Hofmann y los psicotomiméticos: mapa de las drogas mágicas

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En breve: En 1960, Albert Hofmann situó los alucinógenos dentro del mapa general de los psicofármacos y explicó qué los hace distintos del resto: alteran a fondo la percepción del espacio, el tiempo y el cuerpo sin apagar la consciencia. Este pasaje recorre las grandes «drogas mágicas» —del peyote y el hachís a la harmina, la cohoba o la Amanita muscaria— y prepara el terreno para hablar del LSD, los hongos mexicanos y el ololiuqui. Recuperamos la idea sin instrucciones de consumo y con lectura crítica.

Una pieza dentro de un mapa mayor

Cuando Hofmann subió al estrado en Calcuta y Bombay, en el otoño de 1960, no presentó los alucinógenos como una rareza aislada, sino como una casilla concreta dentro del extenso territorio de los compuestos psicotrópicos: todo aquello que, de un modo u otro, mueve algo en la psique. Esa decisión —ordenar antes de fascinarse— es lo que distingue al químico del entusiasta, y conviene retenerla.

En su esquema, las sustancias que actúan sobre la mente se reparten en seis familias: analgésicos y euforizantes (morfina, heroína, metadona); sedantes y tranquilizantes (rauwolfia, fenotiazinas, meprobamato); hipnóticos (barbitúricos, hidrato de cloral); embriagantes (alcohol, éter, cloroformo); estimulantes (anfetaminas, cafeína, cocaína); y, por fin, los psicotomiméticos o alucinógenos (mescalina, cannabis, LSD, psilocibina).

El propio Hofmann advierte de que las fronteras son porosas. La cocaína cabe a la vez entre los estimulantes y los euforizantes; el alcohol, la droga más cotidiana, lo hace entre los euforizantes y los embriagantes. Las categorías son herramientas de trabajo, no compartimentos estancos: una observación más vigente hoy que entonces.

Qué hace distinto al sexto grupo

El interés de Hofmann se concentra en esa sexta familia, y por una razón precisa. Las cinco primeras modulan el ánimo, inducen sueño, sedan o estimulan; su acción discurre, por así decirlo, sobre la superficie del estado mental. Los psicotomiméticos van mucho más lejos: alteran la percepción del espacio y del tiempo —dos coordenadas básicas de la existencia— y trastocan la imagen corporal y el sentido de identidad.

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La diferencia clave, insiste, es que la consciencia se conserva. Frente a la morfina o el alcohol, cuyos efectos se asocian a una reducción del nivel de vigilia, aquí el sujeto permanece despierto y lúcido mientras el mundo cambia de textura: los colores ganan brillo y significado, los objetos parecen irradiar una presencia propia, lo percibido se vive como más real e intenso que la vida diaria.

De ahí su reparo terminológico. Las alucinaciones en sentido estricto solo aparecen con dosis muy altas y no son el rasgo definitorio de estas sustancias; llamarlas «alucinógenos» es, para él, impreciso. Prefiere «psicotomiméticos»: compuestos que imitan un estado próximo a la psicosis. La etiqueta más coloquial —«drogas que alteran la mente»— sonará menos científica, concede, pero describe bien lo que ocurre.

El catálogo de las «drogas mágicas»

El pasaje incluye una lista que hoy se lee como un mapa temprano de la etnobotánica psicoactiva. A cada planta u hongo le corresponde su principio activo, en la medida en que se conocía en 1960:

  • Peyote (Anhalonium Lewinii): mescalina.
  • Cannabis indica: tetrahidrocannabinol y otros compuestos.
  • Peganum harmala y Banisteria caapi (yagé): harmina y harmalina.
  • Piptadenia peregrina (cohoba): bufotenina y dimetiltriptamina.
  • Piper methysticum (kava-kava): kavalactonas.
  • Amanita muscaria: muscarina, ácido iboténico y muscimol.
  • Psilocybe y Stropharia cubensis: psilocibina y psilocina.
  • Rivea corymbosa (ololiuqui): derivados del ácido lisérgico.
  • LSD-25: dietilamida del ácido lisérgico.

Casi todas comparten una historia común: se emplearon en rituales y ceremonias religiosas, y algunas seguían usándose en 1960 por pueblos del sur de México. Hofmann subraya un detalle que merece atención: entre quienes las usan tradicionalmente no están al alcance de cualquiera, sino reservadas a curanderos y especialistas. Y traza un paralelismo discutible —pero revelador de su época— al sugerir que en el «mundo cientifista» ese papel correspondería al psicoterapeuta. Es una analogía cómoda que conviene leer con distancia: equiparar al chamán con el médico borra diferencias culturales importantes y proyecta un marco occidental sobre prácticas que no lo son.

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Mescalina y hachís: dos casos tempranos

De la mescalina, principal alcaloide del peyote, Hofmann destaca algo que le sirve de contraste con sus propios hallazgos: la dosis activa es elevada en comparación con otras sustancias del grupo. Recuerda además que la experiencia suele empezar mal —náuseas, temblores, sudoración— y que el estado visionario, con sus imágenes intensamente coloreadas, llega después, cuando ese malestar inicial remite. La estructura química del compuesto la había descrito y sintetizado Ernst Späth; entre las descripciones literarias de sus efectos cita la célebre de Aldous Huxley en Las puertas de la percepción.

El hachís, procedente de Cannabis indica y conocido en Oriente Próximo desde hace milenios, aparece como el otro gran referente cultural, vinculado en la literatura europea a Charles Baudelaire y sus Paraísos artificiales. Hofmann anota su difusión por el continente americano en forma de marihuana fumada, asociada entonces a jóvenes y a ciertas subculturas. Y señala una singularidad química: el tetrahidrocannabinol, identificado como principal responsable de sus efectos, es un derivado difenólico, el único psicotomimético clásico sin nitrógeno en su molécula.

Harmina, cohoba, kava y la seta de los chamanes siberianos

El recorrido se completa con plantas que, en 1960, todavía guardaban incógnitas. La harmina y la harmalina se habían aislado de dos especies usadas ritualmente en continentes distintos: el Peganum harmala de las estepas asiáticas y la liana sudamericana Banisteria caapi. El nombre alternativo de «telepatina» que llegó a recibir la harmina delata las expectativas místicas que se proyectaban sobre ella.

De la Piptadenia peregrina, con cuyas semillas algunos pueblos del Orinoco preparaban el rapé llamado «cohoba», se habían obtenido bufotenina y dimetiltriptamina. En cambio, los principios de la kava (Piper methysticum) de las islas del Pacífico y los de la Amanita muscaria que ingerían ciertos pueblos siberianos seguían sin esclarecerse: Hofmann reconoce que ni la muscarina ni las trazas de bufotenina de las variedades europeas bastaban para explicar el efecto de la seta siberiana. Esos compuestos —kavalactonas, ácido iboténico, muscimol— se identificarían en años posteriores a la conferencia.

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Con ese inventario sobre la mesa, Hofmann anuncia el verdadero asunto de las entregas siguientes: el LSD, los principios de los hongos mágicos mexicanos y el ololiuqui, las tres líneas salidas de su propio laboratorio.

Lectura crítica

Este texto es, ante todo, un documento de época. Conviene leerlo sabiendo dónde estaba la ciencia en 1960 y dónde está hoy:

  • El propio término «psicotomimético» ha envejecido. Nació de la hipótesis de que estas sustancias «imitan» una psicosis, un modelo que la investigación posterior matizó mucho. Hoy se prefiere hablar de psicodélicos o enteógenos, según el contexto, precisamente porque la analogía con la enfermedad mental resultó pobre.
  • Varias afirmaciones quedaron incompletas. Hofmann lo admite con honestidad: los activos de la kava y de la Amanita muscaria aún no se conocían. Tomar el texto como estado actual del conocimiento sería un error; su valor es histórico.
  • El encuadre cultural es discutible. Equiparar al curandero con el psicoterapeuta, o describir el uso ritual como «tabú», responde a una mirada occidental y de mediados del siglo XX. Las prácticas que describe tienen lógicas propias que ese marco no captura.
  • Nada de esto es una guía de uso. El interés del documento es divulgativo e histórico. Sustancias como la Amanita muscaria contienen compuestos con un margen estrecho entre efecto y toxicidad, y el yagé o la harmina interaccionan de forma seria con fármacos y alimentos. Informarse no es lo mismo que experimentar, y la reducción de riesgos empieza por reconocer esa diferencia.

Las referencias del original remiten a autores reales de la época —Späth, Beringer, La Barre, Huxley, Lewin, Schultes, entre otros— que el lector interesado puede rastrear por su nombre en bibliografía especializada.

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