
En breve
- El mayor estudio controlado con placebo sobre microdosis (191 personas) no encontró diferencias significativas entre microdosis y placebo en bienestar, satisfacción vital o atención plena.
- Ambos grupos mejoraron: buena parte del beneficio percibido parecía depender de lo que la persona creía haber tomado, más que de la sustancia en sí.
- No es prueba de que las microdosis «no hagan nada»: la evidencia sigue siendo temprana y otros trabajos detectan señales farmacológicas. Ni milagro ni farsa.
El microdosaje —tomar de forma regular dosis muy pequeñas de LSD o psilocibina, muy por debajo del umbral que produce efectos perceptivos— se ha popularizado con promesas de más creatividad, foco y bienestar. Cuando la ciencia lo ha puesto a prueba con un grupo de control que toma placebo, el resultado ha sido más sobrio: la gente que microdosifica mejora, sí, pero la que toma pastillas inertes también, y las diferencias entre ambos grupos tienden a desvanecerse.
El estudio
El trabajo más representativo se publicó en la revista de acceso abierto eLife en 2021, dirigido por Balázs Szigeti y su equipo del Imperial College de Londres. Su diseño fue ingenioso: en lugar de llevar a la gente a un laboratorio, propusieron un «autocegado» (self-blinding). Participaron 191 personas que ya microdosificaban por su cuenta; siguiendo instrucciones en línea, prepararon sus propias cápsulas —unas con su sustancia, otras con placebo— identificadas mediante códigos QR, de modo que ni ellas ni los investigadores sabían qué contenía cada dosis hasta el final. El seguimiento duró cuatro semanas. Es el mayor estudio controlado con placebo sobre psicodélicos realizado hasta la fecha, aunque conviene subrayar que no es un ensayo clínico al uso: la muestra se autoseleccionó, las sustancias eran las propias de cada participante y las dosis no estaban estandarizadas ni verificadas en laboratorio.
Qué se encontró
A lo largo de las cuatro semanas, ambos grupos mejoraron en varias medidas psicológicas: bienestar, satisfacción con la vida y atención plena, entre otras. El problema para la hipótesis del microdosaje es que no hubo diferencias estadísticamente significativas entre quienes tomaron microdosis y quienes tomaron placebo. Al examinar los efectos agudos —los del día de la toma— y tener en cuenta lo que cada persona adivinaba sobre el contenido de su cápsula, las diferencias, ya de por sí pequeñas, desaparecían en casi todas las escalas, salvo en la intensidad subjetiva de la experiencia. Dicho de otro modo: las puntuaciones eran mejores cuando el participante creía haber tomado una microdosis, con independencia de lo que realmente hubiera ingerido. Los autores concluyeron que buena parte de los beneficios observados se explican por el efecto placebo, es decir, por la expectativa.
Qué significa (y qué no)
El hallazgo es importante y a la vez conviene leerlo con cuidado en las dos direcciones. Significa que la expectativa —el ritual de tomar algo con la esperanza de sentirse mejor— tiene un peso real, y que gran parte de los testimonios entusiastas que circulan pueden reflejar ese mecanismo antes que una acción farmacológica clara. Pero no demuestra que las microdosis carezcan de efecto: el estudio usaba dosis autoadministradas y no verificadas, medía sobre todo cambios subjetivos y reclutaba a personas ya convencidas del método, factores que limitan las conclusiones.
De hecho, la literatura no es unánime. Una revisión de 2024 firmada por Vince Polito y Paul Liknaitzky en el Journal of Psychopharmacology recopiló 19 estudios controlados y advirtió de que tampoco hay evidencia sólida para reducirlo todo a placebo: algunos trabajos describen efectos que dependen de la dosis y señales neurobiológicas que un placebo puro no explicaría. El campo está, en realidad, en una fase temprana: pocos laboratorios, muestras pequeñas (una media de unas 31 personas), casi siempre voluntarios sanos y seguimientos cortos. La conclusión honesta es que la investigación resulta prometedora pero preliminar, y que los ensayos más rigurosos todavía no han mostrado un beneficio robusto y reproducible frente al placebo.
Como dato objetivo, en España tanto el LSD como la psilocibina figuran entre las sustancias fiscalizadas, al margen de lo que la ciencia acabe concluyendo sobre su utilidad. Quien se plantee estas prácticas merece información veraz y no exagerada: ni la promesa de una cura ni la condena moral ayudan a decidir con autonomía. Lo que hoy sabemos invita a la prudencia y, sobre todo, a seguir de cerca los ensayos bien diseñados que están en marcha.
Fuente
- Szigeti B, Kartner L, Blemings A, Rosas F, Feilding A, Nutt DJ, Carhart-Harris RL, Erritzoe D. Self-blinding citizen science to explore psychedelic microdosing. eLife, 2021;10:e62878. DOI: 10.7554/eLife.62878
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