Una conversación que no iba (solo) de drogas
Hay un malentendido persistente alrededor de Antonio Escohotado (Madrid, 1941): el de reducirlo a «el filósofo de las drogas». Quien se sentaba a hablar con él descubría enseguida a un erudito de intereses dispersos —filosofía, historia económica, ajedrez— para quien las sustancias eran apenas un capítulo de una obra mucho más amplia. La entrevista que J. C. Ruiz Franco le hizo el 6 de diciembre de 2009, publicada en el número 70 de Cannabis Magazine, lo deja claro desde la primera página. En la charla participaron también el sociólogo Carlos Moya (Córdoba, 1936), viejo amigo del entrevistado, y Javier Muns, allegado de la familia.
Lo recuperamos aquí no como reliquia, sino porque las ideas de fondo —dónde está la línea entre disfrutar y destruirse, qué hace realmente la prohibición— siguen siendo el terreno donde se juega cualquier conversación seria sobre psicoactivos.
El cannabis de los sesenta: poco y malo
Escohotado situaba su primer consumo de cannabis en el otoño de 1964. Su recuerdo de aquella época es de escasez y pésima calidad: hasta bien entrados los setenta, decía, «no hay ni calidad ni existencias». La gran excepción fue un hachís afgano «espléndido» que, según él, desapareció por completo hacia 1975.
El detalle interesa porque desmonta cierta nostalgia. Mientras Moya defendía el célebre «doblecero» y Muns recordaba el hachís marroquí abundante en los sesenta, Escohotado introducía un matiz casi técnico: a su juicio, buena parte del hachís marroquí —goma o polen— se parecía más al Valium que a un fármaco de viaje, porque su efecto tenía más que ver con el CBD que con el THC. Una observación de aficionado, anterior a que el gran público manejara estas siglas, que conviene leer como impresión personal y no como análisis de laboratorio.
Uso y abuso: su verdadera obsesión
Si Escohotado reivindicaba algo de su trabajo, no era haber «defendido las drogas», sino haber insistido en una distinción incómoda para todos los bandos: la que separa el uso del abuso. «Donde creo haber puesto un granito de arena —resumía— es en distinguir entre uso y abuso, aclarando en detalle cómo lo segundo te priva de aquello que andabas persiguiendo.»
De ahí su rechazo, igual de tajante, a dos figuras opuestas. Por un lado, las cruzadas que convierten una sustancia en chivo expiatorio: «no confundan melodrama con metabolismo», le decía a quienes culpaban a la química de tragedias personales. Por otro, la coartada inversa, la del consumidor que se excede y luego responsabiliza «a la droga o a la sociedad». Para él, ambas posturas compartían la misma pereza mental: el dualismo que reparte el mundo en buenos y malos para no tener que pensar.
Rechazaba también el papel de gurú que muchos lectores le adjudicaban. Consideraba «poco educado ir de vidente y salvador», y atribuía ese tipo de figura tanto al ego del maestro como a la necesidad del público de tener uno. Su aspiración declarada era más modesta y más exigente: «el respeto del prójimo».
Una droga «revolucionaria», según él
Preguntado por si el cannabis era una sustancia de conformidad o de ruptura, Escohotado lo situaba del lado de lo revolucionario: «abre horizontes», decía, y obliga a pensarse a uno mismo «sin autocomplacencia». Frente a él colocaba los tranquilizantes y el alcohol como drogas de conformidad. Moya matizaba, con buen criterio, que todo depende «del contexto, de la persona y del momento» —una cautela que conviene retener antes de tomar la frase al pie de la letra—.
Esa lectura conectaba con el grueso de su obra tardía. Por las mismas fechas publicaba Los enemigos del comercio, su monumental historia del comunismo, al que interpretaba como «una reclamación de seguridad» frente a la incertidumbre. El hilo que unía ambos asuntos era su desconfianza hacia toda promesa de salvación colectiva, viniera del púlpito, del partido o del propio mesías farmacológico.
Naturismo no, química sí
Escohotado desconfiaba abiertamente del «naturismo farmacológico», esa idea de que lo vegetal es por definición más seguro o más noble que lo sintético. «Química es naturaleza en sentido eminente», sostenía, y defendía que aislar un principio activo da una sustancia más pura y previsible. Lo ilustraba con la ayahuasca: un brebaje que consideraba interesante pero áspero, y que en su opinión podría algún día estandarizarse —algo que, reconocía, las iglesias que la administran viven como una herejía—.
Es, de nuevo, una posición discutible más que una verdad establecida: la pureza facilita el control de la dosis, sí, pero también puede aumentar la potencia y el riesgo. Lo recogemos como argumento suyo, no como recomendación.
El cultivador casero y la prohibición
Cultivaba sus propias plantas desde mediados de los setenta, mucho antes de que existieran los grow shops, y con los años llegó a obtener cosechas de las que se sentía orgulloso, incluida una hidropónica de Northern Lights–Silver Haze hacia 1990. Prefería las sativas por su efecto, aunque admitía que las índicas eran más fáciles de sacar adelante. Aquella temporada, además, había sido víctima de los robos de plantas que entonces empezaban a proliferar: un recordatorio de que la clandestinidad, lejos de proteger, deja a cada cual a su suerte.
Sobre el futuro de la prohibición era a la vez optimista y prudente. «La guerra se acabó hace tiempo, sobre todo para el cáñamo», decía; lo que quedaban, a su juicio, eran «peajes» —citaba la Ley Corcuera— derivados de que la tolerancia fuera «una victoria de hecho, no de derecho». Y advertía de una posible recaída: el avance de las campañas contra el tabaco podía, según él, reavivar el celo persecutorio contra otras sustancias. «La libertad nunca se ha regalado», zanjaba.
Lectura crítica
Conviene leer esta entrevista por lo que es: las opiniones de un pensador brillante y deliberadamente polémico, expresadas en una revista de cultura cannábica en 2009. Algunas de sus afirmaciones —la equivalencia entre hachís marroquí y CBD, la idea de encapsular la ayahuasca, el carácter «revolucionario» del cannabis— son impresiones personales o apuestas filosóficas, no conclusiones científicas, y hoy se sostendrían con bastantes matices.
Su aportación más sólida sigue siendo la insistencia en la responsabilidad individual y en la frontera entre uso y abuso. Desde una perspectiva de reducción de riesgos cabe añadir lo que la conversación apenas toca: que el efecto depende de la persona, el contexto y el momento; que fumar cualquier material vegetal daña las vías respiratorias; que mezclar sustancias multiplica los peligros; y que la incertidumbre sobre la composición real de lo que circula en el mercado negro es, precisamente, uno de los principales argumentos contra la prohibición y a favor de la información honesta. Nada de lo anterior es consejo para consumir, sino contexto para entender lo que el propio Escohotado defendía: que pensar siempre es mejor que delegar el juicio en una sustancia o en un cruzado.