Cómo cambian el cerebro los psicodélicos: qué muestra la evidencia reciente

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Redacción Psiconáutica

En breve

  • Un estudio publicado en Nature (2024) siguió a un grupo reducido de adultos sanos con decenas de resonancias cada uno para ver, con enorme precisión, qué le hace la psilocibina al cerebro.
  • Durante la experiencia, la psilocibina desincronizó de forma masiva la conectividad funcional del cerebro, con un cambio más de tres veces mayor que el del fármaco de comparación.
  • Semanas después persistía una conexión debilitada entre el hipocampo anterior y la red neuronal por defecto, un candidato a «huella» de la neuroplasticidad; pero la muestra es minúscula y todo se hizo en entorno clínico.

Que los psicodélicos «abren» algo en el cerebro es una idea repetida hasta el tópico. La pregunta interesante es más concreta: ¿qué cambia exactamente, cuánto dura y cómo lo sabemos? Un trabajo reciente aporta imágenes de una nitidez inusual. La psilocibina no se limita a activar o apagar zonas: reorganiza temporalmente la manera en que las grandes redes cerebrales se coordinan entre sí, y deja al menos una marca que sigue ahí semanas después.

El estudio

El artículo, titulado Psilocybin desynchronizes the human brain, lo firmaron Joshua S. Siegel, Nico U. F. Dosenbach y colaboradores de la Universidad de Washington en San Luis, y se publicó en Nature en 2024. El diseño es lo llamativo: en lugar de muchos sujetos con una o dos resonancias, siguieron a un puñado de adultos sanos (siete voluntarios, uno excluido del análisis principal) con un mapeo funcional de precisión, alrededor de dieciocho sesiones de resonancia magnética por persona, antes, durante y hasta tres semanas después. Fue un ensayo aleatorizado y doble ciego con diseño cruzado: cada participante recibió una dosis alta de psilocibina (25 mg) y, en otra ocasión, metilfenidato (40 mg) como comparador, un estimulante que sirve para descartar que los efectos se deban solo a la activación o el estado de alerta. Parte del grupo volvió meses después para una segunda dosis. Es, por tanto, un estudio de mecanismo, no un ensayo de eficacia terapéutica.

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Qué se encontró

Mientras la psilocibina estaba activa, la conectividad funcional (la sincronía con la que distintas regiones fluctúan juntas) se desbarató de forma masiva en la corteza y en estructuras profundas. La magnitud del cambio fue más de tres veces mayor que con metilfenidato, tan grande que, dentro de una misma persona bajo el efecto, su cerebro se parecía menos a sí mismo que a otra persona distinta. Los autores resumen la idea como una «desincronización»: el cerebro se desconecta de sus rutas habituales y se reconecta de otras maneras. Además, cuanto más intensa era esa alteración en cada individuo, más intensa era su experiencia subjetiva, lo que ata el fenómeno neuronal a lo vivido.

Dos matices son importantes. Primero, cuando durante la sesión se pedía a la persona una tarea perceptiva sencilla, la magnitud de la desincronización disminuía; es decir, el contexto y lo que uno hace modulan el efecto, no es un interruptor pasivo. Segundo, y quizá lo más relevante para la neuroplasticidad, casi todo se normalizó al día siguiente salvo un cambio: una disminución persistente de la conexión entre el hipocampo anterior y la red neuronal por defecto, que se mantuvo durante semanas. Los autores proponen esa reducción como posible correlato neuroanatómico de los efectos proplasticidad de los psicodélicos.

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Qué significa (y qué no)

La lectura honesta tiene dos direcciones. Por un lado, el hallazgo encaja con años de trabajo en animales, donde una sola dosis de psilocibina aumenta la densidad de espinas dendríticas y proteínas sinápticas durante semanas. Ver en humanos una huella medible y duradera, con una metodología tan cuidadosa, es un paso serio hacia entender por qué unas pocas sesiones podrían tener efectos que se prolongan. La hipótesis de una «ventana» de mayor plasticidad tras la toma gana plausibilidad.

Por otro lado, conviene frenar el entusiasmo. La muestra es diminuta: hablamos de un puñado de personas, sanas, no de pacientes con depresión o adicción. Que la conectividad hipocampo-red por defecto baje no demuestra, por sí solo, que haya crecido ninguna sinapsis ni que eso cure nada; es un marcador indirecto y una hipótesis, no una prueba de beneficio clínico. Todo ocurrió en un entorno controlado, con dosis medida, cribado previo y acompañamiento, condiciones que no se parecen al consumo por cuenta propia y que forman parte inseparable del resultado. Y «plasticidad» no equivale automáticamente a «mejora»: un cerebro más maleable puede reorganizarse en cualquier dirección según el contexto, la intención y el cuidado con que se transite la experiencia.

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La psilocibina es una sustancia con un estatus legal restringido en la mayoría de países, incluida España, donde su uso se investiga en marcos clínicos autorizados. Eso es un dato, no un juicio. Lo que esta investigación aporta no es un veredicto, sino una imagen más fina de un fenómeno real y prometedor, que merece rigor precisamente por lo mucho que promete. Ni milagro ni amenaza: un cerebro que, durante unas horas, ensaya otra forma de conectarse consigo mismo, y del que empezamos a entender qué rastro deja después.

Fuente

Contenido divulgativo elaborado desde la reducción de daños y el respeto a la libertad individual. No sustituye la información de un profesional sanitario ni pretende fomentar ni condenar ningún consumo.

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