DMT y psicodélicos: la ciencia que la prohibición silenció

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En breve: Antes de hablar de la N,N-dimetiltriptamina conviene entender de dónde venimos. Esta primera entrega recorre la larga relación entre los psicodélicos y la ciencia: del uso ritual en culturas antiguas al aislamiento de la mescalina y al hallazgo accidental del LSD, su papel decisivo en el nacimiento de la psiquiatría biológica y en la investigación sobre la serotonina, y la prohibición estadounidense de 1970 que congeló durante décadas un campo entero de estudio.

Una relación más antigua que la escritura

El interés humano por las plantas, los hongos y los animales capaces de alterar la conciencia es anterior a cualquier documento escrito y, según algunos autores, anterior incluso a nuestra propia especie. Investigadores como Ronald Siegel o Terence McKenna llegaron a sugerir que los primeros homínidos aprendieron de otros animales a probar sustancias que provocaban comportamientos extraños, y que así dieron con los primeros compuestos psicoactivos. Son hipótesis sugerentes, pero conviene leerlas como tales: relatos especulativos sobre los orígenes, no conclusiones demostradas.

Sí está mejor documentado que numerosas culturas antiguas emplearon estas sustancias por su efecto sobre la mente. Se han descrito representaciones africanas de hongos asociados al cuerpo humano y se discute la influencia de estados alterados en parte del arte rupestre europeo. A partir de ahí, algunos autores han especulado con que el lenguaje, la conciencia espiritual o incluso la religión tuvieran ahí una raíz. De nuevo, son tesis que circulan con desigual respaldo: interesantes para pensar, frágiles para afirmar.

Lo que la antropología sostiene con más solidez es que muchas sociedades usaron plantas y hongos visionarios con funciones concretas: cohesión del grupo, prácticas curativas, inspiración artística y experiencia religiosa. Buena parte de lo que hoy conocemos químicamente —DMT, psilocibina, mescalina y compuestos emparentados— procede del análisis de materiales del continente americano, donde estos usos nunca llegaron a desaparecer del todo.

El Viejo Mundo y la sospecha

La abundancia de plantas visionarias en América sorprendió y alarmó a los colonizadores europeos. La relativa escasez de alucinógenos en Europa explica parte de aquel desconcierto, pero el factor decisivo fue otro: la asociación de estas prácticas con la brujería. La Iglesia reprimió con eficacia su transmisión y persiguió a quienes las conservaban, hasta el punto de que apenas hace unas décadas se confirmó que los rituales con hongos sagrados en México habían sobrevivido a la conquista del siglo XVI.

En la propia Europa, el interés culto por estas sustancias fue marginal hasta finales del siglo XIX, cuando autores como Baudelaire o Thomas de Quincey describieron los efectos del opio y el hachís. Aun así, las dosis necesarias para alcanzar estados intensos se consideraron excesivas y poco manejables, y el asunto quedó en terreno literario más que científico.

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La mescalina abre la puerta

El giro llegó con el peyote (Lophophora williamsii), un cactus americano del que, en la última década del siglo XIX, varios químicos alemanes aislaron la mescalina. Quienes la probaron hablaron de «paraísos artificiales», pero las náuseas que acompañaban la experiencia enfriaron el entusiasmo, y hasta finales de los años treinta apenas generó literatura médica.

Hubo además un freno de fondo: el psicoanálisis freudiano dominaba la psiquiatría. Freud se interesó por sustancias como la cocaína, pero rechazó la dimensión religiosa de la mente y la interpretó como una defensa frente a temores infantiles. Ese clima intelectual no era el más propicio para una sustancia tan ligada a la espiritualidad indígena.

Hofmann y el LSD: una potencia inédita

En 1938, el químico suizo Albert Hofmann trabajaba con derivados del cornezuelo del centeno para los laboratorios Sandoz, buscando un compuesto útil contra las hemorragias posparto. Uno de aquellos derivados era el LSD-25 (dietilamida del ácido lisérgico). Los ensayos iniciales fueron poco prometedores y lo archivó. Cinco años más tarde, lo que él mismo describió como un «curioso presentimiento» le llevó a retomarlo, y descubrió de forma accidental sus intensos efectos sobre la percepción.

Lo notable del LSD es que actúa en cantidades del orden de las millonésimas de gramo, una potencia muy superior a la de la mescalina. El propio Hofmann se vio desbordado por una cantidad que había juzgado demasiado pequeña para tener efecto. Por la magnitud de las alteraciones que producía, los primeros científicos subrayaron sus propiedades «psicóticas»: lo entendieron, ante todo, como una forma de reproducir la locura en laboratorio.

La serotonina y el nacimiento de la psiquiatría biológica

Los años previos y posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron decisivos. Junto al LSD aparecieron los primeros antipsicóticos, como la clorpromazina (torazina), que mejoraron de forma llamativa a pacientes con cuadros graves. De ese cruce nació la «psiquiatría biológica», la disciplina que estudia la relación entre los estados mentales y la química del cerebro. Su mediador fue una molécula que entonces empezaba a entenderse: la serotonina, cuyo nombre combina el latín serum (suero) y tonus (tensión).

Hacia 1948 se vinculó la serotonina sanguínea con la regulación de las paredes de arterias y venas. En los años cincuenta se localizó en el cerebro de distintos animales y se comprobó que las regiones que la contienen influyen en el sueño, la vigilia, la conducta sexual y agresiva y otras funciones básicas. Quedó establecida como el primer neurotransmisor conocido. Cuando además se advirtió el parecido entre las moléculas de LSD y serotonina —el primero unas veces bloquea y otras imita a la segunda—, el LSD se convirtió en la herramienta más útil para explorar la relación entre cerebro y mente.

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Dos décadas de investigación de campo

Durante unos veinte años, decenas de equipos administraron psicodélicos a miles de voluntarios sanos y pacientes, con financiación pública y privada y una abundante producción de artículos y congresos. Sandoz distribuyó LSD para inducir estados «psicóticos» controlados con los que entender mejor trastornos como la esquizofrenia, e incluso se propuso que el personal psiquiátrico lo probara para acercarse a la vivencia de sus pacientes.

De ahí se pasó a la psicoterapia: muchos trabajos describieron resultados prometedores en cuadros obsesivos, estrés postraumático, depresión, alcoholismo y otras dependencias, así como en el acompañamiento de enfermos terminales, donde se observó menos demanda de analgésicos y mayor aceptación del pronóstico. Conviene matizar el optimismo de aquellos informes: muchos carecían de los controles que hoy exigiríamos, y el entusiasmo de los terapeutas pudo inflar las conclusiones. Aun así, marcaron una línea de investigación que la psiquiatría actual ha vuelto a recuperar con métodos más rigurosos.

Misticismo, Huxley y el cruce de cables

Pronto se observó que algunas experiencias bajo psicodélicos recordaban a las descritas por practicantes de meditación oriental. Ese paralelismo atrajo a escritores como Aldous Huxley, que experimentó con mescalina y LSD bajo la tutela del psiquiatra Humphry Osmond y dejó relatos influyentes sobre el valor de la experiencia visionaria. Resulta significativo que Huxley, pese a impulsar el interés cultural por estas sustancias, defendiera restringir su acceso a una minoría de artistas e intelectuales: no creía que la población general estuviera preparada para usarlas sin riesgo.

El problema es que mezclar curación, misticismo y ciencia enredó el campo. La investigación se alejó del marco médico inicial justo cuando el debate empezaba a salir del laboratorio.

1970: el portazo

En los años sesenta el LSD se escapó de los laboratorios. La prensa se llenó de relatos sobre suicidios, urgencias, supuestas malformaciones y daños cromosómicos, y el comportamiento de figuras como Timothy Leary en Harvard reforzó la idea de que ni siquiera los científicos controlaban estas sustancias. Buena parte de aquellas alarmas eran exageradas o directamente falsas, y estudios posteriores desmintieron la supuesta toxicidad extrema; pero llegaron tarde y con poco eco.

Los datos disponibles apuntaban a que, en sesiones controladas con personas estables, las complicaciones psiquiátricas eran muy poco frecuentes. Los problemas serios solían aparecer en otro escenario: personas vulnerables consumiendo productos impuros o desconocidos, mezclados con alcohol u otras drogas y sin acompañamiento. Esa distinción —entre el contexto y la sustancia— se perdió en el clima de pánico. En 1970, el Congreso de Estados Unidos ilegalizó el LSD y otros psicodélicos al margen de las objeciones científicas. Se retiraron permisos, suministros y fondos, y la investigación se apagó casi de golpe.

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Lo que quedó: amnesia y reapertura

Cuesta entender que un campo que había sostenido buena parte del desarrollo de la psiquiatría durante dos décadas desapareciera del horizonte médico hasta volverse desconocido para las nuevas generaciones de profesionales. La trayectoria fue tan brusca como antinatural: de «remedios milagrosos» a «drogas abominables» en pocos años.

El motivo no fueron tanto los resultados de la investigación como su final. Para muchos psiquiatras eminentes, el cierre fue una experiencia humillante: comprobaron que la evidencia y el método no bastaban frente a leyes empujadas por la emoción pública y los medios. A ello se sumó una fractura interna —entre quienes defendían un enfoque estrictamente cerebral y quienes valoraban la dimensión espiritual de estas experiencias—, de la que acabaría surgiendo la corriente transpersonal. Habría que esperar a mediados de los años noventa, cuando el doctor Rick Strassman organizó en la Universidad de Nuevo México un seminario sobre psicodélicos para residentes de psiquiatría —probablemente el primero en décadas— y reabrió, con la DMT como protagonista, una investigación que parecía clausurada. De ese trabajo nos ocuparemos en la segunda parte.

Lectura crítica

Este recorrido histórico mezcla hechos bien establecidos con hipótesis especulativas, y conviene no confundirlos. La cronología de la mescalina, el LSD, la serotonina y la prohibición de 1970 está documentada; las grandes teorías sobre el origen psicodélico del lenguaje o la religión son sugerencias de autor, no consenso científico.

Sobre las sustancias: la N,N-dimetiltriptamina y los demás psicodélicos no son inocuos ni «puertas seguras» a nada. Aquí no encontrarás indicaciones de obtención, dosis ni consumo. Si te interesa el tema, prioriza fuentes contrastadas —revisiones científicas y archivos de reducción de daños como Erowid—, desconfía de los relatos que prometen curación o iluminación garantizada y recuerda que el contexto, el estado psicológico previo y las interacciones con otras drogas o medicamentos pesan tanto como la molécula. Quien atraviese un momento de vulnerabilidad mental debería tratar estas sustancias con especial cautela.

Como referencia central de esta serie usamos DMT: The Spirit Molecule (Rick Strassman, 2001), un texto influyente pero escrito en parte desde la propia hipótesis de su autor, que merece leerse con espíritu crítico.

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