Albert Hofmann: el azar, el destino y el origen de la LSD

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En breve: Última entrega de nuestra serie sobre Albert Hofmann. Recogemos el texto autobiográfico que el químico suizo escribió para ser leído en su funeral y un extracto de su conferencia LSD: completamente personal, donde repasa cómo una cadena de decisiones —y de azares— le llevó hasta el descubrimiento que marcó su vida.

Una vida que empieza y termina en el mismo paisaje

Pocas biografías cierran su círculo de forma tan literal como la de Albert Hofmann. El texto que dejó preparado para ser leído en su entierro arranca con un destierro infantil: la mudanza forzosa a un sombrío bloque de pisos frente a la fábrica de Baden, motivada por la tuberculosis pulmonar de su padre. Para el niño Hofmann fue, según sus propias palabras, como si le expulsaran del paraíso. El consuelo lo encontraba escapándose hacia los bosques y prados de Martinsberg, donde sintió por primera vez la fuerza cambiante del paisaje del Jura y donde, dice, se le reveló «la maravilla de la creación». Esa intuición temprana le acompañaría toda la vida.

De aprendiz comercial a doctor en química

La enfermedad del padre también torció su itinerario académico. En lugar de cursar el bachillerato y la universidad, sus padres le orientaron hacia un oficio que le diera ingresos pronto, y entró como aprendiz comercial en Brown-Boveri. Solo tras tres años y un diploma que le garantizaba un futuro pudo retomar su sueño universitario, gracias a que su padrino, el industrial Hans Kühni, costeó la escuela privada Minerva de Zúrich. Hofmann recuerda haber absorbido los conocimientos «como una esponja»: aprobó en un único año el examen de ingreso por la vía de Latín.

Eligió Química en la Universidad de Zúrich y, becado como ciudadano del cantón, se volcó por completo en los estudios. El profesor Paul Karrer le consiguió pronto un puesto de ayudante, y con apenas veintitrés años —tras solo ocho semestres— se doctoró. Su padre murió tres meses antes de que terminara, pero llegó a tiempo de ver firmado el contrato con Sandoz que aseguraba el porvenir de su hijo.

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Sandoz: el reino vegetal como programa de investigación

En mayo de 1929 ingresó en el departamento farmacéutico-químico de los laboratorios Sandoz de Basilea, dirigido por Arthur Stoll. Toda su carrera transcurrió allí: primero como colaborador, luego como jefe de equipo y finalmente como director de investigación de productos naturales. Lo que le atrajo del puesto fue su orientación —sugerida por el premio Nobel Richard Willstätter—: aislar, purificar y modificar los principios activos de plantas medicinales conocidas. Era el reino vegetal convertido en laboratorio, justo lo que fascinaba a Hofmann.

De ese trabajo salieron fármacos que la medicina todavía utiliza: la Metergina, para contener hemorragias tras el parto; el Dihydergot, para estabilizar la circulación; y la Hydergina, con usos geriátricos. Investigando el cornezuelo del centeno (ergot) llegó también, «por investigación y por azar», a la dietilamida del ácido lisérgico —la LSD— y más tarde a la psilocibina. La historia completa, junto a su relación con los hongos sagrados mexicanos, la contó él mismo en LSD, mi hijo problemático.

Una vida privada al ritmo de la montaña

Hofmann insistía en que la misma «luz» que guio su trabajo iluminó su vida personal. En 1934 conoció a Anita Guanella esquiando en Arosa; se casaron y tuvieron cuatro hijos. Tras unos años en Basilea, en 1946 se mudaron a una casa rural en Bottmingen, donde vivieron casi tres décadas. Sus recuerdos más felices son excursiones: el valle de Engadina —tierra de la familia de Anita—, la ascensión al Bernina, los viajes profesionales a la India, Tailandia y, sobre todo, la expedición a las zonas indígenas de México.

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Cuando Bottmingen se urbanizó, la familia volvió al campo, a una casa construida a su gusto en Rittimatte, en el valle de Leimen. Allí Hofmann pasó largas horas escribiendo en lo que llamaba su «celda», y allí sintió que el círculo se cerraba: aquel paisaje le devolvía los prados, las flores y el horizonte de su infancia en Martinsberg. Citando a Paracelso, describió la naturaleza como «un libro escrito por el dedo de Dios», y sostuvo que quien sepa leerlo «no solo con la ciencia, sino con ojos llenos de asombro y de amor» encontrará una realidad más profunda en la que todos estamos unidos.

LSD: completamente personal

En una conferencia de 1996 en Heidelberg, Hofmann planteó la pregunta que le había acompañado toda la vida: ¿cuánto de un acontecimiento decisivo se debe a la planificación y cuánto al azar?, ¿cuánto al destino y cuánto a la voluntad? Aplicada al descubrimiento de la LSD, la respuesta exigía repasar una cadena de decisiones tomadas en una dirección concreta.

La primera fue elegir la química, algo que sorprendió a quienes le rodeaban: había aprobado el ingreso por Latín y le tentaba dedicarse al arte. Pero, según él, fue un problema teórico —las preguntas sobre la esencia del mundo material que le habían dejado aquellas experiencias místicas de la niñez— lo que inclinó la balanza. La segunda fue escoger Sandoz, atraído precisamente por su trabajo con plantas medicinales. Tras años con la digital y la escila, el estudio del cornezuelo abrió un campo entonces poco explorado, donde recordaba haber sentido «una profunda sensación de buena fortuna». De ahí salieron tanto medicamentos imprescindibles como las sustancias psicoactivas que le harían célebre.

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Lectura crítica

El texto autobiográfico de Hofmann es una pieza de despedida, escrita para emocionar y para dejar un legado moral; conviene leerlo como lo que es. Su relato del «azar» que conduce a la LSD se ha repetido tantas veces que ha adquirido tono de mito fundacional. La realidad fue más prosaica: trabajo sistemático, equipos de laboratorio, intereses comerciales de Sandoz y años de síntesis metódica. El propio Hofmann lo reconoce al enumerar las decisiones —no las casualidades— que le llevaron hasta allí.

Conviene también recordar que la trayectoria posterior de la LSD fue mucho más conflictiva que la serenidad con que el químico la evoca en sus últimos años. Su uso clínico controlado, su difusión masiva y su prohibición forman un capítulo donde conviven la investigación legítima, los abusos y los riesgos reales para la salud. Esta serie no anima a consumir ninguna sustancia; recuerda que la dietilamida lisérgica es una molécula potente, de efectos imprevisibles y enmarcada en marcos legales restrictivos en la mayoría de países. La fascinación de Hofmann por la naturaleza no equivale a una recomendación.

Sobre las fuentes

La autobiografía circuló en dos traducciones al inglés (de Elisabeth Riccabona y de Uschi Schueller) difundidas a través del boletín de la organización MAPS. La conferencia LSD: completely personal fue pronunciada en la Worlds of Consciousness Conference de Heidelberg en 1996 y traducida del alemán al inglés por Jonathan Ott. Citamos estas referencias por su nombre, tal como aparecían en el material original.

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