
Un chamanismo europeo que apenas dejó rastro
Cuando se habla de plantas visionarias, la conversación se desplaza casi por inercia hacia el Amazonas, los Andes o las mesetas mexicanas. La etnobotánica del siglo XX construyó su imaginario mirando hacia América, y rara vez hacia el propio jardín de Europa. Sin embargo, las sociedades tradicionales del Mediterráneo y de la Península Ibérica también dispusieron de un repertorio amplio de recursos vegetales para modificar el estado de la consciencia, y de figuras —meigas, bruixots, lamias, pitonisas— que cumplían funciones equivalentes a las de los especialistas chamánicos que los antropólogos buscan hoy en otros continentes.
El problema, para quien quiere reconstruir esa historia, es que casi todo se ha perdido. La modernización, la uniformización cultural y la persecución religiosa barrieron las tradiciones orales que identificaban las plantas y describían sus preparados. Solo los embriagantes alcohólicos resistieron bien las tormentas de la historia. De lo demás quedan fragmentos: nombres populares, refranes, objetos rituales, alguna referencia clásica y testimonios dispersos que apenas empiezan a recuperarse. Lo que sigue es un inventario de esos restos, no un manual.
La Amanita muscaria y los duendes del bosque
El más reconocible de los hongos visionarios europeos es la Amanita muscaria, el oriol foll o matamosques catalán: sombrero rojo brillante moteado de blanco, pie níveo. En la imaginería popular, su tronco aparecía habitado por gnomos y seres maravillosos. No hay pruebas firmes de un uso ritual sistemático en la zona mediterránea, pero sí indicios persistentes de un consumo a lo largo de la historia, lo bastante tenaces como para sospechar una raíz prehistórica vinculada a creencias animistas anteriores en milenios a la era cristiana.
Resulta sugerente cómo encaja el folclore con la farmacología. Las descripciones tradicionales de la embriaguez por este hongo —euforia y locuacidad, después una distorsión del tamaño de los objetos, finalmente una somnolencia poblada de visiones y «voces sabias»— coinciden punto por punto con el carácter atribuido a los follets: pequeños, activos, sabios (del griego gnomon, «el que sabe») y avistados solo en los bosques alpinos y pirenaicos donde, casualmente, crece la seta. Hasta la expresión catalana estar tocat del bolet —»estar tocado por el hongo», dicho sin desprecio de quien hace pequeñas locuras— guarda el eco de esa relación. Conviene subrayar, en clave de reducción de riesgos, que la Amanita muscaria es una seta tóxica de margen estrecho: la frontera entre el efecto buscado y la intoxicación grave es mínima e impredecible, porque la concentración de sus alcaloides varía enormemente de un ejemplar a otro.
El hongo de las brujas vascas
Junto a la Amanita, la cuenca mediterránea alberga el Psilocybe semilanceata, hongo que contiene psilocibina. Aunque faltan datos sobre un uso antiguo, las investigaciones del etnomicólogo A. Garí lo sitúan dentro de la farmacopea psicoactiva de las hechiceras medievales. El argumento más llamativo es lingüístico: su nombre popular en euskera, sorguin zorrotz («bruja picuda»), remite tanto al inconfundible pezón del sombrero como, quizá, a quienes lo empleaban. A ello se suman dos medallones del siglo XVII, atribuidos al utillaje brujeril, en los que el hongo aparece nítidamente silueteado. Otras especies psilocibias presentes en la zona no tienen tradición documentada, aunque sí un consumo contemporáneo entre aficionados.
Peganum harmala: la ruda siria
La hármaga o ruda siria (Peganum harmala) —el hârmel magrebí— crece silvestre y abundante en España y se ha usado desde tiempos inmemoriales en toda la franja sur del Mediterráneo. Su química es notable: contiene harmina, un alcaloide que la medicina del siglo XX llegó a apreciar para tratar cuadros como la encefalitis letárgica. La tradición popular le atribuyó además propiedades antihelmínticas, sudoríficas y tónicas contra el agotamiento. Importa señalar, sin entrar en preparaciones, que las harmalas son inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO): esto las hace farmacológicamente activas pero también peligrosas, porque interactúan con numerosos alimentos y fármacos y pueden desencadenar crisis hipertensivas o síndrome serotoninérgico.
El tomatillo del diablo y la advertencia de Plinio
El «tomatillo del diablo» o hierba mora corresponde a la Solanum villosum, planta que se confunde a menudo con la Solanum nigrum, de frutos más dulces, y que pertenece al mismo género que el tomate cultivado (S. lycopersicum). De la villosum apenas cabe decir que es bastante más potente que sus parientes y que su efecto ya inquietaba al mundo clásico. Plinio el Viejo, en el siglo I, declaró que no diría nada de ella porque «se ocupaba de remedios y no de venenos», aunque dejó caer, para los entendidos, que bastaba muy poco para «perturbar la razón» y mucho para matar. Esa ambigüedad de Plinio resume bien el estatuto de estas plantas: el mismo material que en pequeñas cantidades altera la percepción, en cantidades apenas mayores es letal. Existen testimonios de una pervivencia tardía de su uso en Mallorca.
El estramonio y el origen del vuelo de las brujas
El estramonio (Datura stramonium) —»higuera del infierno», «berenjena del diablo»— es una de las pocas plantas que merecen el calificativo de alucinógenas en sentido estricto: produce una alteración tan extrema de la consciencia que puede romper por completo el contacto con el entorno. Crece sin esfuerzo en huertos descuidados, vertederos y hasta en la arena de las playas, con sus grandes flores blancas acampanadas, sus frutos espinosos y un olor penetrante a fármaco. Su riqueza en alcaloides explica que la medicina lo usara como hipnótico y, durante siglos, en cigarrillos contra el asma y la tos persistente.
De su elevada toxicidad procede una de las imágenes más célebres de la cultura europea. Para evitar los riesgos de la ingestión, las hechiceras aplicaban ungüentos elaborados con solanáceas sobre las mucosas, sirviéndose de un palo como vía de administración; la rápida aparición de la embriaguez producía la sensación vívida de «alzarse por los aires». El mito de la bruja montada en una escoba tiene, por tanto, una base farmacológica concreta. Desde la reducción de riesgos, conviene ser tajante: las solanáceas anticolinérgicas como el estramonio son deliriantes peligrosos, con un margen entre dosis activa y dosis tóxica estrechísimo, efectos profundamente desagradables y un historial real de intoxicaciones graves y muertes.
La belladona, planta de los chamanes pirenaicos
La Atropa belladonna fue otro gran propulsor de visiones en la brujería ibérica y europea, pese a ser rara en la Península: solo prospera en hayedos y robledales del Pirineo y prepirineo, donde los antiguos especialistas locales dominaban su uso. Dioscórides ya describió cómo unas gotas del extracto de su raíz inducían estados de «locura» y ensoñaciones agradables, vividas como sueños. Sus frutos dulces, parecidos a uvas negras, provocaban además intoxicaciones accidentales entre adolescentes. Un detalle revela hasta qué punto pesó en la farmacopea tradicional española: una Orden Ministerial de 1949 —muy anterior a cualquier prohibición europea sobre psicótropos— ya restringía la recolección de belladona silvestre.
El opio, el «medicamento único»
El opio, resina de la Papaver somniferum (el cascall), es conocido y usado desde la Antigüedad y cuenta con una literatura inabarcable. Basta recordar aquí que de esta planta derivan los múltiples opiáceos descritos por la farmacología y que su utilidad terapéutica ha sido tan extensa que se ha llegado a decir que, si hubiera que conservar un único remedio sobre la Tierra, debería ser este. Esa misma potencia explica su otra cara: dependencia, tolerancia y un riesgo de sobredosis que ha marcado la historia social de la sustancia.
El beleño y la fórmula de las «Tabletas de Roscellus»
El beleño o hierba loca (Hyoscyamus niger) comparte con la belladona y el estramonio los alcaloides atropina y escopolamina, y con ellos esa peculiar sensación de ligereza y vuelo que alimentó las leyendas de hechiceras voladoras. Probablemente fue el enteógeno más empleado en la hechicería medieval europea, y dejó rastro hasta en el refranero: «al que come beleño no le faltará el sueño». Circulaban incluso anécdotas sobre su uso para narcotizar a viajeros y bañistas incautos en los baños públicos.
El final de esta historia es político. Durante la Edad Media, las brujas y los boticarios oficiales manejaban prácticamente los mismos compuestos psicoactivos; la diferencia no estaba en la química, sino en el poder. Mientras la Inquisición enviaba a la hoguera a miles de mujeres acusadas de hechicería, los boticarios vendían fórmulas equivalentes con el aval de la ortodoxia. Las célebres «Tabletas de Roscellus», popularizadas en toda Europa a comienzos del siglo XVII, combinaban mandrágora, beleño, adormidera y opio: casi un catálogo completo de los mismos enteógenos cuyo uso, en otras manos, conducía al cadalso. No reproducimos aquí su formulación —es un documento histórico, no una receta utilizable—, pero su mera existencia dice mucho sobre quién podía alterar la consciencia legítimamente y quién pagaba por ello con la vida.
Lectura crítica
Este recorrido se apoya en trabajos de etnopsicología y etnomicología sobre el chamanismo mediterráneo —el material original cita, por ejemplo, las investigaciones de A. Garí sobre el Psilocybe semilanceata en la brujería medieval— y en fuentes clásicas como Plinio y Dioscórides. Conviene leerlo con cautela. Buena parte de la reconstrucción del «chamanismo europeo» se basa en indicios indirectos —nombres populares, refranes, objetos, etimologías— que admiten interpretaciones alternativas; la coincidencia entre folclore y farmacología es sugerente, pero no equivale a una prueba documental. Algunas afirmaciones (la antigüedad concreta de ciertos usos, la lectura de los medallones brujeriles) pertenecen al terreno de la hipótesis razonable más que al del hecho establecido.
En el plano práctico, el mensaje es inequívoco: casi todas las plantas mencionadas —solanáceas anticolinérgicas, Amanita, harmalas, opio— son tóxicas, de margen estrecho y, varias de ellas, profundamente desagradables o letales en cantidades difíciles de calibrar. El interés de este texto es histórico, antropológico y cultural; no es una invitación al consumo ni una guía de preparación. Reconstruir la memoria de estos saberes perdidos es valioso; reproducir sus prácticas, sin el contexto ni el conocimiento de quienes las sostenían, es sencillamente peligroso.