Albert Hofmann y el LSD: historia de un hijo problemático

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En breve: Albert Hofmann (1906-2008) fue un químico suizo de Sandoz que sintetizó por primera vez la dietilamida del ácido lisérgico —el LSD— en 1938 y comprobó sus efectos en abril de 1943. Repasamos su trayectoria, el camino que va del laboratorio farmacéutico al símbolo de una contracultura, y por qué él mismo llamó a su descubrimiento «hijo problemático».

Un químico discreto detrás de un símbolo del siglo XX

Pocas moléculas han cargado con tanto peso simbólico como el LSD. Se la asocia con los años sesenta, con la psicodelia, con la promesa de expandir la mente y, casi a la vez, con el miedo y la prohibición. Detrás de todo ese ruido cultural hay una figura mucho más sobria: un químico metódico, lector de Goethe y aficionado a observar plantas, que pasó casi toda su vida laboral en el mismo laboratorio de Basilea.

Albert Hofmann nunca encajó del todo en el papel de «padre de la psicodelia» que la prensa le adjudicó. Le incomodaba el uso recreativo y masivo de su descubrimiento tanto como le interesaba su posible valor en psiquiatría y en la experiencia contemplativa. Esa tensión —entre el laboratorio y el mito— es la mejor puerta de entrada a su historia.

De Baden a los laboratorios de Sandoz

Hofmann nació el 11 de enero de 1906 en Baden, en el cantón suizo de Argovia, dentro de una familia humilde que quedó en una situación delicada tras la muerte temprana del padre. Como primogénito, compaginó la adolescencia con el trabajo en una fábrica de herramientas. Su verdadero interés era la química de lo vivo: plantas y animales.

Estudió química en la Universidad de Zúrich y se doctoró con un trabajo sobre la estructura de la quitina, uno de los componentes de las paredes celulares de los hongos. Después entró como investigador en el laboratorio de Sandoz (hoy parte de Novartis) en Basilea, en el área de principios activos de origen natural, a las órdenes del profesor Arthur Stoll. Allí permaneció hasta su jubilación en 1971. En esos años contribuyó al desarrollo de fármacos —analgésicos y compuestos usados en obstetricia y neurología— que consolidaron a Sandoz como gran empresa farmacéutica internacional.

El cornezuelo del centeno como punto de partida

Buena parte del trabajo de Hofmann giró en torno al ergot o cornezuelo, un hongo parásito del centeno cuyos efectos sobre el cuerpo humano se conocían desde antiguo: intoxicaciones colectivas con delirios y dolores intensos, el llamado «fuego de San Antonio». Sus alcaloides ya se empleaban en medicina, por ejemplo frente a hemorragias del posparto y, más tarde, en ciertas cefaleas.

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El objetivo del químico era aislar y producir esos principios activos con pureza y dosis controladas. De ese trabajo salió, entre otros, el alcaloide comercializado como Methergin, todavía de uso hospitalario. La clave era el ácido lisérgico, el núcleo común de los alcaloides del cornezuelo: una vez obtenido por vía sintética, abría la puerta a multitud de derivados.

Uno de ellos fue la dietilamida del ácido lisérgico, sintetizada en 1938 y catalogada como muestra número 25: de ahí el nombre LSD-25. Hofmann buscaba un estimulante circulatorio (un analéptico); las pruebas en animales no mostraron ese efecto y el compuesto quedó archivado. No se hizo nada más con él hasta 1943.

16 y 19 de abril de 1943: el hallazgo

En la primavera de 1943, Hofmann volvió a sintetizar la molécula. El 16 de abril notó un malestar extraño y tuvo que dejar el laboratorio; sospechó que algo de la sustancia había pasado a través de la piel. En su diario describió imágenes muy vívidas y coloridas, «como un calidoscopio», que se disiparon en un par de horas.

Intrigado, tres días después decidió comprobarlo de forma controlada. La tarde del 19 de abril ingirió 250 microgramos, una cantidad que él consideraba demasiado pequeña para hacer efecto y que hoy sabemos que es varias veces la dosis activa. El regreso a casa en bicicleta —que la cultura psicodélica convertiría después en el celebrado «Día de la Bicicleta»— fue una experiencia angustiosa: sensación de desdoblamiento, miedo a haber perdido la razón, pérdida de las referencias habituales. Solo horas más tarde el episodio derivó en una calma luminosa y en un renovado asombro ante lo cotidiano.

Más allá de la anécdota, lo relevante para la química fue comprobar que ninguna otra sustancia conocida actuaba sobre el sistema nervioso a una escala tan minúscula. Su toxicidad aguda, además, es muy baja y no se documentan sobredosis mortales directas, algo que no debe confundirse con ausencia de riesgos: los daños psicológicos y los accidentes asociados a un mal contexto son reales.

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De medicamento a «hijo problemático»

Hofmann intuyó pronto el interés del hallazgo para la psiquiatría. Sandoz lo distribuyó entre profesionales médicos bajo el nombre comercial Delysid, presentándolo como herramienta para explorar el mundo interior de los pacientes y como posible apoyo en estados de ansiedad y neurosis. Entre finales de los años cuarenta y mediados de los sesenta se publicaron numerosos estudios y la sustancia se produjo de forma industrial para uso clínico.

Ese marco controlado saltó por los aires cuando el LSD desbordó el ámbito médico y se convirtió en bandera de la contracultura. A Hofmann le inquietaba el consumo improvisado, en discotecas o fiestas, sin preparación ni acompañamiento. Comparaba la situación con la de las plantas sagradas de los pueblos indígenas, reservadas a contextos rituales y a personas preparadas. La reacción social fue feroz: prohibiciones, alarma y titulares que hablaban de «droga satánica». Él mismo bautizó a su descubrimiento como su «hijo problemático».

A esa época pertenece también un capítulo inquietante: el interés de los servicios de inteligencia y del ejército estadounidense, que experimentaron con LSD —a veces sin consentimiento de los sujetos— buscando un «suero de la verdad» o un arma. Según el propio Hofmann, agentes militares llegaron a preguntarle cómo producir grandes cantidades; la respuesta fue que, partiendo del cornezuelo, eso era inviable a escala industrial.

La mística de Hofmann, y sus límites

Con el paso de los años, las expectativas terapéuticas de Hofmann se enfriaron, pero no su lectura más filosófica del LSD. Lo describía como una vía para cuestionar dualismos arraigados —sujeto y objeto, mente y cuerpo— y para experimentar una sensación de pertenencia a un todo. Se declaraba creyente, aunque desconfiado de los dogmas, y situaba la felicidad en lo pequeño y en una vida lo más natural posible.

Insistía, además, en la importancia de la preparación: recordaba la postura de Aldous Huxley, partidario de una «ciencia de la experiencia mística» previa a cualquier consumo, y volvía una y otra vez al referente de los misterios de Eleusis como modelo de uso ritual y cuidadoso.

Conviene leer estas ideas con distancia. El relato del «uso sagrado bien hecho frente al uso profano peligroso» es seductor, pero idealiza tanto las tradiciones antiguas como las capacidades de la molécula, y desplaza el foco de lo que hoy entendemos como reducción de riesgos: el contexto, el estado psicológico de la persona, las interacciones y los antecedentes de salud mental pesan más que cualquier aura simbólica. Hofmann dejó de consumir LSD en 1972, según él porque ya había «entendido el mensaje».

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Más allá del LSD

El nombre de Hofmann va ligado al LSD, pero su obra química fue más amplia. Estudió hongos mexicanos y plantas empleadas por pueblos originarios, trabajo que le llevó a identificar la psilocibina como su principio activo. También aisló compuestos emparentados a partir de semillas de ololiuqui. En 1962 viajó a México con su esposa, Anita, tras la pista de la Salvia divinorum, la «María Pastora».

Murió el 29 de abril de 2008, a los 102 años, en su casa de Burg (cantón de Basilea). Acumuló doctorados honoris causa en Harvard, Zúrich, Estocolmo y Berlín, y firmó obras como El camino a Eleusis —junto a Wasson y Ruck— o Mundo interior, mundo exterior. De su longevidad solía bromear que el secreto no era el LSD, sino los huevos fritos con mantequilla.

Lectura crítica

La figura de Hofmann se presta a dos simplificaciones opuestas: el gurú que «abrió las puertas de la percepción» y el aprendiz de brujo que liberó un peligro. Ambas dicen más del clima cultural de cada época que del personaje.

  • Distinguir química y mito. El LSD nació en una línea de investigación farmacéutica convencional; su carga simbólica se la añadieron los años sesenta, no el laboratorio.
  • «Baja toxicidad» no es «inocuo». La ausencia de sobredosis letales conocidas convive con riesgos psicológicos reales, especialmente en personas con antecedentes psiquiátricos o en contextos inadecuados.
  • El renovado interés clínico exige prudencia. Los ensayos actuales con psicodélicos se realizan en marcos controlados, con cribado, acompañamiento y seguimiento; nada de eso es trasladable a un uso por cuenta propia.
  • El «uso sagrado» no es una garantía. Apelar a Eleusis o al chamanismo no sustituye a la información, el contexto y la reducción de riesgos.

Para profundizar de forma rigurosa, conviene acudir a los propios escritos de Hofmann y a literatura académica e histórica solvente sobre el LSD y la investigación psicodélica, contrastando siempre fuentes y evitando los relatos hagiográficos.

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