Una molécula que volvió de entre los descartes
Pocos relatos del siglo XX combinan tan bien el rigor del laboratorio y la casualidad como el de la dietilamida del ácido lisérgico. El propio Albert Hofmann lo contó en repetidas ocasiones, y una de las más cuidadas fue la conferencia «LSD: Completely personal», ofrecida en 1996 en el congreso Worlds of Consciousness de Heidelberg. De ese testimonio —y no de ningún recuerdo embellecido a posteriori— parte este repaso.
El punto de partida fue una analogía química. Trabajando con los alcaloides del cornezuelo del centeno (el ergot) en los laboratorios Sandoz, Hofmann reparó en el parecido estructural entre el ácido lisérgico y el ácido nicotínico, base de un conocido estimulante circulatorio de la época. Por simple paralelismo razonó que de aquel núcleo podía surgir un compuesto con propiedades farmacológicas semejantes. La primera preparación quedó anotada en su cuaderno el 16 de noviembre de 1938. No fue un golpe de suerte: fue planificación. La sustancia, sin embargo, no mostró el efecto cardiovascular esperado y, salvo cierta inquietud en los animales de ensayo, se archivó como una más entre las miles que cada año se sintetizan y se descartan.
El azar entra cinco años después
Lo extraordinario llegó en 1943, cuando Hofmann decidió volver a preparar el compuesto solo porque le gustaba su estructura química, algo poco habitual con una molécula ya descartada. Durante aquella segunda síntesis percibió un estado de conciencia inusual que más tarde llamaríamos «psicodélico»: una traza ínfima debió de entrar en su organismo de forma accidental. Para confirmar la sospecha realizó, tres días después, el famoso autoexperimento del 19 de abril. Fue, según sus propias palabras, un mal viaje —un detalle que conviene no olvidar cuando se romantiza el episodio.
Hofmann insistía en que, vista en frío, la sustancia debería haberse perdido sin más. Que no ocurriera así depende de una corazonada y de un descuido. Esa contingencia es, precisamente, lo que él convirtió después en material de reflexión filosófica.
El «espíritu de los tiempos», según Hofmann
El químico no se conformó con la anécdota. Situó el hallazgo del LSD junto a otros hitos de los años cuarenta: los primeros tranquilizantes y el dominio técnico de la energía nuclear. Le fascinaba el contraste: mientras los tranquilizantes, decía, «tapan» los conflictos psíquicos, el LSD parecía hacer lo contrario, sacarlos a la superficie. Y subrayaba el salto de potencia respecto a la mescalina, del orden de varios miles de veces.
De ahí pasaba a una idea más arriesgada: que tanta coincidencia no podía ser casual, que la molécula había llegado «cuando tenía que llegar», casi como respuesta a un siglo de materialismo. Hofmann llegó a sugerir que sus decisiones clave no fueron del todo conscientes, sino guiadas por un subconsciente conectado con una «conciencia transpersonal universal». Es la parte más personal —y más discutible— de su testimonio, y merece leerse como confesión íntima de un científico, no como conclusión demostrable.
Una llamada en agosto de 1961
Antes de conocerlo en persona, Hofmann ya había leído a Aldous Huxley: Un mundo feliz, Contrapunto y, sobre todo, los dos ensayos en los que el escritor relató sus experiencias con mescalina, Las puertas de la percepción y Cielo e infierno. Para el químico, aquellos textos fueron una ayuda inesperada para entender lo que él mismo había vivido en el laboratorio.
Huxley defendía que estas sustancias podían acercar estados visionarios a personas sin el don místico de santos o grandes artistas. Las veía como «llaves» químicas que abren puertas de la percepción, equiparables —aunque más rápidas— a la meditación, el ayuno, la soledad o el yoga. Evitaba deliberadamente la palabra «droga», por su carga peyorativa, y prefería distinguir este tipo de sustancia de otras.
El encuentro llegó por sorpresa: una mañana de agosto de 1961, una llamada al laboratorio —«Soy Aldous Huxley»— y una invitación a comer en Zúrich. Hofmann recordaba a un caballero con una fresia amarilla en la solapa y un aire de bondad. Hablaron sobre todo de las «drogas mágicas». Huxley, que ya las había probado junto a su esposa, sostenía algo que hoy seguiría firmando cualquier divulgador serio: el efecto depende del entorno. Por eso desconfiaba de los experimentos puramente clínicos y, medio en broma medio en serio, recomendó probar en una pradera alpina mirando la corola de una genciana.
De la conversación a «Isla»
De aquel primer encuentro Hofmann conservó una grabación que Huxley le regaló, la conferencia «Experiencia visionaria», en la que el escritor reivindicaba esa vía como complemento necesario de la comprensión puramente intelectual del mundo. Al año siguiente apareció Isla, la utopía en la que la sociedad de Pala intenta casar ciencia y sabiduría oriental. Allí una sustancia ritual, la «medicina moksha» —del sánscrito liberación—, se reserva para los momentos decisivos: la iniciación de los jóvenes, las crisis vitales y el acompañamiento de los moribundos.
Huxley le envió el libro con una dedicatoria que mezclaba humor y reconocimiento: «Para Albert Hofmann, el verdadero descubridor de la medicina moksha». Y en una carta de 1962 dejó una frase que Hofmann tomó como advertencia: lo esencial es aprender a expresar, mediante el amor y la inteligencia, lo que se obtiene de la autotrascendencia y del sentimiento de unidad con el universo.
Lectura crítica
El relato de Hofmann es valiosísimo como documento de primera mano, pero conviene leerlo con varias cautelas:
- El mito del origen. La idea de que el LSD «estaba destinado» a aparecer es una interpretación poética del propio Hofmann, no un hecho. La historia de la ciencia está llena de hallazgos fortuitos que solo en retrospectiva parecen inevitables.
- Optimismo de época. Tanto Hofmann como Huxley escribieron antes de los excesos, los problemas legales y los daños asociados al uso descontrolado de los años sesenta. Su entusiasmo debe contextualizarse, no copiarse.
- Set y setting no son una garantía. Que el entorno importe —algo que Huxley intuyó pronto— no convierte estas sustancias en inocuas. Hablamos de compuestos potentes, con efectos psicológicos imprevisibles y con un marco legal restrictivo en España y en la mayoría de países.
- Reducción de riesgos. Este texto es divulgativo e histórico. No describe dosis, preparación ni consumo, y no pretende fomentarlo. Cualquier interés en los usos terapéuticos de los psicodélicos debería canalizarse a través de la investigación clínica regulada, hoy de nuevo activa, y nunca de la experimentación por cuenta propia.
Fuente del testimonio: Albert Hofmann, «LSD: Completely personal», conferencia leída en el congreso Worlds of Consciousness (Heidelberg, 1996), traducida del alemán por Jonathan Ott y publicada en el boletín de MAPS.