El consumo juvenil de drogas como imaginario social

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En breve: Partiendo de un ensayo del psicólogo Javier Diz Casal, repasamos qué son los imaginarios sociales (Durkheim, Bachelard, Castoriadis, Pintos) y por qué reivindicar la imaginación ayuda a leer el consumo juvenil de sustancias —y de cannabis en particular— como un discurso social no explícito que merece estudiarse sin prejuicios.

Una pregunta incómoda: ¿qué nos están diciendo los jóvenes cuando consumen?

Solemos hablar del consumo juvenil de drogas en clave de alarma: cifras, riesgos, campañas. Rara vez nos detenemos a preguntar qué significa ese consumo para quienes lo practican. La hipótesis que recogemos aquí —desarrollada por el psicólogo Javier Diz Casal en su trabajo sobre los imaginarios sociales— invierte el foco: y si el botellón, el porro de fin de semana o la pastilla no fueran solo un objeto de salud pública, sino también un mensaje colectivo que la sociedad no acaba de querer escuchar.

Para sostener esa lectura hace falta primero rehabilitar una palabra muy maltratada: imaginación. Y un concepto que viene de la sociología y la antropología: el de imaginario social.

De dónde vienen los imaginarios sociales

El interés por lo imaginario y lo simbólico no es nuevo. Aristóteles ya sostenía en el siglo IV a. C. que «no se piensa sin imágenes». Pero como objeto de estudio sistemático, el imaginario nace en la Europa del XIX, sobre todo en Francia, y se ramifica después con fuerza en España y en América Latina, donde hoy conviven dos grandes tradiciones: la francesa y la hispana.

Buena parte de los autores sitúan el arranque moderno en Las formas elementales de la vida religiosa, de Émile Durkheim (1858-1917), y en las reflexiones de Gaston Bachelard (1884-1962) sobre la fantasía y lo imaginario como materia legítima del pensamiento. A partir de ahí, lo simbólico ha sido abordado desde frentes muy distintos: la filosofía y la fenomenología (Husserl, Heidegger, Cassirer y su Filosofía de las formas simbólicas), el psicoanálisis y la psicología profunda (Jung con el inconsciente colectivo y los arquetipos, Lacan), la antropología y la etnografía (Gilbert Durand, Georges Balandier), la historia de las religiones (Eliade, Corbin) y el interaccionismo simbólico de la Escuela de Chicago (Mead, Park, Blumer).

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Diz Casal rescata además a una figura a menudo olvidada: Adolf Bastian (1826-1905), cuya idea de la «unidad psíquica de la humanidad» influyó directamente en el Jung de los arquetipos. Es un buen recordatorio de que muchas de las ideas que damos por modernas tienen genealogías largas y poco lineales.

La imaginación, ese valor menospreciado

La cultura occidental ha tratado la imaginación con desconfianza. Santa Teresa de Jesús la llamó «la loca de la casa»; la tradición filosófica la ha tildado de «maestra de errores» o «infancia del hombre». Gilbert Durand dedicó páginas enteras, en Las estructuras antropológicas de lo imaginario, a denunciar esa desvalorización sistemática.

Frente a ello, conviene recordar la otra cara. George Bernard Shaw lo formuló con una imagen célebre: si has construido un castillo en el aire, no has perdido el tiempo; ahí es donde debía estar, ahora toca poner los cimientos debajo. Toda realización práctica fue antes algo irreal, un proyecto imaginado. Despreciar lo imaginario, por tanto, es renunciar a entender una parte de cómo funcionamos como individuos y como sociedad.

El precio de ese desprecio, sostiene Diz Casal apoyándose en Cornelius Castoriadis —precursor del concepto de imaginarios sociales—, es que dejamos de ver toda una red simbólica que organiza lo colectivo por debajo de la superficie. Para Castoriadis, la vida del mundo actual responde a lo imaginario tanto como cualquier cultura del pasado. Y el sociólogo gallego Juan Luis Pintos lo define con precisión: los imaginarios sociales son «aquellos esquemas, construidos socialmente, que nos permiten percibir algo como real, explicarlo e intervenir operativamente» en lo que cada sociedad considera realidad. Son, en suma, lo que hace visible lo que a primera vista no se ve.

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El consumo como discurso no explícito

Aquí es donde la herramienta se vuelve útil para nuestro tema. Si los imaginarios sociales sacan a la luz aspectos invisibles de la vida colectiva, cabe preguntarse por el discurso no explícito que hay detrás del consumo juvenil de sustancias.

Las preguntas se multiplican: ¿es solo un juego, un elemento lúdico de fin de semana? ¿Hay en ello un intento de expresar algo emocional que no encuentra otro cauce? ¿Qué necesidades sociales —de pertenencia, de evasión, de identidad— se anudan en el consumo, y especialmente en el consumo desmedido? ¿Qué desean, qué imaginan quienes consumen alcohol, cannabis, cocaína o MDMA?

Diz Casal apunta además una traba: unas políticas de drogas planteadas casi en exclusiva desde la prohibición tienden a oscurecer el estudio objetivo y desprejuiciado de cada sustancia. Y lo que no se estudia con calma no por ello desaparece: la realidad sigue ahí, expresada en los hábitos de la juventud, también cuando aparece en contextos de riesgo y con patrones que dañan el desarrollo de una vida.

Lectura crítica

La propuesta es sugerente, pero conviene manejarla con cautela. Algunas claves para leerla bien:

  • No todo consumo es un mensaje. Leer el consumo como «discurso social» ilumina dimensiones culturales reales, pero corre el riesgo de romantizar o sobreinterpretar conductas que también responden a factores muy concretos: disponibilidad, precio, presión del grupo, marketing, malestar psicológico o dependencia.
  • Símbolo y salud no se excluyen. Entender qué expresa un consumo no anula sus riesgos. Un patrón puede ser, a la vez, significativo en clave simbólica y perjudicial para la salud física o mental, sobre todo en edades de desarrollo.
  • Cuidado con generalizar. «La juventud» no consume de un único modo. Las motivaciones, las sustancias y los contextos varían enormemente, y mezclarlos en un solo relato puede ocultar más de lo que revela.
  • El marco importa. La crítica a unas políticas centradas en la prohibición es razonable, pero la alternativa no es la ausencia de marco, sino enfoques basados en evidencia y en reducción de riesgos.
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Desde la perspectiva de la reducción de riesgos, lo relevante no es solo descifrar qué dice un consumo, sino acompañar a quien consume con información honesta, sin moralismo ni apología, y prestando especial atención a las señales de uso problemático. Si el consumo de una persona de tu entorno —o el tuyo— interfiere en su vida diaria, conviene buscar apoyo profesional o en servicios públicos de atención a las adicciones.

Para terminar

Mirar el consumo juvenil a través de los imaginarios sociales no resuelve el problema, pero cambia la pregunta: en lugar de limitarnos a contar y prohibir, nos obliga a escuchar. Como escribió el sociólogo Emmánuel Lizcano, «el imaginario educa la mirada, una mirada que no mira nunca directamente las cosas: las mira a través de las configuraciones imaginarias en las que el ojo se alimenta». Quizá empezar a escuchar ese discurso no explícito sea el primer paso para entenderlo —y para responder mejor.

Esta pieza se inspira en el ensayo de Javier Diz Casal sobre los imaginarios sociales y el consumo de sustancias, y dialoga con autores como Durkheim, Bachelard, Castoriadis y Pintos. Las citas se atribuyen a sus obras originales sin enlace cuando no disponemos de una URL fiable.

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