Cannabis y los cinco grandes: ¿modula la personalidad?

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En breve: Recuperamos y revisamos una vieja tesis de la cultura cannábica: que el cannabis «regula» rasgos de personalidad como la extraversión, el neuroticismo, la apertura, la afabilidad o el tesón. Repasamos el modelo de los cinco grandes factores, ordenamos qué hay de plausible y qué de wishful thinking, y desmontamos con datos el tópico del «síndrome amotivacional». Lectura crítica y reducción de riesgos incluidas.

Una idea seductora (y por eso sospechosa)

En los foros y revistas de la cultura cannábica circula desde hace décadas una idea atractiva: que el cannabis no solo «coloca», sino que ajusta finamente quiénes somos. Al tímido lo soltaría, al ansioso lo calmaría, al cerrado lo abriría. Vista así, la planta dejaría de ser una simple sustancia recreativa para convertirse en una especie de termostato de la personalidad.

La propuesta es elegante y tiene su parte de verdad experiencial: mucha gente describe efectos en esa dirección. Pero precisamente porque encaja tan bien con lo que nos gustaría creer, conviene examinarla con calma. En este artículo recorremos el marco psicológico que suele invocarse —el modelo de los cinco grandes factores— y separamos lo que la psicología sostiene de lo que es, sencillamente, una buena historia.

Qué es (y qué no es) la personalidad

La psicología trabaja la personalidad mediante constructos: etiquetas que agrupan conjuntos de tendencias, procesos y reacciones. Cuando decimos «es muy nervioso» o «es de los reservados» estamos haciendo, sin saberlo, esa misma operación. De forma más útil, podemos entender la personalidad como el estilo característico —en parte innato, en parte aprendido— con el que cada persona afronta las situaciones.

Dos matices importan aquí. El primero: la personalidad no se expresa en el vacío, sino en la interacción entre la persona y el contexto. El segundo, y suele olvidarse: las puntuaciones de los test de personalidad no son notas. Puntuar alto en un rasgo no es «mejor» que puntuar bajo; solo indica una mayor presencia de cierto estilo de respuesta. Ser introvertido no es un déficit, igual que ser extrovertido no es un mérito.

El modelo más extendido para describir todo esto es el de los cinco grandes factores (extraversión, neuroticismo, apertura, afabilidad y tesón). Clasifica a cada persona según cinco grandes dimensiones, siempre tomando como referencia la media de su población. A continuación repasamos cada una y la relación que se le ha atribuido al cannabis, sin perder de vista que esa relación es, en buena medida, una hipótesis interpretativa más que un hecho establecido.

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Extraversión: la teoría del arousal

Este rasgo se ha vinculado clásicamente al nivel de activación cerebral o arousal, que oscila entre el mínimo del sueño y el máximo del pánico. Según esta lectura —asociada a la tradición de Eysenck—, la persona extrovertida partiría de una activación basal baja y buscaría estimulación fuera (de ahí su sociabilidad), mientras que la introvertida, ya muy activada de base, evitaría los ambientes intensos y reaccionaría con más fuerza a los estímulos.

Sobre esa base se construye el argumento cannábico: al extrovertido la sustancia le aportaría parte de la estimulación que buscaba fuera, invitándole a mirar hacia dentro; al introvertido le rebajaría la activación lo bastante como para relacionarse sin saturarse. En ambos casos, el relato propone un efecto «regulador» que acercaría a las dos personalidades a un punto medio más cómodo socialmente.

Es una narrativa coherente, pero conviene marcarla como tal. La propia teoría del arousal está hoy muy matizada dentro de la psicología, y de ahí a afirmar que una sustancia «equilibra» a personalidades opuestas hacia un mismo punto óptimo hay un salto considerable. Funciona mejor como metáfora de experiencias subjetivas que como mecanismo demostrado.

Neuroticismo: distancia emocional, no anestesia

El neuroticismo describe la estabilidad o inestabilidad emocional, ligada a la actividad del sistema límbico, la región donde se procesan las emociones —y, no por casualidad, una de las zonas donde el sistema cannabinoide tiene presencia. Quien puntúa alto tiende a vivir las emociones de forma más intensa y prolongada, con altibajos, preocupación y una especie de «resaca» emocional.

El efecto que con más frecuencia se describe aquí no es eufórico, sino de distancia: una mayor separación entre el acontecimiento y la reacción emocional ante él. En términos del «marcador somático», se ampliaría el tiempo subjetivo entre el estímulo y la respuesta, abriendo un margen para decidir en lugar de reaccionar en caliente. Conviene subrayar que hablamos de distancia, no de indiferencia ni de anestesia.

Aquí aparece uno de los datos que más circula: el supuesto uso del cannabis por parte del ejército israelí para prevenir o tratar el estrés postraumático en soldados, relacionado con una reducción del cortisol. Lo recogemos porque forma parte del original, pero con una advertencia clara: es una afirmación que conviene tomar con pinzas. La investigación sobre cannabinoides y memoria del miedo existe y es legítima, pero «el ejército reparte marihuana a sus soldados» es el tipo de afirmación rotunda que suele deformarse al repetirse. No la demos por buena sin fuente sólida.

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Apertura: asociar ideas y suspender el juicio

La apertura mental mide el interés por lo nuevo, la cultura, las ideas que chocan con lo establecido. Quien puntúa alto busca información y revisa sus posturas; quien puntúa bajo se ancla en lo conocido. El cannabis se ha asociado culturalmente a este terreno desde tiempos remotos, y se le atribuye favorecer la sobreinclusión (un concepto de Eysenck): la tendencia a conectar ideas y conceptos que normalmente mantendríamos separados.

Esa desinhibición de las asociaciones habituales explicaría el atractivo de la sustancia en contextos artísticos. Pero hay un matiz práctico que el entusiasmo suele saltarse: bajo efecto, la sensación de haber tenido una idea brillante no garantiza que lo sea. La recomendación sensata es una suspensión del juicio: anotar la ocurrencia y valorarla en frío, pasado un tiempo. Muchas «revelaciones» no sobreviven al día siguiente.

Afabilidad y tesón: cooperación y constancia

La afabilidad agrupa la empatía, la cordialidad y la disposición a cooperar. Se le ha atribuido al cannabis cierta capacidad de suavizar el trato en personas más secas o distantes, y de profundizar la complicidad entre quienes ya tienen buena relación. Es, de nuevo, una observación experiencial razonable, pero muy dependiente del contexto, del vínculo previo y de la persona: lo que en un grupo facilita la confianza, en otro puede generar retraimiento.

El tesón —orden, constancia, perseverancia— es el rasgo donde el debate se vuelve más político. Aquí entra el viejo fantasma del «síndrome amotivacional», esa supuesta apatía crónica del fumador. Merece sección propia.

El «síndrome amotivacional», a examen

El argumento prohibicionista clásico es directo: fumar cannabis vuelve a la gente vaga y sin metas. El problema es que confunde correlación con causa. Cuando los estudios encuentran menor productividad, suele ser en consumidores muy intensivos, y casi nunca se controla cuál era el nivel de motivación antes de empezar a consumir.

El propio «síndrome amotivacional» es un constructo, como los rasgos de personalidad, y por tanto hay que leerlo en relación con el estado vital de cada persona. La pregunta incómoda es: ¿el consumo causa la desmotivación, o una persona ya desmotivada encuentra en el consumo una vía de escape? El orden de los factores lo cambia todo.

Pensemos en un adolescente en una familia rota por la separación de los padres, que se culpa del conflicto, se aísla, falta a clase y empieza a ir mal en los estudios. Si en ese contexto empieza a fumar, etiquetarlo de «amotivacional» por el porro es, además de injusto, clínicamente miope: lo relevante son la posible depresión, las relaciones familiares y la angustia vital de fondo. El cannabis, en el peor de los casos, sería el síntoma visible de algo que ya estaba ahí, no la causa.

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Dicho lo cual, conviene no pasarse de frenada en sentido contrario. Que el «síndrome amotivacional» sea un constructo discutible no significa que el consumo intensivo y temprano sea inocuo, sobre todo en cerebros aún en desarrollo. Negar el mito prohibicionista no obliga a abrazar el mito opuesto.

Lectura crítica

Este artículo recupera una pieza divulgativa de la cultura cannábica española de hace una década, y por eso conviene leerlo con las cautelas de hoy:

  • Marco interpretativo, no prueba. Casi todo lo que se dice sobre «cómo el cannabis regula cada rasgo» es una hipótesis razonable construida sobre la experiencia, no un resultado experimental replicado. Útil para pensar, no para concluir.
  • La teoría del arousal está matizada. Vincular extraversión/introversión a un nivel fijo de activación cerebral es una simplificación que la psicología actual relativiza.
  • Cuidado con los datos rotundos. La historia del ejército israelí y el cortisol circula mucho y se verifica poco. Tratarla como anécdota, no como evidencia.
  • La «hipótesis de automedicación» corta por los dos lados. Explica por qué alguien encuentra alivio en una sustancia, pero también puede normalizar un consumo que tapa un problema en lugar de resolverlo.
  • El efecto depende del contexto. Estado de ánimo, entorno, expectativas, dosis y persona cambian por completo el resultado. No hay un efecto «del cannabis» en abstracto.

Reducción de riesgos

Sin entrar en pautas de consumo, sí cabe recordar lo esencial. Conocerse a uno mismo —saber cómo se reacciona ante la activación, el estrés o lo social— es más fiable que delegar ese ajuste en ninguna sustancia. El consumo intensivo, diario o iniciado en la adolescencia concentra los riesgos, especialmente sobre el estado de ánimo y la motivación. Si aparecen ansiedad, malestar o un consumo que cuesta frenar, conviene buscar apoyo profesional sin estigma. Y la vieja máxima de Paracelso —«solo la dosis hace el veneno»— sigue siendo un buen recordatorio: ninguna sustancia es buena o mala en el vacío; lo que importa es la cantidad, el contexto y la persona.

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