Sobria ebrietas: la ebriedad según Escohotado

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En breve: En un ensayo de 1994, Antonio Escohotado rescata la noción grecorromana de euforia y de sobria ebrietas para sostener una tesis incómoda: el prohibicionismo moderno, surgido de círculos puritanos estadounidenses, repite la estructura de la antigua cruzada contra la brujería y termina agravando los males que dice combatir. Recogemos su argumento y lo leemos con distancia crítica.

De qué hablamos cuando hablamos de ebriedad

Hay una palabra que el español apenas usa ya en su sentido pleno: euforia. Para Antonio Escohotado, recuperar lo que esa palabra significó en el mundo antiguo es el primer paso para entender hasta qué punto nuestra relación con las sustancias psicoactivas se ha vuelto extraña. Su ensayo Sobre ebriedad, publicado en El País el 16 de julio de 1994, es una pieza breve y deliberadamente provocadora que merece leerse con atención y, también, con sentido crítico.

El punto de partida es una asimetría que él considera reveladora: el sufrimiento no necesita pedagogos, porque llega solo y nos encuentra preparados; el placer intenso, en cambio, despierta sospecha y reclama vigilancia. La guerra contra las drogas sería, vista así, una guerra contra la euforia autoinducida y, en el fondo, una manifestación de miedo al placer.

Euforia, según los antiguos

Escohotado recuerda que hacia el siglo VI a. C. Hipócrates —al que se atribuye el nacimiento de la medicina racional— no veía nada censurable en embriagarse de cuando en cuando, dormir sobre algo blando y atender al deseo cuando se presentaba. La palabra euforia procede de eu-phoria, algo así como «buen ánimo» o «ánimo correcto», y para aquella tradición tenía un sentido terapéutico.

De ahí deriva una idea que hoy resulta casi exótica: para Hipócrates, Teofrasto o Galeno las sustancias no eran «buenas» ni «malas» en sí mismas, sino —en la formulación que recoge Escohotado— espíritus neutros, oportunos o inoportunos según la persona y el momento. El juicio moral no recaía sobre la sustancia, sino sobre el uso.

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Un dato romano que conviene sopesar

El ensayo apoya su tesis en un ejemplo histórico llamativo. Según Escohotado, en la Roma de Augusto y Tiberio existían cerca de 900 establecimientos dedicados en exclusiva a vender opio; su comercio habría representado en torno al 15 % de la recaudación fiscal y el Estado lo subvencionaba, como hacía con la harina, para evitar la especulación con su precio.

El detalle que a él le interesa no es el comercio, sino el silencio: no existe en latín una palabra para «opiómano», mientras que se acercan a la docena las que nombran al bebedor problemático, y la literatura grecorromana no deja constancia de un solo caso de adicto al opio. Lo mismo cabría decir, añade, del uso de cáñamo, beleño, daturas u hongos. Curiosamente, la única droga que en el mundo pagano arrastraba reproche moral era el vino.

Conviene aquí un apunte de cautela: estas cifras proceden del propio Escohotado y de la historiografía que él manejaba, y no siempre resultan fáciles de verificar con las fuentes antiguas. La idea de fondo —que el patrón de «adicción» tal como lo entendemos es en buena medida una construcción histórica reciente— es defendible; las cifras concretas conviene tomarlas como ilustración, no como dato cerrado.

La ebriedad sobria: ni borrachera ni abstinencia

El corazón del ensayo es un concepto: la sobria ebrietas, la «ebriedad sobria». Escohotado recuerda que Filón de Alejandría vinculaba la voz griega para ebriedad, methe, con la idea de «soltar» o «permitir», y describía al ebrio como quien accede a una cierta «liberación del alma». Platón, sin ignorar que la embriaguez puede degenerar en torpeza y fealdad, defendió el entusiasmo ebrio como un modo de aflojar la rigidez del carácter. Mucho después, Montaigne resumiría que «los paganos aconsejaban la ebriedad para relajar el alma».

El ideal antiguo no era, por tanto, la sobriedad entendida como abstinencia, sino la capacidad de disfrutar el entusiasmo sin caer en la necedad. Escohotado distingue con cuidado al sobrio del abstemio: el primero sería racional con o sin sustancias; el segundo, solo sin ellas. Es una distinción elegante, aunque también conviene recordar que el autoconocimiento no inmuniza frente a los efectos farmacológicos reales de una sustancia.

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De la apostasía a la cruzada

El segundo movimiento del ensayo es histórico. Con el triunfo del cristianismo, sostiene Escohotado, se desmonta toda esa constelación: se combaten los cultos extáticos paganos, frecuentemente asociados a plantas visionarias, y se arrincona la medicina hipocrático-galénica en favor de óleos, reliquias y agua bendita. El uso de drogas distintas del vino pasa a leerse como apostasía, y el saber farmacológico antiguo queda en manos de curanderos y curanderas, cuya persecución desembocaría en la caza de brujas.

Ese es el paralelismo que da fuerza —y polémica— al texto: la cruzada contra las brujas y la cruzada contra las drogas compartirían estructura y métodos. Ambas exagerarían un mal supuesto hasta justificar el castigo y el expolio de muchas personas, alimentando de paso un mercado negro próspero: ungüentos en el siglo XVI, heroína o cocaína en el nuestro.

El origen puritano del prohibicionismo

Escohotado sitúa la raíz del prohibicionismo contemporáneo en Estados Unidos, impulsado por misioneros y círculos puritanos a medida que el país ascendía al rango de superpotencia. Cita, en concreto, al reverendo Wilbur S. Crafts, director del International Reform Bureau en tiempos de Theodore Roosevelt, para quien la iniciativa debía servir «para celebrar el segundo milenio de égida cristiana sobre el planeta».

Frente a ello, recuerda que Europa recuperó la farmacología científica —y la libertad de usarla— precisamente cuando la unidad entre Iglesia y Estado empezó a resquebrajarse, y que desde el siglo XVII volvió a concebir las sustancias al modo antiguo: como remedios útiles cuando se emplean con sensatez.

El cierre: del «idiotés» a la responsabilidad

El ensayo termina con un juego etimológico característico de su autor. En griego clásico, idiotés nombra a quien delega indefinidamente en otros la gestión de lo común —y, por tanto, de lo suyo—. Demonizar las sustancias, viene a decir Escohotado, nos habría vuelto más indefensos y menos dueños de nuestras decisiones. Su propuesta no es la apología, sino la recuperación de un «sentido crítico y una mesura» que, sostiene, fueron norma antes del experimento prohibicionista.

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Lectura crítica

El texto de Escohotado es, ante todo, un ensayo de combate: brillante, erudito y deliberadamente parcial. Vale la pena leerlo sabiendo qué hace y qué no hace.

Primero, idealiza el mundo antiguo. Que no exista una palabra latina para «opiómano» no significa que no hubiera consumo problemático; significa, como mucho, que no se conceptualizaba como hoy. La ausencia de un término no es prueba de la ausencia del fenómeno.

Segundo, el paralelismo entre caza de brujas y guerra contra las drogas es sugerente como crítica retórica, pero no debe leerse como una equivalencia histórica literal: son fenómenos con causas, escalas y contextos distintos.

Tercero, y más importante para nosotros: defender que el juicio moral debe recaer en el uso y no en la sustancia no equivale a negar la farmacología. Las sustancias tienen efectos, tolerancias, interacciones y riesgos reales que ninguna actitud «sobria» elimina. La crítica al prohibicionismo y la información honesta sobre riesgos no son incompatibles; al contrario, suelen ir de la mano. Por eso este portal no ofrece pautas de consumo, sino contexto histórico y cultural, y anima a contrastar siempre con fuentes médicas y de reducción de riesgos.

Nota sobre la fuente. El artículo original es de Antonio Escohotado, apareció en El País el 16 de julio de 1994 y circuló también a través de su web personal. Aquí lo reformulamos y comentamos; no reproducimos su texto íntegro.

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