Un químico discreto al que se le coló un nuevo mundo
Cuesta encontrar en la historia de la psicofarmacología una figura tan longeva, tan serena y tan involuntariamente revolucionaria como Albert Hofmann. Murió el 29 de abril de 2008 a los 102 años, apenas unos días después de cumplirse las seis décadas y media de aquel paseo en bicicleta del 19 de abril de 1943, considerado el primer viaje deliberado de LSD de la historia. Él mismo gustaba de invertir la fórmula habitual: no era tanto que hubiera descubierto el LSD, decía, como que el LSD lo había utilizado a él para asomarse al mundo.
Más allá de la anécdota fundacional, lo que distingue a Hofmann es la coherencia. Lo que parece un golpe de azar —la molécula que sintetiza, archiva durante cinco años y vuelve a tocar casi por accidente— es en realidad el desenlace de una vida entera dedicada a una sola pregunta: de qué está hecha, exactamente, la realidad.
Baden, 1906: de las humanidades a la materia
Hofmann nació el 11 de enero de 1906 en Baden, una pequeña ciudad termal del cantón suizo de Argovia, a unos 25 kilómetros al noroeste de Zúrich. Procedía de una familia modesta; en el homenaje por su centenario reconoció que pudo estudiar química gracias a su padrino, que costeó la carrera porque en casa no había dinero y se esperaba que se dedicara a algún oficio.
La elección de la química no fue, según él, vocacional en sentido técnico, sino casi filosófica. De adolescente le atraían la literatura y la historia, pero le incomodaba que en las humanidades todo fuera opinable. El mundo material, en cambio, está ahí y no se mueve por mucho que discutamos sobre él. Esa terquedad de lo real fue lo que lo empujó al laboratorio: si quería conocer la esencia de las cosas, tendría que hacerlo a través de la materia.
Su tesis doctoral la dirigió Paul Karrer (1889–1971), nombre mayor de la química orgánica del siglo XX: pionero en el estudio de las vitaminas A, B2 y C, primero en sintetizar el alfatocoferol (vitamina E) y premio Nobel de Química en 1937. Bajo su tutela, el joven Hofmann trabajó en la descomposición enzimática de la quitina mediante el jugo gástrico del caracol —la quitina, aislada en 1830, es la sustancia de caparazones, alas y pinzas, químicamente emparentada con la celulosa vegetal—. Un tema discreto que ya anunciaba su instinto: buscar la lógica química de lo vivo.
Sandoz: el pacto con un hongo difícil
En la primavera de 1929, recién licenciado y con excelentes notas, entró en el laboratorio de investigación químico-farmacéutica de Sandoz, en Basilea. Eligió esa casa de forma muy consciente: rechazó otras ofertas de síntesis química «fría» porque allí podía investigar sustancias naturales, en línea con su empeño de unir la esencia de la vida con el mundo material. La sección farmacéutica la dirigía Arthur Stoll, cuyo objetivo era aislar los principios activos de las plantas medicinales para obtener sustancias puras y, con ellas, dosis controlables: una idea muy moderna para la época.
Sus primeros años los dedicó a la escila, un trabajo que cerró en 1935. Buscando un terreno nuevo, pidió permiso para retomar los alcaloides del cornezuelo del centeno, una línea que Stoll había iniciado en 1917 y luego abandonado. La ergotamina ya se apreciaba como hemostático en los partos y como remedio contra la migraña, pero el resto del hongo seguía siendo un territorio espinoso. Stoll le advirtió de lo que le esperaba: aquellos alcaloides son delicados, inestables, fáciles de descomponer. Hofmann lo resumiría después con una frase que suena a profecía cumplida: «Así quedó sellado el destino y tema principal de toda mi carrera profesional».
Un hongo, dos hijos químicos: LSD y Hydergina
El cornezuelo del centeno es Claviceps purpurea, un hongo ascomiceto que parasita los granos de los cereales. De su química enrevesada salieron las dos moléculas que marcarían a Hofmann. Una, la célebre dietilamida del ácido lisérgico (LSD-25). La otra, mucho menos conocida y nacida en pleno estudio de las propiedades terapéuticas del ergot, la Hydergina, un fármaco con efectos vasodilatadores y atribuida acción «oxigenadora» cerebral que durante décadas se usó como nootrópico en geriatría. Son, en cierto modo, primas hermanas: el mismo hongo, líneas de síntesis vecinas, destinos clínicos opuestos.
A esa doble paternidad química se sumaría más tarde una tercera aportación decisiva: el aislamiento de la psilocibina y la psilocina a partir de los hongos visionarios mexicanos, que situó a Hofmann en el centro de la historia de los enteógenos modernos.
Del laboratorio a Eleusis: cuando la química toca la historia antigua
El cornezuelo no es solo un asunto de Sandoz; arrastra una larga sombra cultural. El botánico Pío Font Quer recordaba que su composición es complejísima —ergotoxina, ergonovina, ergotamina, ergosina, ergocristina, ergocriptina, ergocornina, ergobasina…— y que el ácido lisérgico es el componente principal entre los farmacológicamente activos. El propio Hofmann llegó a exponer parte de este trabajo en unas conferencias en Madrid en 1953.
Aquí aparece un debate jugoso. Font Quer sostenía que los griegos no conocían las propiedades del ergot, apoyándose en que en Grecia había pocos campos de centeno y en que los tratados antiguos —Hipócrates, Dioscórides, Galeno— no las describen. Pero el cornezuelo también parasita el trigo y otros cereales, y ahí entra la hipótesis que Hofmann firmó junto a Gordon Wasson y Carl Ruck en El camino a Eleusis: el kykeón, la pócima sagrada de los misterios eleusinos, habría contenido alcaloides activos de este hongo.
Antonio Escohotado, en su Historia General de las Drogas, refuerza la idea: en la llanura de Eleusis abundaba el cornezuelo, y al parecer en una variedad de perfil más visionario y poco tóxico. Como su efecto depende de la proporción concreta de cada alcaloide, no todo cornezuelo es veneno ni todo es visión. Que autores como Platón, Aristóteles, Esquilo o Cicerón —o emperadores como Adriano y Marco Aurelio— pasaran por la iniciación sin dejar testimonio de decepción o rechazo encaja con un secreto ritual penado con la muerte y con una experiencia de fuerza considerable. Es una tesis sugerente; conviene leerla como hipótesis razonada, no como hecho probado.
El final: una vida larga y un último golpe
Hofmann llegó al siglo de vida con una lucidez que asombraba a quienes lo trataban. Lo que pudo con él no fue la edad, sino la pérdida: la muerte de su esposa en diciembre de 2007, tras casi setenta y cinco años juntos, lo dejó sin ganas de seguir. Su 102.º cumpleaños, en enero de 2008, ya no significó nada para él, y su salud, muy deteriorada, le impidió comparecer en el World Psychedelic Forum de Basilea aquel marzo. Murió pocas semanas después, dejando tras de sí un legado que sigue obligándonos a pensar.
Lectura crítica
Conviene separar tres planos que la divulgación entusiasta tiende a mezclar. Lo bien establecido: que Hofmann sintetizó el LSD-25, aisló la psilocibina y la psilocina, y desarrolló derivados del ergot como la Hydergina. Lo matizable: la fama nootrópica de la Hydergina fue mucho mayor que su evidencia clínica real, hoy considerada modesta. Lo plausible pero no demostrado: la hipótesis del cornezuelo en Eleusis, atractiva y bien argumentada, pero que sigue sin una confirmación arqueoquímica concluyente.
Y una nota de prudencia que el propio relato heroico suele tapar: el cornezuelo es ante todo un tóxico histórico. El ergotismo —el «fuego de San Antonio»— provocó epidemias devastadoras en la Europa medieval, con gangrena, convulsiones y delirio. Que de esa misma química saliera una herramienta de exploración de la consciencia no la convierte en inocua: ilustra justamente que entre el remedio, el veneno y el visionario solo media la dosis y la proporción. Este texto es divulgación histórica, no una guía de uso.