Algunos cultos mistéricos romanos

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En breve: Un recorrido por los principales cultos mistéricos del mundo romano —Attis, Isis-Osiris y Mitra— y su papel en la crisis religiosa de los siglos I al III, con especial atención al uso de sustancias psicotrópicas en sus rituales iniciáticos y a los paralelismos con el naciente cristianismo.

Entre los siglos I y III, el Imperio romano vivió una profunda crisis de fe que abrió las puertas a los cultos mistéricos orientales

El motivo estaba muy claro: multitud de guerras civiles por el poder del imperio habían llevado a pensar que los dioses ya no amparaban a sus devotos. Además, la clase alta romana daba cobijo a multitud de filósofos griegos que comenzaban a dudar de la existencia de tales dioses (Gómez, 2007: 265).

Los cultos provenientes de Egipto y de Asia Menor gozaban de una sorprendente popularidad y contaban con una protección imperial. Así, muchos emperadores romanos apoyaron el mitraísmo por motivos políticos. Cómodo (185-192) se inició en los misterios de Isis y de Mitra; Caracalla (211-217) fomentó el culto solar al Sol Invictus y Constantino, quien daría carácter oficial al culto cristiano, se identificó con el propio Sol Invicto (Dastferrez, 2002: 766).

Las religiones mistéricas tuvieron consecuencias graves para el imperio: los ciudadanos dejaron de sentirse unidos al emperador. Surgieron como un esfuerzo por responder a la soledad del individuo. Los misterios imponían el secreto; las fuentes documentales que nos hablan de ellas son en su mayoría tardías. Sabemos que durante el siglo I se propagaron por la zona occidental del imperio y que sus orígenes provenían del sector oriental. Algunas de aquellas religiones fueron muy estimadas: los misterios de Attis en Frigia, los de Osiris en Egipto o los de Adonis en Siria.

Las ideas de estos misterios venían a ser siempre las mismas. Después de un periodo de purificación y preparación ritual, los iniciados participaban en un drama sagrado en el que se reactualizaban las aventuras del dios en cuestión. El aspirante experimentaba de este modo la proximidad del dios y tomaba conciencia de una profunda intimidad con él, entendida como una verdadera deificación. No cabe duda de que algunos misterios poseían una fuerte capacidad de dignificación moral, pero otros se caracterizaban por orgías rituales que provocaban estremecedoras experiencias personales sin ofrecer a sus iniciados la posibilidad de integrarse en la comunidad. Su éxito se debía a que creaban un sentimiento de dominio sobre el destino y la muerte en virtud de una deificación y de una salvación; ofrecían una relación personal con la divinidad, prometían una salvación definitiva más allá de la muerte, cosa que no ofrecía el culto al emperador (Davies, 1979: 32).

Los misterios de Attis

Los primeros cultos secretos que se introdujeron en Roma fueron los de la diosa frigia Cibeles, conocidos como Misterios de Attis. Despreciados por la clase alta romana —los patricios— y favoritos entre la clase baja, los ritos incluían la autocastración de algunos sacerdotes; los demás fieles tan solo se flagelaban, en un trance excitado por música, danzas frenéticas y tatuajes. Attis era un chivo expiatorio que borraba con sus sufrimientos los pecados del mundo. Antes de ser admitidos a las ceremonias mayores, los aspirantes a la iniciación celebraban un banquete de comunión con pan y vino, precedido por severos ayunos.

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Aunque estos misterios empezaron a celebrarse en Roma antes del siglo II a. C., su difusión se consumó sobre todo en la época imperial. Varios césares promovieron directa o indirectamente los cultos para contrarrestar los progresos del cristianismo. Por lo que respecta a las ceremonias en sí, son sacrificios que oscilan entre un modelo de transferencia del mal mediante víctima humana o pharmakós y un modelo de comunión o participación a través de un phármakon, si bien con cierto predominio de lo primero. Tras ayunar, el ágape con pan y vino resultaba sin duda psicotrópico, aunque algún historiador se inclina a considerar que en las ceremonias mayores intervenían también «alucinógenos» (Escohotado, 1999). Dada la naturaleza frenética del rito, mucho más próxima a las ceremonias dionisíacas que a las eleusinas, cabe suponer que se trataría de sustancias más adaptadas a trances de posesión que a trances visionarios.

Misterios de Isis y Osiris

Isis es la versión egipcia de la diosa madre Tierra: hermana y esposa de Osiris, busca los trozos del cuerpo de su marido muerto y despedazado por el dios Set, los recompone y celebra su funeral con grandes lamentaciones en compañía de Anubis. Tras el luto, consiguió la resurrección de su marido en sincronía con la vegetación. Isis es, por tanto, una diosa similar a Deméter, y Osiris a Dioniso.

Los miembros de estos misterios se agrupaban en asociaciones religiosas, los collegia Isidis, integrados por distintas clases de iniciados (telestini). El culto contaba tanto con sacerdotes como con sacerdotisas (Guerra, 1987: 134). Existían también los hieraphóros o portadores de la hierá, los objetos sagrados presentes en el misterio. Apuleyo habla de cista secretorum capax penitus celans operta magnificae religiones o «cesta celadora de los objetos sagrados más secretos de la religión isiaca».

Al ritual eleusino —visto ya en artículos anteriores— parecen vinculados los Misterios de Isis y Osiris, también llamados «egipcios», que se establecieron a comienzos del siglo II a. C. gracias al faraón Ptolomeo Sóter con el fin de dar a sus dominios la cohesión de una religión aceptable para todos. Los testimonios que se conservan de mystai indican claros paralelos con la secuencia descrita por Plutarco al hablar de Eleusis, donde primero hay un tránsito por habitaciones oscuras al que sigue una experiencia de luz pura y visiones.

El más interesante de los documentos sobre estos misterios es el de Apuleyo. Afirma que el sumo sacerdote realiza una serie de acciones: el sacrificio matutino, la lectura de los libros sagrados y un baño purificador. Los aspirantes debían pasar unos diez días de abstinencia de carne y de vino. Llegado el día, el sacerdote mandaba que se alejasen los profanos del tabernáculo del templo. Apuleyo ya no dice nada más: «te lo diría si fuera lícito decirlo; lo sabrías, lector, si fuera lícito oírlo». Uno de sus párrafos dice:

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«Llegué a las fronteras de la muerte, pisé el umbral de Perséfone (Isis en cuanto Señora de los muertos) y a mi regreso crucé todos los elementos; en plena noche vi el sol que brillaba en todo su esplendor; me acerqué a los dioses subterráneos y celestes. Los contemplé cara a cara y los adoré de cerca. Estas son mis noticias; aunque las has oído estás condenado a no entenderlas» (Guerra, 1987: 141).

La iniciación terminaba con un banquete: «El tercer día se repitió la misma ceremonia y el desayuno ritual: con ello quedaron completadas las formalidades de la iniciación.»

A la iniciación le sucedía la «iluminación», una especie de epopteia o contemplación eleusina. Primero era necesario ayunar diez días para participar en las orgías nocturnas —ceremonias orgiásticas, en trance teléstico— de Osiris. Los sacerdotes y sacerdotisas debían vivir con austeridad.

La intervención de sustancias específicamente visionarias parece insinuada en algunos comentarios de Jámblico recogidos en su libro sobre los misterios egipcios. Afirma allí que «deben distinguirse los trances que llenan de demencia y enfermedad de aquellos que procuran bienes más preciosos que la sabiduría humana […] pues unos hacen descender el alma y otros la elevan; unos la separan por completo de la participación en lo divino y otros la unen a ello». Como Apuleyo, Jámblico considera que la meta de estos misterios es la clara contemplación de los dioses (Escohotado, 1999). Los iniciados caían del vértigo inspirado por una especie de éxtasis en el que el alma recibía a los espíritus y los ángeles y veía directamente a los dioses.

Los cultos de Mitra

Entre los cultos mistéricos helenísticos destaca el de Mitra, una deidad irania vinculada al símbolo patriarcal del toro, cuyo rito iniciático comprendía una aspersión con la sangre de un animal muerto en ese mismo instante. Basado sobre un «ofrecimiento del pan», el mitraísmo llegó a ser la religión por excelencia de los militares, logrando una difusión extraordinaria en todo el ámbito romano en los siglos I y II. Mitra era una especie de árbitro entre las fuerzas del mal y del bien, el dios de los contratos legales y del robo de ganado (Blackwell y col., 2003: 169). El culto de Mitra llegó a Roma con los piratas de Cilicia (provincia romana cercana al mar Negro). Este dios fue asociado rápidamente con el dios sol, «Deus Sol Invictus Mithras».

De forma paralela, el culto cristiano empezaba a ganar popularidad y evolucionaba hacia una religión de Estado. Los primeros Padres de la Iglesia vieron en esos cultos una imitación diabólica de la eucaristía, si bien los historiadores afirman que quienes imitaron dicho modelo fueron los propios cristianos. Tertuliano escribió sobre los misterios de Mithra:

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«El diablo, cuya ocupación es la de pervertir la verdad, remeda las circunstancias exactas de los sacramentos divinos. Él bautiza a sus creyentes y promete el perdón de los pecados de la sagrada fuente, y con eso los inicia en la religión de Mithra. Así él celebra la oblación del pan, y trae el símbolo de la resurrección. Permítanos, por consiguiente, reconocer la astucia del diablo, que copia ciertas cosas de aquellas que son divinas.»

En los banquetes sagrados de Mitra, los mystas ingerían pan y vino como representación de la carne y la sangre del toro inmolado por Mitra. El sacerdote los bendecía con estas palabras: «Salvaste a los hombres con el derramamiento de la sangre eterna.» El fiel que participaba en esta comunión permitía el nacimiento de una nueva vida y se le procuraba la vida eterna. La comunión permitía una fusión mística con la divinidad y una participación en la vida eterna (Dastferrez, 2002: 767).

Las coincidencias entre mitraísmo y cristianismo van mucho más lejos: Cristo y Mitra celebraban su nacimiento el mismo 25 de diciembre. Hacia el año 375, el papa Julio I declaró la Natividad de Jesús en esa misma fecha para alinear a los seguidores del dios del Sol Mithra. Ambas religiones compartían creencias sobre el fin del mundo, el juicio final y la resurrección de los muertos. La religión del dios Mitra exaltaba el domingo —el día del sol o Solis Dies— como el más importante de la semana y como fiesta semanal para los ciudadanos romanos desde el siglo II.

Los seguidores del culto de Mitra se dividían en células. Cada célula se reunía en sencillas cuevas que acogían a todos sus miembros. Muchas de estas cuevas se han conservado, pues misteriosamente muchas iglesias cristianas se construyeron encima de ellas; como por ejemplo la iglesia de San Clemente en Roma o la de Santa Prisca, también en Roma, donde se exhibe una inscripción que dice: «Mitra nos salvó por la sangre derramada» (Blackwell y col., 2003: 170). La cueva del templo mitráico en la Colina del Vaticano fue tomada y destruida por los cristianos en el año 376. Los obispos cristianos de Roma se apropiaron además del título de sumo sacerdote mitráico, Pater Patrum, quien era conocido como el «Papa».

Bibliografía

• Davies, W. D. (1979). Aproximación al Nuevo Testamento. Ediciones Cristiandad.
• Escohotado, A. (1999). Historia general de las drogas. Espasa Forum, Madrid.
• Torrent, F. J. (2003). El legado hermético de la Antigüedad. Bubok.
• Guerra Gómez, M. (1987). El sacerdocio femenino. I. T. San Ildefonso. Toledo.
• Blackwell, L., Blackwell, C. W. y Blackwell, A. H. (2003). Mitología para dummies. Editorial Norma.
• Dastferrez, A. (2002). La nueva era. Editorial Clie.
• Gómez Fernández, F. J. (2007). Dioses, templos y oráculos. Ediciones Nowtilus S. L.

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