Psilocibina en la depresión bipolar II: qué mostró el ensayo de JAMA Psychiatry

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Redacción Psiconáutica

En breve

  • Un ensayo abierto con 15 personas, publicado en JAMA Psychiatry (2023), probó una única dosis de 25 mg de psilocibina sintética junto a psicoterapia en depresión bipolar II resistente al tratamiento.
  • La mayoría de participantes respondió y entró en remisión a las tres semanas, y el efecto se mantuvo en gran parte hasta la semana 12, sin aumentos de manía/hipomanía ni de ideación suicida.
  • Es un resultado esperanzador pero preliminar: muestra pequeña, sin grupo placebo, seleccionada con cuidado y con un acompañamiento clínico intensivo difícil de separar del fármaco.

El trastorno bipolar II incluye episodios depresivos que a menudo resisten los tratamientos habituales, y sobre los que existe además una precaución clásica: el temor a que un antidepresivo o un psicodélico precipite un viraje hacia la manía. Por eso llamó la atención un ensayo publicado en JAMA Psychiatry a finales de 2023 que, por primera vez de forma reglada, exploró la psilocibina en esta población concreta. Sus resultados fueron notables, pero conviene leerlos con la misma honestidad en las dos direcciones: ni milagro ni motivo de alarma.

El estudio

Se trata de un ensayo abierto y no aleatorizado (todos los participantes sabían que recibían psilocibina y no hubo grupo placebo), dirigido por Scott T. Aaronson y su equipo en el Sheppard Pratt Hospital de Estados Unidos, con financiación de Compass Pathways. Se publicó en JAMA Psychiatry en diciembre de 2023. Participaron 15 personas de entre 18 y 65 años (edad media cercana a los 38) con trastorno bipolar II y un episodio depresivo de más de tres meses, considerado resistente porque no habían mejorado suficientemente con al menos dos tratamientos previos durante ese mismo episodio. La duración media del episodio superaba los dos años. Todos retiraron su medicación psicotrópica al menos dos semanas antes. Cada participante recibió una sola dosis de 25 mg de psilocibina sintética, arropada por tres sesiones preparatorias, una jornada de administración de unas ocho horas con acompañamiento y tres sesiones de integración posteriores. La medida principal fue el cambio en la escala de depresión de Montgomery-Åsberg (MADRS) entre el inicio y la tercera semana.

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Qué se encontró

A las tres semanas, la puntuación media de depresión bajó 24 puntos respecto al inicio, una reducción del 76 % y un tamaño del efecto muy grande. Doce de los quince participantes cumplieron el criterio de respuesta (una caída de al menos la mitad de la puntuación) y once alcanzaron la remisión (una puntuación de 10 o menos, indicativa de depresión mínima o ausente). Ese beneficio, además, se mantuvo bastante bien en el tiempo: en la semana 12, doce de los quince seguían cumpliendo a la vez los criterios de respuesta y de remisión. También mejoraron medidas secundarias de sintomatología autoinformada y de calidad de vida. En el plano de la seguridad, que era la gran incógnita, no se observaron aumentos significativos en las escalas de manía o hipomanía —de hecho, la tendencia fue a la baja— ni en la ideación suicida, y no hubo intentos de suicidio durante el estudio. El efecto adverso más frecuente fue la cefalea el día de la dosis, resuelta en 24 horas.

Qué significa (y qué no)

La lectura optimista es legítima: en un grupo de personas con depresión de larga evolución que ya había fallado a varios tratamientos, una intervención breve produjo mejorías amplias y duraderas sin señales del viraje maníaco que tanto se temía. Para un trastorno con opciones limitadas, es una pista que merece seguirse. Pero el propio diseño obliga a la cautela. Son solo quince personas, sin grupo de comparación: cuando alguien sabe que ha tomado un psicodélico y recibe atención intensiva durante semanas, el efecto placebo y las expectativas pueden ser enormes, y aquí no hay forma de descontarlos. La muestra estaba muy seleccionada —se excluyó, por ejemplo, a personas con bipolar I, con mayor riesgo de manía—, de modo que estos datos no pueden extrapolarse a cualquier persona con trastorno bipolar. Y el fármaco vino inseparablemente unido a un marco terapéutico cuidado: no fue «una seta y a casa», sino preparación, acompañamiento durante la sesión e integración posterior, algo que forma parte del resultado y que no reproduce el consumo por cuenta propia.

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Conviene subrayar este último punto sin moralizar. La psilocibina sigue siendo en la mayoría de países una sustancia fiscalizada, y su uso en depresión bipolar es todavía terreno de investigación en fases tempranas, no un tratamiento aprobado. Autoexperimentar con una condición como el trastorno bipolar, sin diagnóstico afinado, sin retirada supervisada de otros fármacos y sin acompañamiento, es precisamente el escenario que este ensayo evitó con esmero. Reconocer el potencial de una molécula y reconocer los riesgos de usarla sin marco no son posturas contradictorias: son las dos mitades de una misma honestidad. Lo razonable, a la luz de estos datos, es entusiasmo prudente y a la espera de estudios más grandes, aleatorizados y con control, que confirmen —o maticen— lo que este primer paso sugiere.

Fuente

Contenido divulgativo elaborado desde la reducción de daños y el respeto a la libertad individual. No sustituye la información de un profesional sanitario ni pretende fomentar ni condenar ningún consumo.

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