Adulterantes del hachís: ¿qué revelan los laboratorios?

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En breve: Cuando se llevan al laboratorio, las muestras de hachís del mercado ilegal apenas muestran rastro de los adulterantes legendarios. El único que aparece con cierta frecuencia es la resina de colofonia, y el temido «humo negro» se asocia, paradójicamente, a una concentración alta de cannabinoides, no a un fraude. Repasamos qué dicen realmente los datos —y dónde flaquean.

La leyenda del hachís envenenado

Pocas creencias circulan con tanta naturalidad en los ambientes consumidores como la del hachís adulterado. La lista de supuestos añadidos es larga y pintoresca: henna, goma arábiga, yema de huevo, aceite de pescado o de motor, pegamento, cola de impacto, e incluso excrementos de burro o de bebé. Es un catálogo que se transmite de boca en boca, en parte como advertencia sanitaria y en parte como folclore urbano.

El problema es que, entre el testimonio y la prueba, media un abismo. Una cosa es la sospecha —razonable, dado que hablamos de un mercado opaco y sin control de calidad— y otra muy distinta el dato verificable. Y cuando se han puesto las muestras bajo técnicas analíticas serias, lo que ha salido a la luz contradice buena parte del relato popular. Conviene mirar esos resultados con calma antes de dar nada por sentado.

Lo que encuentra (y lo que no) el Instituto Nacional de Toxicología

La Sección de Drogas del Instituto Nacional de Toxicología (INT) examina cada año miles de muestras de cannabis procedentes de incautaciones policiales, desde las pequeñas cantidades intervenidas a usuarios hasta los alijos decomisados al narcotráfico. Su objetivo principal no es cazar adulterantes, sino confirmar que lo incautado es efectivamente una sustancia fiscalizada; de paso, sus Memorias anuales dibujan el estado del mercado ilegal.

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Los porcentajes de muestras de hachís catalogadas como adulteradas son llamativamente bajos año tras año: en torno al 2% a finales de los noventa, con un pico del 7,6% en 2001 y cifras que después caen por debajo del 1% en varios ejercicios de la primera década de los 2000. En todos los casos, el adulterante hallado fue el mismo: resina de colofonia, una sustancia extraída de pinos y abetos que irrita las mucosas pero carece de toxicidad significativa. De la henna, el aceite de motor o los excrementos legendarios, ni rastro.

Aquí, sin embargo, conviene una cautela importante que el propio INT reconoce: sus análisis no estaban diseñados para buscar específicamente ese repertorio de adulterantes. Es decir, que no aparezcan no equivale a demostrar que nunca se usen; significa que el método empleado no los rastreaba activamente. Una ausencia de prueba no es una prueba de ausencia, y por eso hace falta mirar otras investigaciones planteadas justamente con esa pregunta en mente.

Italia, Francia y el País Vasco: la misma conclusión

En Italia, Augusta Caliagiani, del departamento de Química Orgánica e Industrial de la Universidad de Parma, analizó dieciséis muestras de hachís en busca de adulterantes. El resultado: solo una contenía algo reseñable —de nuevo, resina de colofonia—, y las quince restantes salieron limpias.

En Francia, Stéphane Le Vu, de Médicos del Mundo, examinó junto a la Facultad de Farmacia de la Universidad de París-Sud varias muestras de hachís comercial buscando expresamente los adulterantes que mencionan los usuarios. No halló indicio alguno de ninguno de ellos.

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El caso más interesante es el del País Vasco. En 2001, Jesús María Aizpurua, del departamento de Química Orgánica de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU), estudió 26 muestras remitidas por la asociación Kalamudia y el programa Sintetik, alarmados por partidas de hachís que, al quemarse, despedían un humo negro, denso y pegajoso. En el imaginario cannábico, ese humo se interpreta desde hace años como la firma del producto adulterado y de peor calidad.

El «humo negro» no es lo que parece

Los resultados desmontaron esa creencia. Según relató Martín Barriuso —después presidente de la Federación de Asociaciones Cannábicas (FAC)—, se buscaron sistemáticamente disolventes orgánicos sin encontrarlos, y las partes insolubles correspondían sobre todo a fibra de cáñamo, con cantidades variables de calcita y arena: sustancias no volátiles que, sencillamente, no pueden generar humo.

La explicación del humo oscuro resultó ser la contraria a la sospechada: una concentración total de principios activos cannabinoides (THC + CBD + CBN) superior al 15%. En las muestras de Bilbao, los miembros de Kalamudia habían anotado el color del humo al quemar una porción. Las tres etiquetadas como «humo muy negro» tenían los mayores porcentajes de cannabinoides, por encima del 20% y con un máximo del 24,26%. Las de humo blanco eran, por lo general, las menos potentes. Dicho de otro modo: ese rasgo asociado a la mala calidad apuntaba, en realidad, a un producto más cargado.

Lectura crítica

Que los análisis apenas hallen adulterantes no autoriza a concluir que el hachís ilegal sea inofensivo, y conviene no sobreinterpretar los datos:

  • Lo que no se busca, no se encuentra. El propio INT admite que sus métodos no rastreaban activamente el catálogo de adulterantes folclóricos. Los estudios universitarios que sí los buscaron tampoco los encontraron, lo que refuerza la conclusión, pero ningún cribado cubre todas las sustancias posibles.
  • Muestras de hace dos décadas. Estos datos retratan el mercado de los años en que se recogieron. La composición de los productos cambia con el tiempo, y lo cierto en 2005 no garantiza nada sobre lo que circula hoy.
  • «Limpio de adulterantes» no es «seguro». Contaminantes microbiológicos, restos de pesticidas, metales o el propio proceso de combustión siguen siendo riesgos reales, al margen de que alguien haya añadido o no algo a la pasta.
  • El sesgo del relato. La leyenda del producto envenenado cumple una función social —avisar, explicar un malestar, desconfiar del proveedor—, pero ni el rumor ni la anécdota equivalen a evidencia. La presunción de inocencia también vale aquí: sin prueba de cargo, hablamos de sospechas.
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La conclusión razonable no es tranquilizadora ni alarmista, sino sobria: los grandes mitos sobre la adulteración del hachís cuentan con escaso respaldo de laboratorio, mientras que otros riesgos —menos espectaculares pero más verificables— quedan fuera del foco del debate.

Esta pieza se inspira en los datos recogidos en el capítulo «Análisis de muestras de cannabis: psicoactividad y adulteración» del libro ¿Sabes lo que te metes? Pureza y adulteración de las drogas en España (Ediciones Amargord, 2007), citado aquí solo como referencia documental.

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