría la psiquiatría del siglo XX permaneció olvidada.
De dónde sale este relato
El testimonio que resumimos procede de un texto de Hofmann titulado How LSD originated, publicado en 1979 en el Journal of Psychedelic Drugs y emparentado con el material de su autobiografía, LSD. Mein Sorgenkind (en español, LSD. Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo). La versión inglesa la tradujo Jonathan Ott, figura central de la etnobotánica y la enteogenia, a quien el propio Hofmann encargó el trabajo por su doble condición de químico y conocedor de los enteógenos.
La pequeña historia editorial es reveladora del recelo de la época: McGraw-Hill llegó a imprimir la edición inglesa y luego se negó a distribuirla porque el tema incomodaba a sus directivos. Hofmann y Ott rescataron los ejemplares comprándolos y recuperando los derechos. En cuanto a la revista, la había fundado David E. Smith en 1967, en paralelo a las Haight Ashbury Free Clinics de San Francisco —asistencia gratuita a jóvenes con problemas de drogas en pleno auge hippie—; más tarde pasaría a llamarse Journal of Psychoactive Drugs.
Lectura crítica
Conviene leer este relato con dos cautelas. La primera es que se trata de un testimonio autobiográfico, escrito décadas después de los hechos y por el protagonista de la historia: ordena el pasado con la coherencia que da el desenlace conocido. La frase «no fue del todo un accidente» es cierta, pero también es la frase de quien quiere reivindicar el rigor de su trabajo frente a la leyenda. Los historiadores de la ciencia suelen recordar que casi todo descubrimiento combina método y azar en proporciones difíciles de separar.
La segunda cautela es de contexto. Este es un capítulo de química farmacéutica industrial, no un manual: aquí no hay procedimientos de síntesis ni dosis, y deliberadamente los omitimos. El interés de la historia es comprender cómo una molécula concebida para estimular la respiración terminó convertida, años después, en una herramienta para explorar la mente —y, más tarde aún, en fenómeno cultural y problema de salud pública. Esa distancia entre la intención del químico y los usos que la sociedad da a una sustancia es, quizá, la lección más duradera del episodio.